30 septiembre 2026

Hablemos de censura

 

Por Sergio Olguín

         26 de septiembre de 2026 - Páagina12

Antes que nada, los hechos: la escritora Ariana Harwicz estaba invitada al Festival Internacional de Arte, Literatura y Humanidades, que organiza la Universidad de Granada (España). Días antes del inicio del festival, a Harwicz se la quitó de la grilla de actividades luego de que la Red Universitaria por Palestina de Granada enviara una carta de protesta por su presencia. Del mismo tenor había sido el reclamo de otros participantes del festival. Harwicz, en los últimos tiempos, había negado la existencia de un genocidio en Palestina, había escrito mensajes agresivos en redes sociales dirigidos a quienes apoyan la causa palestina o que simplemente denuncian las acciones terroristas del gobierno de Israel.


Dicho en criollo: Harwicz fue censurada. No importa la razón, ni las buenas intenciones (de esas que cimentan el camino del infierno) de los organizadores. La censura es siempre censura, la cancelación es un hecho cultural y políticamente repudiable. Las opiniones de Harwicz son públicas desde hace mucho y los organizadores del evento estaban al tanto de lo que pensaba. A eso hay que sumarle que el motivo de la invitación no fue por sus ideas sobre política internacional, sino por la calidad de su obra. Se supone que Harwicz tiene algo para decir sobre sus libros, la literatura, los procesos de escritura, incluso de las dificultades y, por qué no, ventajas que tienen los intelectuales a la hora de asumir posiciones políticas. Harwicz no es funcionaria del gobierno israelí, ni trabaja para alguna institución solventada por Israel. Es simplemente una escritora exitosa, talentosa, con ideas que muchos no compartimos. Desprogramarla del festival literario granadino ha sido, en el mejor de los casos, un papelón de los organizadores. Y en el peor escenario, un caso preocupante de censura, porque abre la puerta a que se repita en otros ámbitos.

No acuerdo en nada con las opiniones de Harwicz sobre el conflicto palestino-israelí. Me parece lógico que haya escritores y escritoras participantes del festival que se sintieran molestos por su presencia. Lo más adecuado, en casos así, es que uno prefiera no concurrir. Los escritores tenemos el derecho de decidir con quién compartimos mesas redondas, actividades públicas, etc. Si por alguna razón, no nos gusta un invitado es mucho más potente negarse a concurrir como protesta o participar exponiendo el desacuerdo, que reclamar la no participación del otro (reclamar o avalar a posteriori, lo mismo da).
Queda claro que Harwicz fue discriminada por sus opiniones políticas. No lo fue por ser judía, tal como expresó en entrevistas realizadas después de que se conociera la censura de la que fue objeto. Defenderse bajo el argumento de que fue un acto antisemita es la banalización de un pensamiento de odio deleznable que ha costado la vida de millones de judíos y que al día de hoy sigue siendo un grave problema. Harwicz es una escritora inteligente, que opina desde su convencimiento ideológico. No se trata de un error, sino de una estrategia discursiva. Plantear como antisemitismo cualquier intento de defensa de Palestina o de crítica al Estado de Israel es mala fe intelectual.

Es cierto que Harwicz, en ese caso, no hace más que repetir la línea bajada desde el gobierno de Benjamín Netanyahu, reproducida como recurso hasta el hartazgo cada vez que alguien intenta denunciar la situación en Palestina (y en Líbano ahora también). Irónicamente, Harwicz, que ha sido víctima de censura a causa de su pensamiento, se escuda en un argumento que se utiliza para censurar a otros artistas por hacer uso de la libertad de expresión.
La artista sudafricana radicada en Berlín Candice Breitz fue censurada en museos alemanes y sufrió el acoso de políticos y periodistas por sus opiniones críticas al accionar de Israel. El Museo Folkwang de Essen desprogramó una obra de la artista estadounidense Anaïs Duplan por solidarizarse con Palestina y condenar el bombardeo israelí de Gaza. Lo mismo ocurrió con el fotógrafo bangladesí Shahidul Alam, en una bienal de fotografía alemana. Fue acusado de antisemitismo porque había comparado lo ocurrido en la Alemania nazi con la situación del pueblo palestino en Gaza.

