17 abril 2024

Programa EL TREN del 16 de abril del 2024

Entrevistados: dirigente político Francisco Durañona y Vedia y dirigente gremial Rubén “ el pollo” Sobrero

 



 


 

16 abril 2024

¿Contra Milei viviremos mejor?*

 Por Martín Caparros
 
Me pregunto si la barbarie del señor Milei no nos llevará a recuperar aquella unión, aquellas coincidencias que tuvimos contra Menem.
 
Fue una jornada gloriosa, victoriosa: en pocas horas el bombardeo libertario dejó tierra arrasada. El paladín fue un diputado mileísta con laureles, el señor Alberto Benegas Lynch (a) Bertie, hijo del gran guru del presidente, Alberto Benegas Lynch (hijo), hijo a su vez de otro Alberto Benegas Lynch, que decía hace 60 años lo mismo que Milei dice ahora y era primo hermano de Ernesto Guevara Lynch (a) el Che. Este legislador, entonces, preocupado por las familias argentinas, dijo que “la libertad también es que si no querés mandar al colegio a tu hijo porque lo necesitás en el taller, puedas hacerlo”.
 
Eficacia absoluta: en una sola frase consiguió cargarse dos pilares de las sociedades democráticas. Con solo docena y media de palabras demolió la educación obligatoria y la prohibición del trabajo infantil. Sabiendo que no era fácil igualarlo compitieron/colaboraron con él en la jornada su jefe, el presidente, que se jactó de que lo que está haciendo en la Argentina es “el ajuste más grande de la historia de la humanidad” –o sea que, según él, nunca nadie empobreció tanto en tan poco tiempo– y el vocero de su jefe, un tal Adorni, que dijo que, en la campaña, “nosotros no dijimos te vamos a llenar la heladera ni a encender la parrilla” –o sea que si millones pasan hambre no será porque no les avisaron. Despechado, supongo, el señor Milei intentó más tarde recuperar posiciones en una entrevista con un presentador que le ríe las gracias, las de nadas: allí habló de un periodista y escritor –que, cobarde, no nombró–, tratándolo de “imbécil, estúpido, bruto que escribe pelotudeces” y por fin, viendo que el triunfo se le escurría entre los dedos, el jefe del Estado declaró que “el Estado es nuestro enemigo”.
 
Pobreza, hambre, trabajo infantil, todo en unas horas. Pareciera que no se puede ser más rústico. Quizá sea cierto, y quizá no. A veces da la impresión de que estos muchachos se equivocan sin parar. Pero, cuando todos ellos lo hacen con esa intensidad, esa insistencia, es difícil creer que no sea voluntario: ni los tontos más tontos son capaces de producir, si no se lo proponen, tanta tontería.
Quizá piensen que, con ese bombardeo, pueden obtener dos beneficios concurrentes. Uno sería que al emitir tales disparates escandalizan a algunos, complacen a otros y distraen la atención de lo que hacen: viejo truco de magia de burdel. El segundo, más importante, sería la ampliación del campo de lo posible. La primera vez que muchas personas escuchan una reivindicación del trabajo infantil se indignan, se sulfuran; a la décimoquinta ya les parece un tema de debate. En la galaxia trumbolsonarista, lo que hoy resulta impensable se vuelve tangible en unos meses; se diría que el mile(nar)ísmo, alumno retrasado, intenta usar ese sistema
 
Mientras tanto, su gobierno sigue destruyendo la Argentina, hambreando a los argentinos, atacándolos sin tregua. Su jefe de antiEstado se pelea todo el tiempo con millones de compatriotas: no solo los desdeña –los que lo apoyan son “argentinos de bien”, los demás son “zurdos”, “ratas”, “orkos”, “delincuentes”– sino que ha recortado el poder adquisitivo de –casi– todos ellos entre un 25 y un 35 por ciento en sus primeros cuatro meses. Un ejemplo aclara el “casi”: en el primer trimestre de 2024 se vendió un 30% menos de coches nuevos que el año anterior; solo se vendieron más que antes los ocho modelos más caros del mercado. Mientras tanto, los precios de la comida, digamos, ya se parecen a los españoles –con un salario mínimo seis veces menor. Así que, en medio del desastre, a veces me despierta una luz de esperanza: ¿conseguirá el señor Milei lo mismo que el finado Menem?
 
