10 febrero 2026
09 febrero 2026
Fundador de la Izquierda Nacional
JORGE
ABELARDO RAMOS, UNA VOZ CLARA Y POTENTE EN LA POLITICA LATINOAMERICANA
Para Manuel Pecci, con cariño y respeto
Por Mario
Casalla
BUENOS
AIRES (especial para Punto Uno) Fue en una casa de Flores al sur donde nació
este porteño de cuna, un 23 de enero de 1921. El mismo barrio donde también
nació Jorge Bergoglio. Argentino de alma y latinoamericano por decidida
convicción, ajustó primero cuentas con el Partido Comunista Argentino, en un
libro imperdible aún hoy: “Historia del estalinismo” en la Argentina (1969).
Luego se hizo trotskista pero enseguida se centró en los aportes de Trotski al
pensamiento latinoamericano y difundió su obra con avidez de estudioso y con
pasión militante. Su edición de “La revolución permanente y otros textos sobre
América Latina” (1962) representó un aporte invalorable para todos quienes se
iban acercando al pensamiento nacional. Años antes había escrito “América
Latina, un país” (1949) que él mismo considera como “la primera tentativa de
concebir en términos marxistas el destino histórico de la gran patria
dividida”. Polémico como siempre referirá después que “a causa de esa inocente
jactancia los diputados Visca y Decker secuestraron dicha obra en 1949, como
Presidentes de la Comisión Bicameral del Congreso Nacional” que la había
editado agregando –como al pasar- “aunque la lectura no se contaba entre las
pasiones privadas de ambos legisladores”. En 1973 publica su “Marxismo para
latinoamericanos” en cuya Advertencia Preliminar aclara “la idea rectora que ha
guiado al autor en los últimos treinta años: el marxismo en América Latina será
latinoamericano o no será”. ¿Acaso porque siempre tuvo conciencia que eso no
sería nada fácil de cumplir, entre las citas con que inicia su “Historia del
Stalinismo en la Argentina”, puso una triste premonición del mismísimo Marx:
“He sembrado dragones y cosechado pulgas”? Pero en ese año de 1973 –en que
Perón regresa definitivamente al país y la fórmula Cámpora-Solano Lima derrota
en las urnas al Proceso Militar- fue cuando Abelardo Ramos terminó de consumar
su ingreso al peronismo y su Frente de Izquierda Nacional (el FIP, heredero del
histórico PSIN) formó parte de Frente Justicialista de Liberación Nacional
(FREJULI) y así participó de su triunfo. “Vote a Perón por izquierda” fue su
perspicaz lema y la boleta del FIP –con el nombre de Perón bien grande- hizo la
mejor elección de toda su historia, aunque él bien sabía que esos votos no eran
todos propios. Muchos votos de la izquierda vinieron por ese lado (y algunos
perdió el mismo Ramos por hacerse peronista a su manera) y Perón, por su parte,
le sumó a la fórmula sectores que de otra manera no hubieran votado a su
Frente. Pero así ocurrió y fue sin lugar a dudas un acto de inteligencia
política de ambas partes. No ocurrió lo mismo cuando –transformado ahora el FIP
en Movimiento Patriótico de Liberación, MPL- decidió apoya la candidatura
presidencial de Carlos Menem en 1989 y luego integró su gobierno como embajador
de Argentina en México, anunciando más tarde que se afiliaría directamente al
Partido Justicialista. Lo cual impidió su muerte física pocos días antes de que
eso se concretara. Pero aquella veterana Izquierda Nacional se rompió, la
diáspora de sus principales referentes fue grande y ya nada volvió a ser como
era. Rehacer ese espacio aun vacante es una herencia que el chico de Flores, el
Colorado, dejó vacante.