El rapero estadounidense Macklemore fue separado de la gira de Ed Sheeran por gritar “Free Palestine”. Ahora Macklemore anuncia su propia gira llamada “Palestina Libre”. Es que los artistas son cabezaduras.

Estos son solo unos pocos ejemplos de lo que está ocurriendo alrededor de los artistas y la situación palestino-israelí. Es lógico que el caso de Ariana Harwicz aquí haya repercutido más, porque se trata de una escritora argentina y está bien poner en evidencia los casos de censura, más allá de que ha sido y sigue siendo una constante en el mundo del arte y de la literatura. Harwicz, Breitz, Duplan, Alam, Macklemore son artistas e intelectuales que opinan, que soportan dificultades porque no pueden mostrar su obra, interpretar sus canciones o hablar de literatura ante el público. Nada de esto es un problema menor.
Pero vayamos a un problema mayor, de los muy grandes, que están soportando actualmente dos directores de cine israelíes. Son Yuval Abraham y Rachel Szor, los responsables del documental Naza, basado en testimonios de 24 militares y exmilitares israelíes que exponen los mecanismos de selección de blancos civiles en Gaza. El film pone en evidencia la forma sistemática con la que las fuerzas armadas israelíes han matado a miles de palestinos. La película ganó el Premio Especial del Jurado en el Festival de Venecia y recibió una ovación de 25 minutos en su estreno mundial.

El ministro de Cultura de Israel, Miki Zohar, acusó a los directores de “traición” y exigió que se les retirara la ciudadanía. El ultranacionalista Mordechai David (con más de 100.000 seguidores en sus redes sociales) encabezó una protesta frente a la casa de los padres de Szor, donde decenas de personas se concentraron coreando consignas como “ejecuten a los traidores”. David advirtió que va a perseguir a ambos directores y a sus familias en todo el país, impidiéndoles pisar suelo israelí de forma legal. El exrehén de Hamás Eli Cohen promovió manifestaciones y pidió difundir las caras de los cineastas por las calles para generar una persecución mediática. El periodista Yehuda Schlesinger llamó públicamente a perseguirlos sin darles tregua.

Yuval Abraham y Rachel Szor no pudieron regresar todavía a Israel y tal vez tengan que esperar un tiempo prolongado para intentarlo sin que sus vidas corran peligro. Abraham ya había ganado un Oscar por un documental anterior sobre la violencia de los colonos israelíes en Cisjordania, No Other Land, que codirigió con el palestino Hamdan Ballal. Abraham fue acusado de antisemita. En ese documental participó Odeh Hadalin, un activista palestino de 31 años y padre de tres hijos. Poco tiempo después fue asesinado a tiros por colonos israelíes.

Habría sido interesante escuchar en el festival granadino a Ariana Harwicz opinar sobre estos directores y la persecución que soportan. Un debate sobre artistas y posicionamiento político. Pero la censura no lo permitió.


28 septiembre 2026

“Somos argentinos, vinimos a quedarnos”


 Por Gustavo Campana

28 de septiembre de 2026 - Página 12


se cumplen 60 años del operativo condor en malvinas Imagen Web

Miguel Ángel Zavala Ortiz integró el bloque radical de diputados a partir de 1948. Tres años después se unió a los militares que comandaba Benjamín Menéndez para intentar sin suerte llevar a cabo un golpe de Estado. Como ministro de Relaciones Exteriores de Arturo Illia, en diciembre del 64 fue el encargado de frenar en Río de Janeiro el avión que regresaba a Perón del exilio.