Contra Menem, sin duda, vivíamos mejor. Su Gobierno duró todos los noventa, tiempos de la revolución conservadora. Tantos estábamos de acuerdo en que debíamos oponernos a su ofensiva neoliberal, a su remate de las grandes empresas públicas y su destrucción de los servicios públicos, a su demolición de las industrias nacionales, a su incultura desafiante, que supimos construir un “nosotros”: una forma de reconocernos y de unirnos que consiguió, en las elecciones de 1995, un 30% de los votos y desembocó en la crisis de 2001 y sostuvo, durante un lapso breve, la ilusión de que podíamos crear algo distinto.
 
Eso distinto terminó muy parecido: el kirchnerismo rompió aquella unión e hizo que algunos se engancharan a él, lo defendieran, y otros lo criticáramos desde varios lugares: la izquierda, sobre todo. Aquel bloque antimenemista se partió en mil pedazos: amigos dejaron de serlo, compañeros de trabajo y de esfuerzo dejaron de hablarse, agresión y desdenes nos rompieron en muchos; lo llamaron la Grieta. Nos quedó, si acaso, la nostalgia de aquellos viejos tiempos en que andábamos juntos.
Y ahora me pregunto si la barbarie del señor Milei no nos llevará a recuperar aquella unión, aquellas coincidencias. Hay muchos momentos en que lo parece: cuando vemos que personas y grupos de los que disentíamos hace unos meses dicen sobre el gobierno las mismas cosas que decimos, cuando encontramos acuerdos que no imaginábamos.
 
Milei es una catástrofe. Pero tanta desolación despierta –muy rápido, muy eficaz– odios y desprecios de cada vez más gente, reivindicaciones tan primarias que más y más personas pueden reconocerse en ellas. Su único efecto positivo podría ser ese: permitir –hacer necesaria– la reconstitución de una fuerza variopinta que defienda cosas variopintas: desde la legalidad democrática hasta el aborto legal, desde el respeto por el otro hasta la libertad de decir lo que haga falta, desde el derecho de huelga hasta la educación pública, desde la salud pública hasta el cuidado de las artes, desde la investigación científica hasta el control de las policías, desde la posibilidad de pagar un autobús hasta la posibilidad de trabajar y cobrar por tu trabajo, desde el derecho a comer todos los días hasta el derecho a comer todos los días.
 
Así que esa oposición reuniría a millones, muchos muy diferentes entre sí; la gran pregunta es qué podrán –qué podremos– hacer con esa diversidad, qué movida o movimiento se formará a partir de ella.
Es un momento –como todos– muy particular: los dos bloques que dominaron la política argentina desde 2003, la derecha macrista y el peronismo kirchnerista, se derrumban. Si el desastre Milei durara varios años, probablemente la reacción en su contra sería un estatismo clásico, más ligado o parecido al peronismo, que tendrá tiempo de reconstituirse: el péndulo habitual. Si dura menos aparece la incógnita: ¿quién podrá, quién sabrá, quién será capaz de inventar algo? La última vez, en 2001, fueron los miles en la calle, las asambleas, la ilusión de un país sin políticos aprovechadores que duró unos meses, hasta que Duhalde y Kirchner la entendieron y se la deglutieron. ¿Será, esta vez, distinto?
 
Para intentarlo, por supuesto, hay que empezar ya mismo.

 

·         PUBLICADO EN EL PAIS DE ESPAÑA

08 abril 2024

TECNÓPOLIS

 

