26 julio 2021

RECORDANDO A EVA PERÓN

Una de las tantas historias ( millones) que explican porque a 69 años de su muerte, Evita permanece viva



Se tomó el último mate, "el del estribo", recibió el beso en la frente que cada día le daba su mamá, y emponchándose bien, salió a la aún noche de aquella madrugada de invierno. Uno de los hermanos más chicos la acompañó. Caminaron rapidito hasta la terminal de colectivos, ella con su bolsito colgando del hombro. Se cruzaron con el diariero al que saludaron como todos los días, a Don José el panadero, y a Doña Laura la quiosquera.

Ya estaba allí, en la Terminal de Micros de Victoria, ronroneando cansinamente el destartalado ómnibus que la llevaría a su trabajo. Sacó su boleto y subió, saludando casi por costumbre a sus habituales compañeros de viaje. Le tiró un beso con la mano, a su hermano que la veía desde la dársena. Se acomodó en un asiento, y acurrucándose contra la ventanilla trató de robarle al viaje un ratito más de sueño.

-Susana, vamos que ya llegamos- le dijo el chofer del colectivo.

Se despertó sobresaltada, pensando que ese viaje de cuarenta minutos había sido demasiado corto para dormir. Agarró su bagayito de ropa y deseando un feliz viaje al resto del pasaje se bajó en la ruta, en el medio de la nada.

Apenas en el horizonte algunos rayos de luz despuntaban mortecinamente. Susana y sus diecisiete años quedaron solitos cuando las luces rojas traseras del colectivo se alejaron. Se subió el cuello del saco y cruzó el alambrado. Hacía mucho frío. Poco más de media legua separaban la ruta de la escuela. El canto mañanero de algún zorzal, y el crepitar de la escarcha bajo sus pies, fueron sus compañeros de camino.

Llegó a la Escuela Rancho ya con las luces del sol sobre sus hombros. Era una tapera miserable que tenía el título de "escuela". Tres paredes de adobe, ya que la cuarta se había caído. Techo de paja y piso de tierra. Cuando llovía tenían que sacar los pupitres afuera porque adentro se inundaba.

Entró a su Escuelita y dejó sus cosas arriba del desvencijado escritorio. Poco después, llegó la otra maestra, ya que Susana y sus diecisiete años, la identificaban como la maestra recién recibida de la Escuela Normal. Su compañera, mayor que ella, ya cargaba con varios inviernos como ese, sobre sus espaldas.

Prendieron un brasero y trataron de acomodar los bancos, esperando la llegada de los niños.

Uno a uno fue llegando, casi todos descalzos, caminando o a caballo. Hijos en su mayoría de alemanes del Volga, que allí estaban aprendiendo la lengua de su nueva tierra. Una vez que estuvieron todos, izaron la gastada celeste y blanca en el mástil de palo en aquel lugar olvidado de la Patria. Ceremonia importante para aquellos niños nacidos allende los mares, porque ese raído paño blanquiceleste, les señalaba su argentinidad.

Las maestras vivían en un ranchito de una vecina del lugar, que les alquilaba una piecita, ya que vivir en la escuela era imposible. Estaban alejadas de sus familias de lunes a viernes, ya que el viaje desde Victoria, hasta "Chilcas" -aquél desolado paraje entrerriano- hubiese consumido mucho dinero de sus menguados sueldos.

Un día, la maestra mayor, se apareció con una cámara de fotos. Juntaron a todos los chicos harapientos frente al rancho destartalado, y bajo la bandera de Belgrano, les sacaron varias fotos. Las revelaron, las pusieron en un sobre y las enviaron a la mítica y lejana Buenos Aires, a una Fundación. Lo hicieron como el náufrago que arroja un mensaje en una botella al mar, sin muchas esperanzas.

El tiempo pasó, y pasó, y no tuvieron noticias de aquella carta.

Hasta que un buen día vieron venir por el camino polvoriento a varios camiones trayendo materiales de construcción. Obreros venían en ellos. Pocos días después tenían una escuela nueva, reluciente, con una casita al lado para que las maestras tuvieran donde vivir. Inclusive los niños tuvieron sus primeros zapatos y juguetes. Los varones nunca habían tenido una pelota de "verdad", y las nenas, muñecas que parecían bebés auténticos. Cuando todo estuvo listo, entre sollozos de alegría, aquellas dos maestras pudieron izar con orgullo la nueva celeste y blanca en un mástil decente. ¡Hasta la bandera de Belgrano ondeó con orgullo y gallardía, como un símbolo de redención!

La escuela vieja fue demolida, para evitar recordar aquel oprobio de años.

Alguien en la lejana Buenos Aires había recibido aquella botella arrojada al mar, y había respondido a aquel pedido de auxilio de ese par de maestras desesperadas.

Era la "Fundación Eva Perón" la que había escuchado ese reclamo, y había respondido como debía ser, sabiendo que los únicos privilegiados son los niños.


 Con estas líneas, sin ser yo peronista, quería recordar a la Señora María Eva Duarte de Perón, en un nuevo aniversario de su paso a la inmortalidad. Porque lo malo se critica, pero lo bueno se rescata.

Ah!!... aquella niña maestra de diecisiete años, llamada Susana Nieves Osuna, era mi mamá.

 

 


 

1 comentario:

  1. Querido Presman!
    Estábamos tonteando con mi mujer sobre la nota de P 12 referida a Tarantino. Muy elogiosa y nosotros peleando sobre si el violento, estúpido, enfermo, desaforado cineasta era más todo eso que sus admiradores y su apologista en el diario.
    Y entonces ella insistió en que leyera la nota que me había enviado. Que era la tuya. Como yo soy un pobre diablo muy corriente no pudo pasar otra cosa que conmoverme hermosa y profundamente. Y dejamos el asunto de escritores y cineastas perversos cool para posar los ojos y las lenguas en lo importante.
    Viva tu mamá, viva la fundación Eva Perón y viva Presman carajo!

    ResponderEliminar