Uno de los máximos cultores del gorilismo logró, junto a Lucio García del Solar y Bonifacio Del Carril, que las Naciones Unidas aprobaran el 16 de diciembre de 1965 la histórica Resolución 2065. Por 45 votos a favor, ninguno en contra y 14 abstenciones, la Asamblea admitió la existencia de una disputa e invitó a los dos gobiernos a reanudar sin demoras “las negociaciones para hallar una solución pacífica al problema, teniendo presente los intereses de la población de las islas”. La ONU reconoció que el caso Malvinas se encuadraba en lo expresado en la resolución 1514: eliminar toda forma de colonialismo en el planeta.

Las potencias coloniales europeas salieron muy frágiles de la Segunda Guerra Mundial y paralelamente crecía el panafricanismo, que desde principios del siglo XX peleaba por el fin del racismo y reclamaba el derecho a la autodeterminación. A lo largo de la década del 60, 17 países africanos sometidos por Francia, Gran Bretaña y Bélgica cerraron el peor capítulo de su pasado esclavista.

Gran Bretaña comenzó a dialogar con los kelpers en enero del 66 para fijar su posición en la primera reunión mano a mano con Argentina. El Comité de las Islas presionó sobre el Foreign Office para que, en lugar de sus “intereses”, se tuvieran en cuenta sus “deseos” y, aceptado el cambio, se puso nuevamente en marcha la vieja táctica británica de dilatar decisiones sobre soberanía indefinidamente.
La línea de tiempo a veces suele ser premonitoria. Después del golpe de Estado de 1966, el sucesor de Zavala Ortiz fue Nicanor Costa Méndez. El mismo titular de Relaciones Exteriores de Galtieri durante la guerra primero ocupó el cargo con Onganía y participó de las primeras conversaciones anglo-argentinas entre 1966 y 1968.

Mientras tanto, la militancia peronista resistía. Sufría desde hacía una década la condena del decreto 4161, que había generado proscripción, persecución, cárcel y exilio. Las respuestas eran sabotajes, huelgas y toma de fábricas.

El 12 de agosto del 63, la Juventud Peronista robó el sable corvo de San Martín del Museo Histórico Nacional. La acción amplificó el ridículo que protagonizaba José María Guido, la formalidad de un presidente civil que, después del golpe que terminó con Frondizi, se mostraba como un bálsamo constitucional a punta de bayoneta de las tres fuerzas armadas. El 28 de agosto lo devolvieron. La demostración de fuerza se había consumado con éxito.

Miguel Fitzgerald voló a las Islas Malvinas en 1964 con un avión Cessna 185 bautizado “Don Luis Vernet”. Salió desde Río Gallegos y aterrizó en el hipódromo de Puerto Stanley. Colocó una bandera argentina y exigió ser recibido por el gobernador británico para reclamarle nuestra soberanía sobre el archipiélago. En la capital malvinense, Fitzgerald solo estuvo unos 15 minutos, pero seguramente inspiró un plan mucho más grande dos años después.

 se cumplen 60 años del operativo condor en malvinas Imagen Web

El 28 de septiembre de 1966, Dardo Cabo, junto a 18 jóvenes militantes de distintas tradiciones peronistas, llevaron a cabo el “Operativo Cóndor”, una ocupación simbólica coincidente con la visita al país de Felipe de Edimburgo dos días antes.

Desviaron un Douglas DC-4 de Aerolíneas Argentinas que había partido de Buenos Aires con destino a Río Gallegos. En la máquina volaba el gobernador de facto del Territorio Nacional de Tierra del Fuego, el contraalmirante José María Guzmán.

Aterrizaron en Malvinas, desplegaron siete banderas celestes y blancas y cantaron el himno nacional. A Puerto Stanley lo rebautizaron “Antonio Rivero”.

Cabo y María Cristina Verrier fueron a la casa del gobernador y le plantearon que, como argentinos, habían llegado a Malvinas para quedarse. Después se refugiaron en el avión de Aerolíneas hasta las 18:00 del viernes 28. Cuando se entregaron, los británicos los llevaron a la iglesia. A las 14:00 del día siguiente fueron trasladados al buque Bahía Buen Suceso para ser juzgados en Ushuaia. Pagaron con cárcel la osadía de molestar al imperio británico. Casi todo el grupo fue condenado a nueve meses, pero por contar con antecedentes penales, Dardo Cabo, Alejandro Giovenco y Juan Carlos Rodríguez pasaron tres años en prisión.