UNA VIDA
DE LUCHA Y PELEAS CONSTANTES
En ese mes
de enero de 1921 en que nació Jorge Abelardo, Buenos Aires no sólo ardía por la
temperatura de un verano tórrido, sino también por el clima político, económico
y social que vivía el país. Hipólito Yrigoyen estaba terminando su primera
presidencia, pero ese gobierno –de indudable origen nacional, popular y
democrático- daba ya signos evidentes de agotamiento y de contradicciones. Al
jurar el cargo de Presidente había dicho, “No he venido a castigar ni a
perseguir, sino a reparar”, pero en el mes que nacía Ramos, el Coronel Varela
ya estaba haciendo de las suyas por la Patagonia (trágica) y diferentes huelgas
en el campo y en las principales ciudades del país eran demostrativas de que la
Semana (también trágica) de enero de 1919, no había quedado del todo atrás. Y
esa grieta, esas contradicciones dentro del propio campo nacional, se daban
también en el seno del hogar Ramos-Gurtmann. El papá (Nicolás), siguiendo la
línea de su propio padre, era de pensamiento anarquista; mientras que su mamá
(Rosa), simpatizaba con Yrigoyen. Cuentan que ésta -con su hermana Elisa- lo
habían visitado en la mítica casa de la calle Brasil para pedirle trabajo y que
lo consiguió; por eso tampoco es de extrañar que en 1930 –llevando de la mano
esta vez a su hijo Jorge Abelardo, de apenas 9 años- cruzara en lancha a la
isla Martín García y visitara al viejo Caudillo allí prisionero para
solidarizarse en la desgracia. En cambio, a los primeros mítines políticos lo
llevó su tío Abraham Gurtmann (hermano de Rosa) quien –como recordara luego uno
de sus discípulos, Julio Fernández Baraibar- se ufanaba de ser “el socio n°3 de
la Cooperativa El Hogar Obrero” y todos los 1° de mayo llevaba a Jorgito a los
actos del Partido Socialista. Pero seguramente fue del papá Nicolás (separado luego
de Rosa) de quien heredó el Colorado esa combinación de rebeldía y desparpajo
que lo hiciera inconfundible, tanto entre amigos como entre ocasionales
adversarios. Cuando uno repasa los muchos proyectos (intentados o realizados,
ciertos o atribuidos, a ese niño de Flores) cómo no pensar en aquél padre
anarquista que (a la manera de un personaje de Roberto Arlt) imaginaba poder
socavar el sistema capitalista distribuyendo dólares falsos en la calle
Florida; o que anunciaba una todavía inexistente máquina de hacer ravioles (con
cuyos numerosos pedidos luego no pudo cumplir); o que más tarde hiciera lo
propio con un nuevo procedimiento para recauchutar cubiertas de automóviles, en
sociedad con otro inventor de la época. Tengo para mí que sólo combinando –en debidas
dosis homeopáticas, claro- aquél histrionismo de papá Nicolás, con el amor y
lealtad a lo popular de mamá Rosa, más la militancia del tío Abraham y
agregándole, eso sí, varias cucharas soperas de inteligencia propia penetrante
e intuitiva, es posible (acaso) obtener ese producto inconfundible llamado,
Jorge Abelardo Ramos. Atravesó como un rayo siete décadas de la vida política
argentina del siglo XX y ya hace muchos años que se lo extraña (falleció el 2
de octubre de 1994) en estos últimos con más fuerza aún. Es que el Colorado fue
en esto un “vacunador” implacable: allí donde vio lo nacional –crecido o en
barbecho- inoculó entusiasmo y ordenó a su gente marchar en la misma dirección.
Por eso acertó y se equivocó tantas veces, pero siempre del mismo lado: lo
popular, lo nacional, lo antiimperialista, lo latinoamericano. A veces peleó de
más pero nunca peleó de menos, ni abandonó la lucha. A veces se alió mal o con
quien no debía hacerlo, pero estimo que nunca de mala fe ni por intereses
subalternos. Tuvo un implacable sentido del humor (me consta, lo he tratado
personalmente en varios nutridos almuerzos en el restaurante “El Globo”, donde
gustaba ir y uno de los comensales era nuestro querido senador nacional Armando
Caro, sentido que siempre lo protegió
del bronce, de las solemnidades, de las academias y de los falsos oropeles. Era
simpático, cautivante en la charla, implacable seductor y de respuestas tan
lucidas y repentinas como –recuerdan también propios y extraños- tan arbitrario
por momentos que provocaba odios o adhesiones viscerales. Es que respecto de
Jorge Abelardo Ramos uno no puede ser indiferente, ni neutral. Sucedía con el
Colorado -como con un exclusivo puñado de figuras políticas e intelectuales-
que las cosas terminaban en el clásico, “tómelo o déjelo”. No voy ahora a
hablar aquí de su vasta obra escrita pero permítaseme señalar que debemos a la
corriente denominada Izquierda Nacional (de la cual Jorge Abelardo Ramos fue
sin dudas uno de sus principales promotores) algunos puntos destacados dentro
