Centeno. Defensor del derecho laboral y de las condiciones de vida de los trabajadores. Murió por la tortura. cedoc Perfil 28-02-2026
Álvaro Abós
El 6 de julio de 1977 el doctor Norberto Centeno, a las siete y media de la tarde, salió de su estudio en la calle Rioja, en Mar del Plata, y fue al café de la esquina para tomar algo, porque la cabeza le estallaba de tanto trabajar. Pero no pudo distenderse porque un camión militar paró en la puerta y se lo llevó de mala manera. Los mozos del café no iban a ver nunca más a ese habitual cliente.
El doctor Centeno era un abogado laboralista, profesor de Derecho del Trabajo en varias universidades, conferencista en foros jurídicos, autor de resonantes trabajos en su especialidad. Un maestro. El gobierno que asumió en 1974 quiso convocarlo para integrar la Corte Suprema de Justicia, pero Centeno, que no era ducho para las intrigas de palacio, fue postergado. Por otra parte, le gustaba seguir con su trabajo en el estudio jurídico y sus tareas intelectuales. Aceptó sí presidir la comisión que redactó una ley de Contrato de Trabajo que cristalizara toda la legislación laboral en una norma unitaria. Así, bajo su inspiración, se dictó la Ley 20.744. Tiempo después, publicó un tomo de ley comentada que todos los abogados y jueces del fuero admiten como un trabajo brillante.
El propósito del derecho laboral es mejorar las condiciones de vida de los trabajadores atenuando las diferencias entre empresarios y obreros. Sus orígenes se remontan a las encíclicas del papa León XIII. En la Argentina, en 1905, el ministro Joaquín V. González redactó un Código de Trabajo por indicación del presidente Julio A. Roca. Fue discutido en el Congreso y por pocos votos fue rechazado. Pero poco a poco esos derechos fueron admitidos por el esfuerzo de legisladores socialistas. El primer gobierno de Juan Perón (1946-1955) consolidó en el derecho y en la práctica derechos como la indemnización por despido, las vacaciones, las licencias por enfermedad y embarazo, los descansos, la jornada de ocho horas.
El golpe de Estado de 1955 volvió todo atrás. Hubo que empezar de nuevo. Finalizada la larga proscripción en 1974, se aprobó la Ley 20.744, la Ley de Contrato de Trabajo, redactada por una comisión de juristas que presidía Norberto Centeno. En 1976 la ley fue de nuevo saqueada y el gobierno de Raúl Alfonsín la repuso. ¿Por qué tantos bandazos? ¿Acaso esta ley destruye la propiedad privada, es un misil que ataca el modo de vida occidental y cristiano, un veneno que amenaza las libertades (o, pongamos, el patrimonio) de los dueños de medios de producción? ¿Acaso esta ley es subversiva?
No lo parece. A lo sumo, afecta la optimización de las ganancias. Una platita para los empresarios. Les viene bien liberarse un poco de tantas indemnizaciones, permisos, licencias. ¿O no?
Al mismo tiempo que los militares se llevaban a Centeno, fueron detenidas otras trece personas, abogados laboralistas, empleados de estudios y algunas de sus esposas. En total, trece personas, todas enviadas a La Cueva, unos desolados galpones vacíos que alguna vez habían sido la sede de un destacamento aéreo. El libro de Felipe Celesia y Pedro Waisberg, La noche de las corbatas (Aguilar, 2016), relata estos hechos. Los detenidos de La Cueva fueron torturados, algunos liberados. Cinco de ellos no aparecieron nunca.
A Centeno lo torturaron hasta la muerte. ¿Qué le preguntarían a ese hombre que, si bien alguna vez había estado detenido por protestar contra las proscripciones y las dictaduras, nada tenía que ver con la guerrilla? ¿Qué querían saber de él, un teórico del derecho y un abogado defensor de trabajadores, mientras le aplicaban la picana? ¿Acaso una reflexión sobre las diferencias entre un recurso de apelación y uno de nulidad?
Norberto Centeno fue asesinado en la mesa de tortura porque encarnaba un mundo igualitario que los dueños del poder no querían admitir. Otros detenidos aquel julio de 1977 fueron desaparecidos, como acostumbraba hacer la dictadura entonces. Pero el cadáver destrozado por las torturas de Norberto Centeno lo tiraron en una playa desierta cerca de Miramar. A veces los restos humanos tenían una tarea pedagógica. A veces aparecía un cadáver baleado al pie del Obelisco. Para que todos miraran bien y aprendieran lo que les podía pasar a “esos tipos”, los que “algo habrían hecho”.
El entierro de Norberto Centeno en el cementerio del Parque convocó a una multitud. La sociedad marplatense, horrorizada, desafió a la guardia armada que vigilaba el entierro. Desafió su propio miedo. Todos habían entendido. Pero salieron a acompañar a ese hombre justo. Magistrados y empleados judiciales, pero también personas comunes, trabajadores que habían sido clientes de su estudio, todos caminaron junto a Norberto Centeno en su último viaje. Un mozo –los gastronómicos marplatenses lo querían especialmente– tiró su chaquetilla blanca sobre el ataúd, como si fuera una flor.
El asesino de Norberto Centeno, director de La Cueva, teniente coronel Pedro Alberto Garda, fue condenado a prisión perpetua como autor de tormentos y homicidios. Al final, gozó de prisión domiciliaria y murió a los 91 años en su domicilio de la avenida Cabildo.
Una ley no es un bibelot intocable. La vida fluye, las condiciones de la sociedad cambian y las normas que la rigen deben adaptarse. Pero la pretendida reforma laboral, que capciosamente prefiere camuflarse como modernización, destruye el espíritu de esa vieja Ley de Contrato de Trabajo, la ley de Centeno, que durante cuarenta años protegió a los trabajadores.
Pido a los legisladores que, con buena fe, creyendo que legislan para nuevos tiempos y consagran nuevos derechos, piensen aunque sea un instante en ese cuerpo destrozado que una madrugada apareció en una desierta playa cerca de Miramar.
Piensen en Norberto Centeno.