A fines de septiembre, Cabo se había reunido con Héctor Ricardo García, el creador del diario Crónica. Lo invitó a subirse a un avión con destino a Santa Cruz y solo le dijo que algo muy importante iba a pasar ese día. El Gallego se la jugó y, con su cámara fotográfica en el bolso, fue uno de los 42 pasajeros del mítico vuelo y el testigo periodístico de la misión. Cuando regresó, el título de su cobertura, publicada en tres capítulos, fue “Yo vi flamear la bandera argentina en las Malvinas”.

Al frente de la operación estuvieron Dardo Cabo, periodista de 25 años, y Alejandro Giovenco, nacionalista católico de 21. El grupo lo integraban Cristina Verrier, Juan Carlos Rodríguez, Víctor Chazarreta, Pedro Tursi, Pedro Bernardini, Edelmiro Jesús Ramón Navarro, Edgardo Salcedo, Andrés Castillo, Juan Bovo, Fernando Aguirre, Ricardo Ahé, Luis Caprara, Norberto Karasiewicz, Fernando Lisardo, Ramón Sánchez y Aldo Ramírez. Cabo y Verrier se casaron en la cárcel de Ushuaia.
Un grupo heterogéneo, pero que portaba una conciencia malvinera uniforme, alimentó en los 70 a las dos grandes veredas de la interna. Algunos fueron Montoneros; otros, de la Concentración Nacional Universitaria; unos, guardaespaldas de la cúpula de la UOM y algunos, integrantes de la Juventud Trabajadora Peronista.

El 6 de enero de 1977, Dardo Cabo fue arrancado de la cárcel de La Plata y asesinado por la última dictadura. Sus compañeros Pedro Cursi (históricamente Tursi, como figura arriba) y Edgardo Salcedo fueron desaparecidos; Juan Carlos Rodríguez fue asesinado por la Triple A y Andrés Castillo recuperó la libertad luego de estar secuestrado en la ESMA.

“Recuerdo con mucha emoción el día que María Cristina Verrier vino a entregarme las banderas y a decirme el destino de dos de ellas. La más embarrada, la más sucia, la que más había flameado, para el mausoleo de Néstor en el Sur. La otra, para la Capilla de la Virgen de Itatí en Corrientes”. Cristina Fernández de Kirchner, en la inauguración del Museo Malvinas en 2014.

Septiembre de 2026. Los libertarios quitaron del Museo una de las siete banderas de los cóndores. Antes habían hecho lo mismo con la imagen de Delia Giovanola cuando, en una ronda de las Madres de abril del 82, tenía en su mano aquel cartel que decía “Las Malvinas son argentinas, los desaparecidos también”. Por último, sacaron el nombre del excombatiente Orlando Pascua al auditorio. Siguen creyendo que pueden reescribir la historia y que el negacionismo algún día terminará con la verdad. Sin embargo, la “Operación Cóndor”, 60 años después, está más viva que nunca.

La propiedad privada de los demás

 

                                                                Por Patricio Pron                                                                        
                                                  25 de septiembre de 2026 - Página12