del pensamiento latinoamericano contemporáneo: 1°) haber conectado
adecuadamente la cuestión nacional con la cuestión social, algo que los
nacionalismos latinoamericanos de cuño conservador no hacían; 2°) haber pensado
lo social en términos de lucha clases, pero también como pueblos en complejos
procesos de liberación nacional, algo que otros pensadores de izquierda no
valoraban todavía en su real dimensión política y cultural; 3°) haber
comprendido entonces –desde el marxismo y sus variantes ideológicas- a los
movimientos populares de liberación y a los partidos políticos latinoamericanos
de cuño popular (el peronismo, por caso, en la Argentina). Hoy por cierto estas
cuestiones están mucho más y mejor digeridas, pero en aquellos años Ramos era
un predicador (al estilo de Scalabrini Ortiz o de Arturo Jauretche) y un
polemista crítico, rebatido tanto por la derecha como por la izquierda del
espectro político argentino. Lo primero es comprensible, lo segundo fue
conceptualmente mucho más rico y vocinglero. Generó un debate al interior de
ese campo ideológico, como sólo un hombre de esa misma cepa podía hacerlo. El
agregado del adjetivo “nacional” al sustantivo izquierda, no fue una herejía
que se le admitiera (o admita ahora mismo) fácilmente. Tan provocador era que
–en uno de los tantos finteos preelectorales- despachó al ocasional emisario
con una sola y lapidaria frase: “estoy de acuerdo con la unidad de las
izquierdas, a condición de que nos excluyan”. Y con el peronismo –su gran
interlocutor político de toda la vida- el diálogo no le fue nunca del todo
fácil ni transparente. Acaso su momento de mayor gloria política fue aquélla
noche del 23 de septiembre de 1973 cuando el FIP (llevando a Perón en la boleta
presidencial de la Izquierda Nacional) sacó casi 900.000 votos, o sea el 12,5%
de los que obtuviera el FREJULI oficial. Y le pienso amigo lector, qué falta
haría hoy –en tiempos de los Milei- un polemista implacable como Jorge Abelardo
Ramos sentado en una banca en la Cámara de Diputados de la Nación, con Martín
Menem presidiendo una sesión. Seguramente sería para alquilar balcones!
08 febrero 2026
07 febrero 2026
06 febrero 2026
PROGRAMA EL TREN DEL 3 DE FEBRERO DEL 2026
05 febrero 2026
04 febrero 2026
Las alpargatas, el helado y el mercado interno
03 febrero 2026
02 febrero 2026
01 febrero 2026
31 enero 2026
30 enero 2026
PROGRAMA EL TREN DEL 27 DE ENERO DEL 2026
El martes 27 de enero del 2026, se subió en la segunda hora en El Tren, Teresa Donato, escritora, periodista. Es la autora de la excelente obra teatral “Mi vida anterior” y de la apasionante novela sobre la misma protagonista “Desaparecida dos veces”. Un viaje atractivo sobre la vida de Donato y de la protagonista de la novela y obra teatral Ana María Massochi de Livieres. La vida de la oficial montonera. La muerte de su marido en el intento de tomar el Cuartel de Formosa el 5 de octubre de 1975. La clandestinidad con su hijo pequeño. Su admiración a Tulio Valenzuela. La estremecedora historia de Valenzuela y su mujer. Un relato donde están las grandezas y miserias de la década de los setenta. Las dos criticas fundamentales de Ana María a la conducción Montonera: el asalto al Cuartel de Formosa y el asesinato de Rucci. Su secuestro el 24 de mayo de 1978 y su detención, lugar que nunca es revelado. Las torturas. Su relación con un militar que aparece bajo el nombre de Beto que será su pasaporte hacia su exilio en Brasil. Su libertad vigilada. El convertirse en una empresaria gastronómica en el país donde vive ya hace cerca de cincuenta años. La particularidad que nunca declaró en sede judicial.
29 enero 2026
28 enero 2026
Vida de country, retórica de barricada. Apunte sobre la casta militante de la «década ganada»
Por Bruno Carpinetti* en PANAMÁ REVISTA (NO TODO ES POLÍTICA)
Hay contradicciones que la política puede tolerar y otras que la corroen desde adentro. Entre estas últimas, pocas resultan tan devastadoras como la distancia sostenida entre lo que se dice y la forma en que se vive. No se trata de una cuestión moral en sentido estricto, sino de una experiencia sensible: el momento en que el cuerpo del dirigente deja de habitar el mismo mundo que el cuerpo de quienes dice representar.
En la Argentina reciente, esa fisura adquirió una densidad particular durante el ciclo conocido como la “Década Ganada”. Un proyecto que emergió como respuesta a la crisis de representación de 2001 terminó, con el paso del tiempo, por producir una nueva élite estatal, legitimada por un lenguaje nacional-popular, pero crecientemente encapsulada en formas de vida ajenas a la intemperie social que le dio origen.