Camino por última vez Tecnópolis, ese gigante parque que me vio entrar cada mañana y me abrazó con sus enormes árboles y su sol radiante de verano. Dejo atrás el crudo viento de cada domingo que empujó consigo a miles de autos que hicieron fila para jugar con las matemáticas en vacaciones de invierno. Saludo al guardián Coloso que todavía me guiña un ojo cada vez que la noche lo enciende. 
Lloré el 29 de noviembre de 2015 cuando cerramos la quinta edición de "Ciencia, arte y tecnología" rompiendo un nuevo récord de espectadores: 22 millones de personas respiraron Tecnópolis de manera totalmente gratuita.
Prometimos "Futuro para siempre". Nos prometimos un sueño eterno. Lo hicimos cartel, slogan y consigna. Lo hicimos palabras porque supimos que algunas de las cosas que locamente soñamos, las hicimos realidad. La mágica e increíble "Unidad Ejecutora del Bicentenario", nacida para los multitudinarios festejos del 2010, murió el 9 de diciembre del año pasado. El proyecto cultural más importante e imponente de los últimos años, el que tomó la calle y llamó al pueblo a celebrar para vivir experiencias increíbles, encontró la oscuridad en un cajón de la nueva gestión de gobierno. Se acomodó en un pilón junto con otros proyectos sociales de los que el Estado era motor y responsable.
Como verán mi relato no es individual, hay pluralidades en estos verbos porque nada de esa maravilla hubiera ocurrido en soledad. Guiados por un versado líder, un grupo de profesionales, en su mayoría jóvenes, inquietos con ganas de romper estructuras y salir de los márgenes pensó en crear algo singular para el pueblo. Pensó en generar contenido de alta calidad y gratuito. Pensó en "fiesta, patria, popular" y en "ciencia, arte y tecnología" para todos. Dejó de pensar y trabajó. Trabajamos. Madrugadas, días eternos. Me recomendaron: "comprate un buen calzado" y entendí por qué. No se paraba. Tecnópolis y 56 hectáreas repartieron handys y una red de laburantes se dispuso a edificar las utopías. Y vimos a los pibes jugar con las leyes de la física, a rapear en escenarios y a leer en voz alta. Y tuvimos dos "Encuentros de la palabra" que se encontraron con todas las expresiones que las usaran: teatro, música, stand up, hip-hop, literatura y más. Siempre hubo más. Llegaron los festivales, la percusión y Comicópolis. Raíz trajo la comida de todo el país. Las provincias bailaron cada noche. Aprendimos filosofía y hubo shows de ciencia.
Maravilloso. Igualitario. La justicia social hecha espacio. Miles de "cabecitas negras" colmaban los colectivos y nos llamaron "negrópolis" pensando que lastimaban el orgullo que nos daba servir, desde el Estado, a los que menos pueden. Nos parábamos felices para verlos entrar. Como trabajadores nos escondimos entre el público y buscamos las sonrisas y el asombro. Ese era nuestro pago final. Eso pagaba las horas extras. Las computadoras, las hojas impresas con un sin fin de ideas reescritas, cada web programada, las redes sociales. Las lluvias, el frío, la falta de sueño, los fines de semana, los armados de escenarios y las pruebas de sonido. La radio. La magia.
Ayer, junto a otros compañeros, me echaron de Tecnópolis y hoy caminé el parque por última vez. Me acompañaron los abrazos y el cielo se puso a llover. A cada paso una promesa de volvernos a encontrar. Obvio que lloré de vuelta. Sí, claro que me da miedo no llegar a fin de mes y poder pagar todos los nuevos y abultados aumentos. Pero también lloré por lo colectivo. Porque no sólo no soy la única excluida del Estado, ni despedida del sistema laboral (los sangrientos números siguen creciendo día a día), sino porque cada vez que un pedazo del Estado es destruido los más perjudicados son los otros. Son los que necesitan de lo público, de lo gratuito. Son los que necesitan del Estado. Y lloro también porque este nuevo y desalmado gobierno no sólo no piensa en ellos, en nosotros, sino que empobrece la calidad de los contenidos que puede acercarles.
Quise este sueño y viví despierta y enteramente ese proceso. Me voy con lo mejor: con las caras de asombro ante lo nuevo, con la felicidad de lo aprendido, con el amor de las buenas almas.
Y allí todavía queda gente, esa gente que hoy me abrazó. Y por ellos lo digo. Hay mucha comprensión de lo que lastimosamente le sucede a la Argentina. Fue un hermoso espacio por un montón de cosas, pero entre ellas porque su base fue la conciencia social. La gente que trabaja/ó en la Unidad Ejecutora del Bicentenario sufre junto al pueblo. Y hoy, más que nunca, creo que hay que DECIR PRESENTE MIRANDO EL FUTURO

07 abril 2024

EL SISTEMA CIENTÍFICO AL BORDE DEL ABISMO

SCIENCE, BITCH!*
 
 
El CONICET es, desde hace rato, la mejor institución de ciencia en Latinoamérica y está entre las veinte mejores de todo el mundo. ¿Qué es? ¿De dónde salió? ¿Es lo mismo decir CONICET que decir ciencia y tecnología en Argentina? El investigador Diego Golombek analiza la situación actual de nuestro sistema científico, se pregunta cómo llegamos hasta acá y subraya que para solucionar los problemas importantes, más que apoyar a la ciencia, un país debe apoyarse en ella.
Hoy la riqueza de las naciones radica en su desarrollo científico-tecnológico.


