23 febrero 2026

Epstein: crimen y discurso

Epstein es la parte ominosa. Algún día se sabrá quiénes estuvieron en la isla Little Saint James o en el Zorro Ranch.

Por: Eric Calcagno
@EricCalcagno

Sobre la base de un hecho policial, el escritor francés Stendhal (1783-1842) escribe Rojo y negro – crónica de 1830, una novela que pinta una época. Es que a veces el crimen como acontecimiento sirve para recorrer la sociedad entera, desde los poderosos hasta los menesterosos, en una colección de personajes que reflejan grandezas y bajezas, a veces en el mismo ser. Todo queda al descubierto. Pero en este caso no es Julien Sorel que por amores despechados le dispara a Mme. de Rênal en plena iglesia de Verrières. Aquí el crimen que evocamos supera toda imaginación macabra. Es que el caso Epstein devela el comportamiento de una élite global, financiera y digital que practica secuestros, violaciones, tortura y canibalismo, siempre ejercido sobre menores de edad. Por supuesto que Jeffrey Epstein es la parte ominosa que conocemos, así como las complicidades exceden por mucho a Ghislene Maxwell. Algún día se sabrá quienes estuvieron en la isla Little Saint James o en el Zorro Ranch, a menos que sea Nueva York, Paris, Londres. Quizás. Lo que si podemos observar estos días es como diferentes personalidades han elaborado un discurso para esconder las evidencias.

Es así como Pamela “Pam” Bondi, la “attorney general” de los Estados Unidos, algo así como la ministra de Justicia, tuvo que presentarse ante el comité de Justicia de la cámara de representantes el miércoles pasado. Allí la esperaban los diputados demócratas, con un tema excluyente: Epstein. Al principio de la comisión, Bondi lamentó lo sufrido por las víctimas, afirmó que serán escuchadas, y que cualquier error por parte de la justicia será enmendado. Jamie Raskin como vicepresidente de la comisión la acorraló tanto, que antes que contestar Bondi acusó al diputado ser un abogaducho de cuarta, y hasta de ni siquiera ser abogado. Por cierto, Raskin es profesor de derecho constitucional, después de estudiar en Georgetown y recibirse con honores como Juris Doctor en Harvard, donde además dirigió la Harvard Law Review. Una nadandez, vea. Pam Bondi también esquivo los pedidos de Jamila Payapal, que le exigía pedir perdón a las víctimas de Esptein presentes en la sala. Al levantarse quienes fueron abusadas, Pam afirmó “no caer en esa teatralización” e ignoró a quienes sufrieron en carne propia y saben quiénes lo hicieron. Por cierto, por ahora a ninguna le tomaron declaración. Otro gran momento es cuando Bondi acuso de antisemita a la diputada Rebecca Balint por la insistencia en las preguntas acerca de Epstein. Balint recordó entonces al propio abuelo masacrado en los campos de concentración nazis. Un lugar donde practicaron secuestros, violaciones, tortura y genocidio. Cuando el diputado Ted Lieu acusó a Bondi por encubrir a Donald Trump, esta le contesto que “¿Cómo osa? ¡Soy una fiscal de carrera! ¡Nunca dude de mi integridad!” Bueno, parece que Lieu mostró algunos videos comprometedores. Según los presentes, Pam a veces enrojecía, otras tenía los brazos cruzados. Pero el ataque más fuerte provino de un diputado republicano llamado Thomas Massie, bastante derechoso por cierto. Pero la detestación mutua y correspondida que tiene con Trump hizo que Massie se subiera al escándalo Epstein con armas y bagajes. Frente a las proclamas de transparencia de Pam Bondi, Massie desplegó las Epstein Files embadurnadas por las líneas negras de la censura, donde los criminales están a salvo y las víctimas quedan expuestas.

Las declaraciones de Bondi exponen la estructura del discurso libertario. Denigran a la persona que acusa: no importa el argumento, sino la calidad de quien lo dice. Practican el esencialismo: todo lo que hacemos nosotros está bien, por lo tanto no podemos hacer nada mal. Bandi carga las culpas sobre gobiernos anteriores, por más que no estuviesen publicadas las “Epstein files” por entonces, ni siquiera en la versión censurada que el gobierno de Trump tuvo que difundir, y encima obligado por una ley del Congreso. Bondi también acusa a los diputados por utilizar el caso Epstein para tapar los éxitos de Trump. Pero resulta que Trump no tiene éxitos. Entonces si los demócratas quieren ocultarlos, es obvio Trump tiene éxitos. ¿Clarito, no? Yo soy Attorney General, dice Bondi. Por lo tanto si no se investiga a Trump, es que no ha cometido delitos. ¿Hablar tanto de Epstein no será antisemitismo? ¿Y de qué valen los testimonios de las y los sobrevivientes de Epstein acerca de quién secuestró, torturó, violó cuando los índices bursátiles alcanzan a diario marcas más altas? Eso supone que la bonanza de la Bolsa justifica todos los crímenes. ¿En serio?