     afp

Existe una diferencia tan grande entre la cita y el plagio que sólo alguien muy limitado intelectualmente, un estudiante con granos o una persona que desea engañar a otras puede no reconocerla. Curiosamente, ese es el tipo de persona que más ganas tiene de escribir aunque no tenga nada para contar ni sepa cómo hacerlo. Unas semanas atrás, el economista Roberto Cachanosky acusó en redes sociales al presidente Javier Milei de haberle plagiado un artículo que él había publicado dos veces: en 2019 y en 2022. Se suele decir que entre bueyes no hay cornadas, pero Cachanosky —que parece no tener problemas con el autoplagio— no perdonó el del presidente: según él, “el concepto original, el recurso del título numérico, la explicación inicial, el punto de partida y parte del recorrido argumental” del artículo de Javier Milei eran iguales a los de sus textos. “Pues bien. Me equivoqué. Volverá a suceder, quizás”, escribió en una oportunidad Rodolfo Fogwill. Puede que el presidente —de estar en condiciones de hacerlo— suscribiría todas sus palabras menos el último adverbio. Decenas de columnas ‘suyas’ en El Cronista fueron denunciadas como plagios en 2021. Pandemonics, ‘su’ libro de 2020, plagiaba un artículo de los investigadores mexicanos Alberto Rodríguez y Jorge Cervantes. Dos años después, en 2023, fue acusado de plagiar a los chilenos Verónica Mies y Raimundo Soto en ‘su’ libro Capitalismo, socialismo y la trampa neoclásica. Ni siquiera el Conicet —donde, como afirmó el presidente en 2023, sólo se “escriben estupideces”— quedó al margen de su voracidad por las ideas de otros: Milei también plagió el trabajo de uno de sus miembros, el economista Fernando Toledo.

Posiblemente, Milei comparta con Richard Nixon algo más que una relación complicada con la realidad; como escribió el periodista estadounidense Nourman Cousins en el Daily Telegraph en una ocasión, “la frase de cabecera del presidente Nixon era que ‘si dos errores no hacen un acierto, prueba con un tercero’”. Desde luego, un error es tan sólo un accidente, dos tal vez constituyan una mala racha y tres dan cuenta de una inteligencia, por lo menos, reducida. Pero en las figuras públicas —y, especialmente, entre los políticos— parecen ser prueba de algo más, del tipo de narcisismo potencialmente autodestructivo que lleva a una persona a creer que siempre se saldrá con la suya. Ésa es la pasta de la que están hechos los grandes líderes, por supuesto. Pero también es el material con el que son confeccionados los dictadorzuelos, los niños malcriados, los taxistas desaprensivos, los vendedores de criptomoneda y los idiotas fatuos. Dos o tres fantasías de omnipotencia y el descaro del adolescente que roba chicles en un kiosco hacen un político hoy en día.

Si alguien quisiera detenerse a considerar cuál es la causa de los plagios del presidente tal vez tuviera que preguntarse si el autoproclamado candidato al Premio Nobel de Economía sabe usar ChatGPT: “Escala mínima viable”, el paper académico acerca del “andamiaje teórico” de su plan económico que publicó en julio de 2026 junto a Demian Reidel, fue escrito por esa inteligencia artificial, según denunció a El País Jesús Fernández-Villaverde, profesor de economía de la Universidad de Pensilvania. Otra posibilidad que esa persona debería tomar en cuenta es que el presidente no cumpla las promesas que hace a sus ghostwriters: cuando la presentadora televisiva española Ana Rosa Quintana incumplió las suyas al ‘colaborador’ que había empleado para escribir la novela Sabor a hiel, éste hizo circular la noticia de que el libro contenía varias páginas copiadas de novelas de Ángeles Mastretta y Danielle Steel y la editorial Planeta se vio obligada a destruir todos los ejemplares.

Por supuesto, la propiedad intelectual es propiedad privada, y resulta especialmente fascinante observar que —como demuestran los escándalos de corrupción más recientes y estos plagios— los defensores más vociferantes de su inviolabilidad no tienen ningún interés en defenderla cuando esa propiedad privada es la de los demás. De algún modo, también es interesante comprobar que el respeto intelectual al que el presidente aspira con ‘sus’ publicaciones lo pone en una lista con cuyos integrantes Milei posiblemente crea que no tiene nada en común. Benito Mussolini publicó una novela titulada Claudia Particella diez años antes de comprender que los rendimientos de la política son mayores que los de la literatura y treinta y cinco antes de terminar colgado en una plaza. Saddam Hussein publicó bajo pseudónimo numerosos poemas y cuatro novelas con títulos como Zabiba y el rey, El castillo fortificado y Aléjense, demonios. Kim Jong-il escribió una ópera titulada “Mar de sangre” que mandó representar durante décadas en el principal teatro de Pionyang, la capital de Corea del Norte. Muamar el Gadafi publicó en 1993 una obra titulada La huida en el infierno en la que podía leerse, entre otras, la siguiente declaración: “Soy un ser humano como ustedes. Me gustan las manzanas”. Diez años después, Gadafi añadió a esa obra otra en la que proponía la solución al conflicto desatado por la ocupación israelí de Palestina mediante la creación de un estado mixto denominado “Isratina”. Saparmyrat Nyýazow, primer presidente de Turkmenistán, fue el autor de un tratado moral titulado Ruhnama o “Libro del alma” que debía ser memorizado por estudiantes y aspirantes a funcionario y del que en una ocasión envió un ejemplar al espacio mediante un cohete para ilustración y entretenimiento de otras formas de vida. Donald Trump es el ‘autor’ de varios libros que asegura no haber leído, entre ellos, El arte de la negociación. Adolf Hitler —lo sabemos— fue un pintor poco dotado.

