30 diciembre 2020

SALUDO DE FIN DE AÑO

NO HAY OTRO TIEMPO QUE EL QUE NOS TOCÓ
 
 

La salutación del 31-12-2019, llevaba por título “Amanece que no es poco”. Encerraba la esperanza de un cambio en la situación económica y política del país, a partir de un panorama extremadamente complicado. La aparición del COVID 19 fue el cisne negro imposible de avizorar. A los que cargamos muchas décadas y suponíamos que ya habíamos vivido todo, nos recluyó en nuestros domicilios bajo la horrible calificación de “población de riesgo”. La pandemia sumió al planeta en una catástrofe económica y sanitaria. Sin exagerar, terminó en el 2020 efectivamente el siglo XX y comenzó el siglo XXI, con un presente de miedo y un horizonte de incertidumbre. La ciencia, que no es más que el saber humano milenario acumulado, nos ha traído la notable noticia, que en tiempo récord se han descubierto y fabricado vacunas que en el mediano plazo pondrá un límite fundamental al corona virus. Pero es de una ingenuidad notable dar por superado un problema de semejante envergadura. Es altamente probable que deberemos atravesar una segunda ola sin haber concluido la primera. La desaprensión lleva a que en una carrera desenfrenada, la vacunación masiva de un 70% pierda ante la velocidad de una nueva ola de contagios, con las lamentables consecuencias sanitarias y económicas. Que esto no suceda depende mucho más de cada ciudadano que del milagro de la vacunación. Es el mejor homenaje que le podemos hacer a los más de cuarenta mil muertos, a los integrantes del sistema sanitario, a los científicos que en sus laboratorios acercan el horizonte, a todos los trabajadores esenciales que arriesgaron sus vidas.

Es el tiempo que nos tocó. No hay otro. Con números económicos furiosamente en rojo para los cuales no hay vacuna posible en el corto y mediano plazo. Y por encima de tantos males, siempre amanece que no es poco. El futuro mejor nunca desaparece. No lo regalan sino que se lo conquista. Con lucha, persistencia y tenacidad y siempre como integrante de un colectivo. La normalidad conocida no volverá igual. Pero algún día cercano regresarán los besos cercenados, los abrazos impedidos, los encuentros imposibilitados. Y más tarde que temprano los caídos de un sistema extremadamente injusto y desigual serán incluidos. Para eso no hay laboratorio ni vacuna, sino política. No será un regalo. Será obtenido con lucha.

Brindemos,  porque ese futuro llegará, porque lo imposible solo tarda un poco más, más allá de los contratiempos e incertidumbres, de los tiempos difíciles que nos esperan.




 




29 diciembre 2020

DOS NOTAS DE HUGO SORIANI

 

Navidad


Diana Iris García era psicóloga recibida en la Universidad de la Plata y militaba en Montoneros. Estaba de novia con Miguel Coronato Paz, hijo del recordado guionista de radio y TV que hizo reír al país durante la década del sesenta con personajes como “Felipe”, protagonizado por Luis Sandrini, o La Revista de Dringue, con Dringue Farías. A Miguel lo secuestraron en febrero de 1977 y a ella unos meses antes, el 15 de octubre de 1976, en la esquina porteña de Córdoba y San Martín. Diana pudo gritar su nombre y algunos testigos hicieron trascender el operativo, que fue reflejado por Radio Colonia y el diario La Razón.

Su hermana Célica y sus padres comenzaron a buscarla en comisarías, cuarteles, hospicios y llegaron hasta las puertas de la propia Escuela de Mecánica de la Armada. Allí adentro estaba Diana y allí la mataron, pero de eso se enteraron años después, por el testimonio de algunos sobrevivientes.

Entre las tantas audiencias que pidieron, consiguieron una con Monseñor Emilio Graselli, secretario castrense y capellán del Ejército, quien prometió ayudarlos. Y lo hizo a su modo.

La familia de Diana García recibió en diciembre del 77 una tarjeta navideña que decía: “El respeto a los derechos humanos es el camino más seguro hacia la paz. Sin ausencias, sin angustias, sin odios”. Y para terminar: “Es el anhelo de los argentinos para cristalizar el propósito enunciado por el presidente teniente general Jorge Rafael Videla”. La firmaba el Cardenal Raúl Francisco Primatesta, presidente de la Conferencia Episcopal Argentina.

Célica García llevó esa postal cuando declaró en el juicio ESMA, en mayo de 2013, y la mostró a los jueces. Un dibujo acompañaba al texto, era un pino navideño rodeado por fantasmales siluetas humanas. “Esto fue lo que mi madre recibió para que tengamos una Navidad feliz”, dijo Célica, mientras sostenía la tarjeta en sus manos para que todos pudieran mirarla.

 

Pablito


Cuando el guardia se lo llevó de la mano, Pablito habrá recordado los días en los que el papá lo llevaba al colegio, apretando su palma un poquito más fuerte al cruzar las calles de Palermo para llegar a la Escuela Armenia Argentina, donde cursó la primaria.

Tenía catorce años cuando lo secuestraron, y la misma edad cuando ese guardia lo guió con los ojos vendados por los pasillos de la ESMA mientras le decía al oído que se iba en libertad.

A Pablo Míguez lo detuvieron algunos meses antes junto a su mamá, Irma Beatriz Márquez, y al compañero de ella, Jorge Capello. Los tres fueron llevados al centro clandestino El Vesubio, en Ricchieri y General Paz. Allí Pablo fue torturado delante de su madre y ella violada frente a él para obligarla a firmar la escritura de su casa en favor de los secuestradores, según relata Lila Pastoriza, que convivió con Pablito en la ESMA, cuando llegó desde el Vesubio. “No te preocupes, tanto no me dolió”, la consoló Pablo cuando Lila se desesperó con su relato.

“Era un chico vivaz, con su carita de pibe travieso, sus pecas junto a la nariz, sus ojos de chispazos, su cuerpo esmirriado, y lamentaba no haberse podido despedir de su madre cuando dejó el Vesubio. Alguna noche despertaba lloroso y yo trataba de consolarlo, ‘soñé con mi mamá’ me decía, mientras esperaba que lo lleven con su padre, que no era militante político y que desde afuera hacía gestiones para salvarlo”, recuerda Lila.

“Pablo era bueno para el ajedrez, y el mayor Durán Sáenz, jefe del Vesubio y uno de sus peores verdugos, lo obligaba a jugar con él largas partidas. Repartía mate cocido y a veces llevaba los tachos con orín de otros prisioneros. A la noche le ponían cadenas, y a pesar de que era un niño, lo torturaron mucho,” cuenta Hugo Luciani, sobreviviente del Vesubio.

Pablito estuvo más de un mes en la ESMA hasta que fue “trasladado”. Poco antes disfrutó una cuchara de dulce de leche con que alguien lo convidó por debajo de la capucha que cubría su cabeza. Con ese sabor y con la promesa del guardián que lo llevaba de la mano, Pablo Míguez dejó el centro clandestino creyendo que lo liberaban. Nunca, nadie, lo volvió a ver.