Tales giros discursivos deben ser una parte del libro Defender lo indefendible, que está tan divulgado y practicado por el régimen de Milei. En los hechos, la violencia es el requisito y el blindaje de la narrativa libertaria, de Pam Bondi o de cualquiera. No importa la relación con lo existente, lo importante es que las palabras dichas siempre sean ofensivas, alcancen la humillación y promuevan el odio social. El logos es reemplazado por la logorrea, que ya no es sólo la incontinencia verbal que denota ciertas patologías -tal dice la RAE- sino la irrupción de la diarrea en catarata de insultos y esconder cualquier aproximación a la realidad. “La verdad, la áspera verdad” es la cita con la que Stendhal abre Rojo y Negro, tan necesaria para hacer la crónica de una época. 2026.



22 febrero 2026

La operación secreta para que los trabajadores festejen su propio ajuste

 

Por: Mariano Quiroga  (Periodista, poeta y editor internacional para Pressenza)

Detrás de la reforma laboral que propone la LLA hay una ingeniería de percepciones diseñada para que el que pierde derechos crea que lo están liberando.

Hay preguntas que un gobierno nunca debería hacerle a la ciudadanía. Pero hay una que el núcleo duro de La Libertad Avanza no solo se hizo, sino que respondió con una maquinaria de precisión suiza: ¿cómo hacemos para que un trabajador acepte una reforma que lo perjudica?

No es una pregunta menor. Los equipos económicos del oficialismo saben, porque sus propios asesores se lo dijeron, que la reforma laboral que impulsan reduce el costo del despido, individualiza la negociación, transfiere riesgo del empleador al empleado. Saben que, en términos materiales, es un retroceso en derechos. Saben que, si el trabajador comprende eso, vota en contra. Entonces el problema no es económico: es comunicacional. Pero ni siquiera. Es más profundo. Es cultural.

Lo que el espacio libertario necesita no es explicar mejor la reforma. Necesita reprogramar el significado del trabajo, del derecho, del perjuicio. Necesita que el trabajador no solo acepte la pérdida, sino que la festeje como una conquista. Y para eso no alcanza un eslogan. Se necesita un método. Ese método tiene nombre y apellido: Frank Luntz.

Luntz no es un teórico de la comunicación ni un académico de salón. Es un mercenario del lenguaje. Durante treinta años enseñó al Partido Republicano que los hechos no importan: importa el marco mental. Su método es empírico, casi quirúrgico. Junta votantes indecisos, les coloca un dial en la mano y mide en tiempo real qué palabras activan miedo, bronca, orgullo o culpa. Después fabrica un diccionario paralelo y lo replica hasta la saturación. No refuta al adversario: cambia el tablero. Y cuando el tablero cambia, el que pierde derechos cree que lo están liberando.

Eso es exactamente lo que está pasando con la reforma laboral en Argentina. No es una operación improvisada. Es ingeniería de percepciones aplicada con disciplina militar.

El primer movimiento es siempre el mismo: cambiar la palabra central del debate. Durante décadas, los trabajadores argentinos entendieron que tenían derechos. Eso fue un problema para el mileísmo desde el primer día. Porque no se puede sacar un derecho sin generar rechazo. A menos que ese derecho deje de llamarse derecho y pase a llamarse privilegio. El salto semántico es sutil pero devastador: el trabajador registrado, el que tiene indemnización, el que negocia colectivamente, deja de ser un sujeto de derechos para convertirse en un privilegiado que le cierra la puerta al pibe que busca su primer empleo. La bronca se desplaza del patrón al compañero. El enemigo ya no es el que te explota, es el que tiene algo que vos no tenés.

Así, cuando el gobierno dice “vamos a sacarle el privilegio a la casta sindical”, el trabajador activo escucha “privilegio” y piensa en el otro. El joven sin trabajo escucha “primer laburo” y se siente representado. La gestión libertaria no está reduciendo derechos: está igualando para abajo, pero presentado como justicia social. El que pierde siente culpa. El que gana siente orgullo. Y ambos celebran.

El segundo movimiento es la inversión del perjuicio. Luntz lo enseñó hace décadas: nunca digas lo que vas a sacar; decí lo que vas a dar. El oficialismo no puede decir “vamos a facilitar el despido”. Eso suena a amenaza. Entonces dice “vamos a dar libertad de contratación”. No dice “vamos a eliminar la indemnización”, dice “vamos a sacar una traba que te impedía conseguir trabajo”. El trabajador no pierde un derecho: pierde una atadura. No es víctima de un recorte: es protagonista de su propia liberación.