Por: Diego Golombek


 
Llegó el primer telegrama de despido a nuestro instituto. Podría ser un extraordinario comienzo para una novela. Pero no. Es un mensaje reciente de una investigadora del Instituto de Inmunología, Genética y Metabolismo del CONICET y la UBA. Y luego del primero, el segundo, el décimo, el enésimo. Y luego de este instituto, otros, y también la Comisión de Energía Atómica, el Servicio Meteorológico, la Comisión de Actividades Espaciales… y siguen las ciencias.
 
Más allá de las sorpresas, y de las broncas, de alguna manera estamos obligados a mirar desde arriba y preguntarnos por qué, cómo llegamos hasta acá, qué hicimos bien o mal o, sobre todo, qué no hicimos.
 
De pronto proliferan los reportes sobre los méritos de la ciencia argentina, que los hay, y muchos. Recordar que el CONICET es, desde hace rato, la mejor institución de ciencia en Latinoamérica, y que está en el puesto número 20 de instituciones gubernamentales en todo el mundo. O que está en el tercer percentil de mejores instituciones en el planeta, el segundo en investigación y, digamos todo, el percentil 45 en innovación. Y que en áreas como la investigación agropecuaria, las humanidades, las ciencias ambientales o la antropología es un claro líder a nivel regional.
 
Pero empecemos por el principio: ¿qué es el CONICET? ¿De dónde salió? ¿Es lo mismo decir CONICET que decir ciencia y tecnología en Argentina?
 
De qué hablamos cuando hablamos de CONICET
 
En las encuestas de percepción pública de la ciencia que se realizan periódicamente en Argentina (o se realizaban periódicamente en un país llamado Argentina) hay una pregunta que no deja de llamar la atención: se pide al público que nombre una institución de CyT en el país. Si bien alrededor del 64% de la gente manifiesta “mucho o bastante” interés en el tema, un porcentaje superior (67%) es incapaz de mencionar una institución de investigación argentina. Sí: ni una sola. Pero si la menciona, podemos apostar que dirá “CONICET”, la palabra mágica, el Shazam que abre las puertas de la ciencia. Es más: en el imaginario popular, el CONICET es un lugar, inmenso, kafkiano, en donde decenas de personas marcan tarjeta día a día haciendo cosas raras para gente normal. Así, en la fiesta, en la puerta del cole, el taxi o el almacén, la pregunta de rigor es “¿Trabajás en el CONICET?”. Y nuestra obligación es desilusionarlos y decirles que nomásomenostrabajoenlauniversidadinstitutocentro, para terminar aceptando “sí, trabajo en el CONICET”, y todos contentos. Sin embargo, lo cierto es que la ciencia y tecnología se hacen – y últimamente se deshacen– en muchas instituciones: en las universidades, en institutos dependientes del CONICET, en instituciones como el INTI, el INTA, la CONEA, la CONAE, en dependencias de los gobiernos y, menos de lo que se debiera, en empresas de distinto tamaño y maduración. En todo esto, el CONICET es un actor clave, clavísimo: por un lado, es un dador de trabajo (y salario) a los alrededor de 11.000 investigadores, 11.000 becarios (sin relación de dependencia), 2.900 técnicos y 1.500 empleados administrativos cuya labor principal gira alrededor de proyectos de investigación que se convocan, evalúan e implementan desde el Consejo (recordemos que la CO de CONICET es de “Consejo”). Y en su fundación se menciona el rol de “coordinar y promover las investigaciones científicas”.
 
El 67% de los argentinos es incapaz de mencionar una institución de investigación argentina. Sí: ni una sola. Pero si la menciona, podemos apostar que dirá “CONICET”.
 