El problema no fue —como suele simplificarse— la traición de ideales, sino algo más sutil y, por eso mismo, más persistente: la normalización de una disociación.
De la intemperie al despacho
Para una generación que se politizó en la resistencia al neoliberalismo de los años noventa, el estallido de diciembre de 2001 no fue solo un evento histórico: fue una experiencia formativa decisiva. Asambleas barriales, piquetes, horizontalidad, desconfianza radical hacia la política profesional. La militancia, entonces, no prometía carrera ni estabilidad; prometía desgaste, exposición y precariedad compartida.
Néstor Kirchner comprendió que esa energía no podía permanecer en estado salvaje y ofreció una traducción institucional de la rebeldía: el Estado como escenario de la transformación. Miles de militantes cruzaron el umbral de la protesta a la gestión, convencidos de que administrar el Estado era una forma superior de militancia.
Y durante un tiempo, lo fue.
El desplazamiento no se volvió problemático por el ingreso al Estado, sino por lo que ese ingreso fue produciendo en las subjetividades. La militancia dejó de ser una práctica de riesgo y pasó a funcionar, en muchos casos, como una trayectoria laboral. La épica sobrevivió en el discurso; el cuerpo, en cambio, encontró abrigo.
La lealtad como virtud política
Con la reconstrucción de la autoridad presidencial tras la crisis, se consolidó una forma específica de ejercicio del poder. La lealtad, entendida como obediencia irrestricta, se transformó en el principal capital político. No la coincidencia ideológica —que podía admitirse con matices— sino la adhesión acrítica al liderazgo y al relato.
En los organismos públicos, el técnico fue desplazado por el “cuadro político”. La capacidad de gestión cedió terreno frente a la obediencia. Señalar errores, proponer alternativas o simplemente dudar se volvió un gesto sospechoso. Quienes administraban el Estado dejaron de premiar el saber y comenzaron a recompensar la docilidad.
Esta lógica no solo deterioró la eficacia institucional; redefinió el sentido mismo de la militancia. El militante estatal ya no era quien tensionaba el poder desde adentro, sino quien lo reproducía sin fisuras. La crítica dejó de ser una forma de compromiso y pasó a ser una amenaza.
El Estado como ecosistema cerrado
A medida que esta dinámica se consolidaba, se produjo paulatinamente un proceso de endogamia política. Unidades básicas, centros culturales, medios de comunicación afines, organismos públicos se convirtieron en espacios donde la realidad circulaba filtrada, domesticada para no contradecir el relato.
La militancia traslocada a los despachos estatales, seguía “bajando al territorio”, pero ya no para escuchar, sino para explicar. La inflación, la inseguridad o el deterioro de los servicios no eran negados solo por estrategia; eran, en muchos casos, genuinamente ajenos a la experiencia cotidiana de una dirigencia protegida por sus propios privilegios.
Es en ese momento donde aparece y comienza a consolidarse lo que hoy llamamos, con notable precisión sociológica, la nueva “casta”: no solo una acumulación de cargos, sino una forma de vida. Una burbuja material y simbólica que permite sostener un discurso igualitario sin experimentar sus condiciones.
La batalla cultural como sustituto
Frente a las dificultades crecientes de la gestión material, la militancia estatalizada profundizó una estrategia que ya estaba presente: la llamada “batalla cultural”. Derechos humanos, revisionismo histórico, confrontación discursiva con medios de comunicación y poderes fácticos ocuparon el centro de la escena.
No se trata de negar la importancia de esas disputas, sino de observar su función. La batalla cultural operó como un desplazamiento: cuando la economía no respondía, el conflicto se mudaba al plano simbólico. La política se estetizaba.
Para la nueva élite militante, esta estrategia ofrecía una coartada moral perfecta. Era posible habitar barrios cerrados, consumir bienes importados y vacacionar en el exterior sin sentir contradicción alguna, siempre que el discurso permaneciera intacto. La revolución se volvía lingüística; el cuerpo, conservador.
El hartazgo y el péndulo
Toda disociación tiene un límite. Cuando la distancia entre el relato y la experiencia cotidiana se vuelve demasiado grande, el lenguaje pierde eficacia. La sociedad comenzó a percibir que la batalla cultural era un lujo de quienes tenían las necesidades básicas resueltas.