El giro es magistral. El que queda desprotegido no se siente desprotegido. Se siente liviano. Se siente libre. Agradece.

Pero el framing no funciona solo con palabras bonitas. Necesita un villano. Luntz lo comprobó en los años noventa: la bronca social no se dirige al que tiene más, se dirige al que tiene algo que yo no tengo y no merece. En Argentina, la figura del empleador es difusa, lejana, a veces incluso abstracta. La figura del sindicalista, en cambio, es concreta, visible, a menudo con privilegios reales y ostentosos. La estrategia libertaria entendió eso mejor que nadie. Por eso no hablan de empresarios que se quieren enriquecer. Hablan de la casta sindical que vive de tus derechos.

El trabajador deja de ver al sindicato como su herramienta de defensa. Lo ve como su carcelero. Cuando la reforma elimina un derecho, no lo percibe como una pérdida: lo percibe como un golpe al sindicalista. El oficialismo no le está sacando nada al laburante: le está sacando herramientas al enemigo del laburante. Y el laburante celebra.

Después viene el frame del mérito. Luntz descubrió que, para ciertos segmentos, la palabra “mérito” es más poderosa que “igualdad”. El mileísmo lo traslada al mundo del trabajo con eficacia letal: el empleo protegido es “asistencialismo”, “plan”, “no te esforzás”. El empleo desregulado es “te la jugás”, “emprendés”, “sos libre”. Se construye el arquetipo del pibe que quiere laburar pero no puede porque las leyes se lo impiden. Se contrapone al empleado público o sindicalizado que vive de privilegios. El trabajador precarizado deja de querer un empleo formal: empieza a despreciar al que lo tiene.

Ahí la operación alcanza su punto más alto. Porque la reforma laboral ya no es una herramienta para que las empresas contraten más barato. Es una herramienta de justicia social. Iguala hacia abajo, sí, pero lo hace en nombre del mérito: ahora todos vamos a tener que esforzarnos igual. El que pierde derechos no exige, aplaude.

El momento más brillante de Luntz, sin embargo, es otro: cuando logra que la gente vote contra sus propios intereses materiales y lo sienta como una victoria moral. La gestión libertaria replica esa mecánica con precisión. El frame es siempre el mismo: la casta política y sindical te tiene dominado mediante derechos que te convierten en un esclavo dorado. Te saco esos derechos, pero te doy libertad. El trabajador que pierde estabilidad no se siente perjudicado: se siente protagonista de su propio rito de pasaje. Aceptar la precarización es probar que sos un adulto que no necesita tutela estatal. Es, de algún modo, un acto de hombría.

Esto ya no es comunicación política. Es batalla cultural en estado puro. Transformar una derrota material en una victoria simbólica. Hacer que el esclavo ame sus cadenas. O mejor: hacer que las llame alas.

Javier Milei, además, no delega. Él mismo es el frameador en jefe. Repite “casta sindical” en cada cadena nacional. Contrapone “trabajadores libres” a “esclavos del Estado”. Nunca dice “reforma laboral”, dice “Ley de Empleo Joven” o “Ley de Libertad de Contratación”. Asocia derecho laboral con costo, con desempleo, con pobreza. El votante internaliza que defender derechos es defender la pobreza. La única forma de ser ético, entonces, es aceptar la desregulación.

Cuando el presidente siembra, la militancia riega. El frame se replica en cuentas libertarias, en memes, en TikToks. Un pibe en moto dice “yo no quiero indemnización, quiero laburar”. Un gráfico explica que “un empleado con indemnización le cuesta cuarenta por ciento más a la empresa, ese cuarenta por ciento es tu aguinaldo que le das al sindicalista”. Una consigna se vuelve viral: “Que laburen todos, no que mantengamos vagos”.

El trabajador que acepta la reforma no lo hace por convicción técnica. Lo hace porque su grupo de pertenencia —el espacio libertario— define la aceptación como un acto de lealtad identitaria. Rechazar el frame es ser un tibio, un zurdo, un casta. Y nadie quiere ser eso.