Momentito… ¿Cómo que “su fundación”? ¿Acaso no lo juzgamos tan eterno como el agua o el aire? Pues no: el antecedente más cercano es el Consejo Nacional de Investigaciones Técnicas y Científicas (Conityc) creado en 1951 durante el primer gobierno de Perón. La dictadura libertadora de 1955 lo cerró, solo para volver a crearlo, y esta vez de manera definitiva, en 1958. Y aquí entra en escena uno de nuestros grandes próceres, hacedor de instituciones: Bernardo Houssay. Mírenlo: de familia de clase media, hizo la primaria en dos años, se recibió de bachiller a los trece, de farmacéutico a los diecisiete y de médico a los veintitrés. A los 32 años fue profesor de fisiología en la Facultad de Medicina de la UBA, y a los 60 le dieron el premio Nobel. Como diría Julio Iglesias, “me olvidé de vivir”. Se podría pensar que debiera estar en alguno de nuestros devaluados billetes, aunque quizá cierto apoyo a la fórmula presidencial Tamborini-Mosca allá por 1946 debe haber influido en su ausencia.
 
Tipo particular este Houssay, capaz de bajar varios pisos por la escalera de la facultad con un guante blanco aferrado a la baranda, para mostrarle el color resultante al personal de limpieza. Pero, sin duda, un convencido de la necesidad de las instituciones científicas. Alguna vez, muy temprano en esta historia, afirmó que “en la etapa de cultura incipiente que atravesamos se hallan tres categorías de investigadores: 1° los héroes abnegados y casi mártires, que son muy raros; 2° los que tienen vocación y una fortuna personal, que son un poco más frecuentes; 3° los seudo investigadores, mucho más abundantes”.
 
Cuenta la leyenda que don Bernardo quedó fascinado con el sistema científico francés que, a diferencia del anglosajón, otorga una estabilidad laboral a sus investigadores. Quizá de esta experiencia es que surgen dos de sus más grandes legados (además de los puramente científicos, claro):
 
- La creación del CONICET, junto con la carrera de investigador científico y la de personal de apoyo
 
- La dedicación exclusiva en la Universidad, de manera de contar con personas que se dediquen tanto a la docencia como a la investigación
 
Tenemos entonces a nuestros primeros (y muy pocas primeras, que luego irían ganando su justo lugar) investigadores científicos profesionales, todo de un plan houssayiano de desarrollo: “Si queremos ser bien civilizados y serlo cada vez más, debemos cultivar las ciencias mucho más que hasta hoy. El adelanto de las ciencias en un país es el índice más seguro de su civilización. Hablar del futuro de las ciencias en una Nación es lo mismo que expresar qué jerarquía ocupará en el mundo civilizado. Falta de ciencia es sinónimo de barbarie o de atraso”. Un vocero presidencial ahí, por favor.
 
Eso sí: la idea de ciencia para don Bernardo es que el Estado no debe interferir en los temas de investigación, ni promover un desarrollo ligado a los intereses nacionales. Ustedes investiguen, y háganlo bien, que en algún momento se les va a caer una aplicación sin darse cuenta. Ojo: estamos hablando de hace más de 60 años, una etapa fundacional a partir de la cual ha pasado mucha agua, botas, tecnología y novedades bajo el puente.
 
Está claro que el mundo cambió, y que si John Keneth Galbraith decía en los ’80 que son las ideas, y no el dinero, lo que hace ricos a los países, hoy podríamos decir que la riqueza radica en el desarrollo científico-tecnológico que lleva a más y mejores innovaciones en la salud, la energía, los alimentos y, en definitiva, todo lo que nos rodea en la vida cotidiana. Por otro lado, detrás de esas innovaciones, más allá del incentivo privado, en algún lado está el Estado, con las primeras armas y apuestas por preguntas nacientes, promisorias y en busca de respuestas para una mejor calidad de vida.
 
 
 
Al borde del abismo, y a punto de dar un paso al frente
 
Y, de pronto, la sorpresa, mayúscula, oscurantista, increíble. Un gobierno que se enorgullece de despreciar a su ciencia y tecnología, esas que supimos conseguir. Con un estilo goebbeliano, mienten, mienten, y algo (bastante, en realidad) queda. Que sobra gente en todos lados. Que las investigaciones no sirven para nada. Que primero tenemos que resolver las cuestiones importantes – la pobreza, la inflación, el déficit fiscal – y después, veremos. Que si son buenos, ya conseguirán trabajo en el sector privado. Que debemos volver a la época de oro de comienzos del siglo 20. Y siguen los tweets.
 