En ese vacío emergió la contraofensiva libertaria. El éxito de Milei no radica solo en sus propuestas económicas disruptivas, sino en haber señalado con crudeza esa incomodidad difusa: la sospecha de que el progresismo estatalizado se había convertido en el nuevo orden a conservar.
El concepto de “casta” funcionó porque nombró una experiencia compartida. No denunció solo corrupción, sino hipocresía. Al invertir la estética de la rebeldía, el libertarismo logró algo impensado años atrás: que la derecha apareciera como ruptura y la izquierda como sistema.
Epílogo provisorio
La tragedia de la militancia estatalizada de la “Década Ganada” no fue haber fracasado en transformar las estructuras económicas, sino en haber naturalizado una disociación que terminó vaciando de sentido su propio lenguaje y minando definitivamente su densidad ética. Cuando el igualitarismo se convierte en retórica y el privilegio en experiencia cotidiana, la consecuencia natural es el descrédito y la política pierde irremediablemente su potencia transformadora. Salir de este ciclo exige algo más que “nuevas canciones”. Exige volver a alinear discurso, cuerpo y práctica. Restituir la incomodidad como valor político. Recordar, en definitiva, que ninguna épica sobrevive demasiado tiempo cuando se la pronuncia desde un despacho climatizado mientras la intemperie sigue afuera.
• El Dr. Bruno Carpinetti es guardaparque. Se diplomó y obtuvo una maestría en ciencias en Biología de la Conservación en la Universidad de Kent, Inglaterra Completó el Diploma de postgrado en Antropología Social y política en la Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales (FLACSO
– Buenos Aires) y se Doctoró en Antropología Social por la Universidad Nacional de Misiones. Es Profesor Titular regular del área Gestión Ambiental/Ecología en la Universidad Nacional Arturo Jauretche.
27 enero 2026
26 enero 2026
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PROGRAMA EL TREN DEL 13 DE ENERO DEL 2026
El martes 13 de enero del 2026, en la segunda hora se subió a EL TREN, Julián Blejmar, Magíster en Economía Política (FLACSO). Lic. Comunicación (UBA), autor de “José Ber Gelbard, la patria desde el boliche”
14 enero 2026
¿QUÉ ES LO QUE NO SE ENTIENDE?*
EL PRESUPUESTO ES LA ARQUITECTURA DEL MODELO COLONIAL
PRUEBA
FINAL POR SI TE QUEDAN DUDAS
Para
instrumentar un plan de reseteo colonial de la Argentina se necesitaba un
outsider de historia personal tumultuosa y traumática, que a lo largo de sus
cinco décadas de historia, en diversos escenarios, por distintos
contemporáneos, fue estigmatizado como “loco”. Un personaje desprovisto de
sentimientos hacia los seres humanos, sin hijos como todos sus colaboradores
íntimos, y que considera a los perros sus hijos a los que le agrega para
diferenciarlos de los humanos “de cuatro patas.” Su plan económico tiene puntos
de contacto importantes con los de Alfredo Martínez de Hoz, pero aún más
depredadores, y su cuestionamiento al número de desaparecidos es el paso
inicial de reivindicación del terrorismo de Estado que hace su vicepresidenta.
La politóloga Pilar Calveiro define en su último libro el paso de un proceso a
otro: “De matar, a dejar morir”. Lo que el Papa Francisco calificó como “la
cultura del descarte”.
Si no bastaba que el Presidente siguiendo a su referente Murray Rothbard proponía alquilar o vender hijos hasta los 18 años, de la venta de órganos humanos, o que le regalara en esta Navidad a sus Ministros un libro titulado “Defender lo indefendible” del liberticida Walter Block, publicado en 1976, en donde el trabajo esclavo o de menores es admisible siempre que se contrate libremente. Jorge Fontevecchia realizó un buen resumen en su editorial del 29-12-2025: “La obra de Walter Block es una defensa de los personajes más aberrantes de la sociedad, amparándose en que brindan un servicio que el mercado requiere. Block defiende a proxenetas, narcotraficantes, a quienes cobran dinero por hacer chantajes y la venta de órganos. Para el autor, estos personajes odiados por la sociedad no deberían ser perseguidos por la policía, porque simplemente venden lo que otros quieren comprar y, si se mantienen dentro del principio de no agresión en relación con los ataques físicos, la justicia no tiene por qué accionar contra ellos. Tampoco los padres tienen obligaciones para con sus hijos; para él, podrían dejarlos morir de hambre siempre y cuando no los agredan directamente. Para Block, la crianza que conlleva la manutención de los menores es caridad, algo que puede hacerse, pero no es obligatorio. En ese sentido, avala a quienes ponen a trabajar a menores. Las leyes de prohibición de la explotación infantil, para este autor, son nocivas para la independencia del niño.