26 septiembre 2026

PROGRAMA EL TREN DEL 22 DE SEPTIEMBRE DEL 2026

 El martes 22 de septiembre del 2026, se subieron a EL TREN, en la segunda hora, Horacio Lutzky y Guillermo Lipis. 

 Horacio Lutzky
Abogado y periodista, Horacio Lutzky fue codirector de noticias de la señal de TV por cable Alef Network (1995) y docente de la Universidad de Palermo en las carreras de Publicidad (Derecho y Práctica Profesional) y Periodismo.  Ya cuando estudiaba derecho notó que las normas jurídicas, la historia y las instituciones no lograban apasionarlo. En ese momento empezó a colaborar con notas en medios alternativos. Asesor parlamentario en el juicio político a la Corte Suprema menemista por no investigar el atentado a la embajada de Israel y observador en el juicio oral por el atentado a la AMIA; es autor del libro de investigación periodística "Brindando sobre los escombros, la dirigencia judía y los atentados: entre la denuncia y el encubrimiento”, “LA EXPLOSIÓN” y con Miriam Lewin “Iosi, el espía arrepentido”. Fue director del periódico Nueva Sión.

Guillermo Lipis
Es periodista. Escribió en El Porteño; Nueva Sión (que dirigió entre 2000 y 2008); Página/12; el suplemento Enfoques del diario La Nación, donde realizó artículos especiales desde Medio Oriente; y colaboró para la edición latinoamericana de Le Monde Diplomatique. Fue, también, director de Comunicaciones del Club Náutico Hacoaj y en la Federación del Voleibol Argentino ejerció la jefatura de Prensa de la Liga Mundial, entre el 2000 y 2002; la Copa América 2001; y la Dirección Nacional de Prensa del 15º Campeonato Mundial en 2002. En 2004 fue consultor en la Oficina Anticorrupción del Ministerio de Justicia y Derechos Humanos de la Nación, para la Dirección de Planificación de Políticas de Transparencia; y en 2005 reorganizó el Departamento de Prensa de la Superintendencia de Servicios de Salud de la Nación. Fue secretario de redacción en la agencia nacional de noticias Télam. Publicó Zikarón-Memoria. Judíos y militares bajo el terror del Plan Cóndor (2010). En 2012, el Canal Encuentro estrenó la serie documental Sara Rus, tengo que contar, del que fue coautor y coguionista. Es autor demás de “No lo perdono. El testimonio de Erika Lederer, hija de un médico obstetra genocida”  
Un viaje apasionante en que se abordó entre otros temas, la relación de la comunidad judía argentina con el gobierno de Javier Milei, el Juicio en ausencia en el caso AMIA, la interna peronista, el papel de Axel Kicillof y Cristina Fernández, el gobierno de Javier Milei.    


En la primera hora, se analizó el ejemplo y valentía de Lali Espósito que con infinito menos poder que mucho de los poderosos de la Argentina no retrocedió antes los ataques del Presidente, lo enfrentó con canciones que lo desnudaban y terminó ganando. Se analizó largamente la interna peronista y las características crueles del Presupuesto 2027.

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