En este caso, el orden de los factores sí altera el producto. Parece haberse establecido que “primero hay que solucionar lo importante: las cuestiones de salud, de alimentación, de trabajo y, después, veremos si tenemos ganas de apoyar a la ciencia”. Y aquí podemos señalar dos cuestiones. Una es de carácter preposicional: no es cuestión de que un gobierno apoye a la ciencia, sino que se apoye en la ciencia para (segunda cuestión) justamente colaborar en la solución de los enormes problemas que nos aquejan. ¿Puede sobrevivir un país de economía agropecuaria sin una base científico-tecnológica? No. ¿Podemos encontrar curas a problemas sanitarios endémicos sin que nuestros científicos los estudien y resuelvan? No. ¿Podemos conocer nuestra biodiversidad y recursos naturales sin que los exploremos? Tampoco. ¿Podemos entender las bases de la violencia organizada sin investigarlas de manera racional y científica? Menos. Y así sucesivamente, ejemplo tras ejemplo.
 
¿Qué si sobra gente? ¿Con respecto a qué? Ya hemos tenido, a cargo del Ministerio de Modernización durante el gobierno macrista, evaluaciones de dotación de personal que concluyeron que en ciencia y tecnología (CONICET incluido) no sobra nadie: falta gente. Sin embargo, allí están las técnicas mafiosas de pedir listados de personas “que están de más”, sin ningún criterio objetivo y, más aún, sin ninguna planificación previa (y hablando de planes, recordemos que el actual secretario de Innovación, Ciencia y Tecnología parece haber sido afectado por una mudez súbita, incumpliendo fatalmente con aquella utopía de la publicidad de los actos de gobierno, además de ser el campeón de no ejecutar presupuesto).
 
Allí están las técnicas mafiosas de pedir listados de personas “que están de más”.
 
Todo sistema necesita de sus partes y relaciones, como nos enseñó un tal Bertalanffy en su “Teoría general de los sistemas”. Y el sistema científico no es una excepción: las ciencias exactas, naturales y sociales, las tecnologías, las humanidades no pueden ser paralizadas. Luego de una embestida feroz en el discurso (el famoso “afuera” dictado por el entonces candidato a presidente), la realidad es otra: si no puedes afuerarlos, asfíxialos, ningunéalos, desprécialos. Es cierto: no se puede esperar mucho más de un contingente esotérico, de raíces religiosas conservadoras, sospechado de anti-vacunas y otras delicias. Y en esta maldad no hay ninguna banalidad: no se trata de ejecutar órdenes, cumplir las burocracias, seguir las leyes; por el contrario, es una maldad prevista, hasta auto-celebratoria.
 
Sin embargo, también debemos preguntarnos cómo llegamos hasta aquí. Posiblemente no hayamos considerado que contar lo que hacemos es parte de lo que hacemos (y no es un trabalenguas). O no nos hemos preocupado lo suficiente –con honrosas excepciones, como la anterior gestión de la Agencia Nacional de Promoción Científica, entre otras– de que en algún lado del camino una buena parte de nuestro trabajo debe llegar a la farmacia, al supermercado, a las fábricas. O no nos hemos acercado lo suficiente a las economías regionales, o a modelos más sustentables de crecimiento. Pero somos conscientes de la necesidad de discutir, de mejorar, de avanzar; todo lo contrario de lo que propone el actual gobierno, en particular en lo que refiere a la ciencia.
 
Es cierto también están los números, y esto nos urge: un presupuesto que nos ahoga, los cientos de despedidos en el sistema, la enorme merma en el concurso de becarios y, en palabras de los premios Nobel que se aterrorizaron con nuestra situación, el abismo que se acerca.
 
No sabemos a dónde nos pueden llevar la ciencia y la tecnología: no tienen límite ni techo. Si sabemos dónde nos lleva su falta: a un precipicio del cual será imposible levantarnos. Es tan corto el amor y tan largo el olvido, sí; también es tan larga la construcción y tan inmediata la destrucción. No podemos, ni debemos permitirlo. Acá no sobra nadie.
 
  Revista Anfibia