En resumidas cuentas, no es que Block considere que estas actividades
son moralmente correctas o deseables; admite que son aberrantes, pero plantea
que no se las puede castigar y que el Estado las debe permitir porque brindan
servicios que son requeridos por consumidores. Lucrar con la enfermedad de las
adicciones, la pobreza infantil o la necesidad de mujeres y niños que deben
prostituirse son defendidas porque detrás de ello está el mercado, el núcleo
filosófico e incuestionable del pensamiento de Block y de Milei.”
Siendo
diputados Javier Milei y Victoria Villarruel votaron en contra del Programa de
Cardiopatías Congénitas con las que nacen aproximadamente 7000 niños por año en
la Argentina de los cuales cerca del 50% necesitan una o más cirugías el primer
año de vida, porque si no se mueren. El argumento posterior de Javier Milei a
su voto negativo fue: “Implicaba más presencia del Estado en la vida de los
individuos y además más gasto…Votamos en contra en función del ideario
liberal”. Desde la creación del Programa Nacional de Cardiopatías en el 2008,
la mortalidad por estas causas se redujo drásticamente”. Ahora Milei como
Presidente está desmantelando el Programa con la asfixia presupuestaria y la
desvinculación de los profesionales especializados.
El
Presidente hace juicios a quienes no lo consideran nazi pero que sostienen hay
prácticas que tienen puntos de contactos. Una madre expresó: “Lo que están
desmantelando es el derecho a la vida de nuestros hijos e hijas”. Son chicos
que si no se los trata por personal altamente especializado se los envía a la
muerte. La historia suele jugar curiosamente con ciertas coincidencias que no
significan para nada identificaciones de períodos políticos.
Con la
nueva conformación del Congreso tras el triunfo de La Libertad Avanza en las
elecciones 2025, el proyecto de ley que busca endurecer las penas contra el
maltrato animal en la Argentina podría tener un nuevo impulso. La iniciativa
que cuenta con el apoyo del presidente Javier Milei fue presentada en 2024 por
el diputado nacional del PRO, Damián Arabia, (Que ya se pasó a LLA) y se titula
“Ley Conan” en homenaje al perro del mandatario.
En 1933
Hitler anunciaba que en el nuevo régimen no se permitiría de ninguna manera la
crueldad hacia los animales, marcando el inicio del proteccionismo animal en
Alemania. Los Nazis fueron los primeros en legislar contra la vivisección,
contra la caza y a favor del bienestar animal, mientras se levantaban los
campos de concentración y exterminio que conducirían a la muerte a millones de
seres humanos. Es de conocimiento público que Hitler amaba a su perra Blondi.
(1)
“En el
diario La Nación, Jorge Liotti reveló que, en febrero de 2024, Milei dejó la
Quinta de Olivos y, pese al protocolo presidencial, se trasladó a un
departamento del centro porteño para hablar de manera confidencial con el
vicepresidente de la Corte Suprema, Carlos Rosenkrantz y reclamarle que el
máximo tribunal refrendara el DNU 70/2023
-Quiero que esto salga ya. A mí me votó la
gente.
- No nos gusta ser árbitros de la república si
no es necesario. No hablo de casos particulares. Estamos en tiempos normales
para fallar- respondió el juez.
No conformes con eso, en marzo, Caputo (Santiago)
fue hasta el cuarto piso para hablar con su titular, Horacio Rosatti, menos
querido por Milei. La audiencia formal había sido pedida por el viceministro de
Justicia, Sebastian Amerio, que conocía de dedillo los pasillos del Palacio.
-
Recibimos la peor herencia de la historia.
Venimos a dar vuelta el país. Necesitamos apoyo….apoyo al DNU y a los decretos que
vengan- soltó Caputo
-
Pero….! ¡Esto es una República! se sorprendió Rosatti ante semejante pedido de
un enviado del Presidente
-
¡Esto es la Revolución Francesa……! ¡Y yo soy
Robespierre!
-
Del libro “El Monje. La verdadera historia de
Santiago Caputo. El guionista de Milei” Pagina 202 de Maia Jastreblansky y
Manuel Jove
12-01-2026
• Publicado en La Tecl@ Eñe, Diario Registrado
·




































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