El objetivo estratégico de La Libertad Avanza, en esto, no es ganar una votación en el Congreso. Es mucho más ambicioso: volver impensable la defensa del derecho laboral. Cuando un pibe de veinte años diga “la indemnización es un curro”, cuando un empleado en negro diga “yo soy más libre que el de blanco”, cuando un despedido diga “no me echaron, me liberaron”, la reforma ya no necesitará ser aprobada por ley. Ya estará aprobada en las cabezas. Y cuando la mayoría cree que el derecho es un privilegio, ningún gobierno futuro podrá restaurarlo sin ser acusado de volver a esclavizar al pueblo.
Eso es lo que está en juego. No es una reforma. Es la deslegitimación del contrato social que Argentina construyó durante un siglo. El oficialismo busca instalar, con el método Luntz, que el trabajo no es un derecho sino una mercancía, que el Estado no debe proteger al débil sino liberarlo del Estado mismo, que la desigualdad no es un problema sino un resultado del mérito.

La gestión libertaria sabe que la reforma perjudica al trabajador individual en el corto y mediano plazo. Sabe que reduce su poder de negociación, que aumenta su incertidumbre, que abarata su despido. Pero eso no importa. Porque la batalla no es económica: es simbólica. El trabajador no debe sentir que perdió un derecho. Debe sentir que se sacó de encima un privilegio ajeno. Debe sentir que ahora es más libre, más adulto, más argentino de bien.

Cuando Luntz dice “no importa la verdad, importa el marco mental”, está describiendo exactamente esto: la verdad material del perjuicio es irrelevante si la percepción emocional es de liberación. La Libertad Avanza no busca que el pueblo entienda la reforma. Busca que el pueblo celebre su propio perjuicio como un triunfo moral contra la casta.

Y si lo logra, habrá ganado la batalla cultural más profunda de la historia argentina: la que convence al esclavo de que sus cadenas son alas.

(Diario Tiempo Argentino, 12/2/2026)

21 febrero 2026

PROGRAMA EL TREN DEL 17 DE FEBRERO DEL 2026

 

El martes 17 de febrero del 2026 se subió a EL TREN, en la segunda hora el sociólogo uruguayo, argentino por adopción, Luis Alberto Quevedo, profesor, investigador, especialista en medios de comunicación. Desde su época como estudiante militó por los derechos humanos en el Servicio Paz y Justicia, en el que fue asesor del Premio Nobel de la Paz Adolfo Pérez Esquivel, a quien redactaba informes y discursos y acompañaba a diversas gestiones en la Argentina y el exterior. En 1984 viajó a París (Francia), donde durante dos años estudió en la Escuela de Estudios Superiores en Ciencias Sociales. Obtuvo su maestría en Sociología con una tesis sobre la revista argentina Primera Plana; su director de tesis fue Daniel Pecaut y asistió a cursos de Michel De Certeau, Claude Lefort, Pierre Rosanvallon, entre otros. En Argentina se desempeña como director e investigador de la FLACSO (Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales) ―sede Argentina―. Es Profesor Titular regular por concurso en la carrera de Sociología de la UBA (Universidad de Buenos Aires). Entre 1996 y 1997 fue director de la carrera de Ciencias de la Comunicación de la Facultad de Ciencias Sociales (UBA) donde actualmente se desempeña como profesor titular de la materia Sociología Política en la carrera de Sociología.

Un viaje poco frecuente en radio con tiempo para la reflexión y el análisis. Algunas de ellas: “EE.UU es un imperio en declive”; “Milei usa la energía de las derechas en el mundo”; “Milei se monta en una doble frustración”; “Macri asume cuando había energía popular”; “El gobierno de Macri fue una frustración para la derecha”; “No es Milei el que cambia la cultura política sino la cultura política origina y apoya a Milei”; ¿ Donde están hoy los movimientos sociales? ; “La CGT es hoy el sector más conservador porque defiende los derechos obtenidos en otras épocas”; “Massa es la quintaesencia de la clase política”; “Néstor Kirchner también era raro cuando apareció”; “Argentina es una sociedad de ciudadanos rotos”;  “Pepe Mujica es mucho más admirado fuera del Uruguay que adentro”.  La historia de su padre del partido blanco y su admiración por Luis Alberto de Herrera por el cual lleva su nombre. El Uruguay antiperonista. La figura de Artigas y su concepción latinoamericana. La potencialidad de la concepción de la Unidad Latinoamericana. NO SE PIERDAN EL REPORTAJE

En la primera hora el programa analizó el mal llamado proyecto de Modernización Laboral, los gobernadores cómplices y los que se opusieron, un excelente texto de como la LLA transforma los derechos en privilegios a suprimir, distintos testimonios, desde Claudio Drescher a Carlos Presti, un texto conmovedor sobre el bloqueo a Cuba, los horrores del caso Epstein.

Súbanse a EL TREN, desde el andén de sus domicilios.



El TREN, UNA VOZ DIFERENTE PARA ESCUCHAR, REFLEXIONAR Y DISCUTIR