30 marzo 2026

Receta para el desastre

 

Reflexiones sobre ciencia, tecnología y filosofía para un futuro posible. 

Valentín Muro Cenital  26/03/2026 

Durante la última dictadura en Argentina, la figura del desaparecido no fue una mera estrategia para ocultar el accionar terrorista del Estado, sino un ataque brutal sobre el modo en que un sistema judicial y la sociedad pueden acceder a la evidencia. Sin cuerpo no hay autopsia, sin autopsia no hay crimen, sin crimen no hay victimario, y sin victimario no hay relato posible. Esta militarización de la “nada” como recurso estratégico y epistemológico trasciende cualquier convicción de estar haciendo lo correcto y, en cambio, apunta a una deliberada reescritura de la realidad. Ante la desaparición física de personas durante la dictadura, los organismos de derechos humanos tuvieron que servirse del ingenio, el coraje y la tenacidad para no rendirse ante perversos mecanismos diseñados para vencer a fuerza de desesperación. Luego del frágil regreso de la democracia en 1983, un grupo de estudiantes universitarios se propuso desarmar una historia diseñada para no poder contarse. Fue la búsqueda de la verdad a través de la ciencia lo que marcó los límites de reescribir el pasado.

                                          
Imagen: La historia fue contada muchas veces, pero quizá nunca de manera más elocuente que en el reportaje de Leila Guerriero para Gatopardo en 2008. Apenas unos días después del regreso de la democracia, se formó la Comisión Nacional sobre la Desaparición de Personas (CONADEP) — cuya función se centró en recibir denuncias e investigar el destino de los desaparecidos — , pero pronto surgiría el desafío de reconstruir los crímenes cometidos por el Estado a partir de la exhumación de tumbas sin marcar.

Se hizo evidente de inmediato que, dada la magnitud del accionar del aparato represor, no solo se necesitarían recursos científicos, sino que nunca antes se había intentado algo como esto.

¿Dónde están?

Como esta capacidad forense no existía en el país, miembros de la CONADEP y las Abuelas de la Plaza de Mayo viajaron a Estados Unidos, donde recibieron el firme apoyo de la Asociación Estadounidense para el Avance de la Ciencia. Rápidamente se armó un grupo experto en identificación de restos óseos que viajó a evaluar la situación. Entre ellos se encontraba el antropólogo forense Clyde Snow, ya famoso por haber identificado los restos de Josef Mengele en Brasil y reconstruido la apariencia del rey Tutankamón en Egipto.
El duelo requiere un ancla para procesarse. Sin restos físicos, los familiares de las víctimas están condenados a habitar la “pérdida ambigua”, un limbo insoportable donde el familiar “no está ni muerto ni vivo”, sino suspendido en un insoslayable presente que impide cualquier clausura.

Pero la recuperación de los cuerpos no siempre fue un objetivo compartido. Como lo describe Emilio Crenzel en La historia política del Nunca Más (2008), aunque frecuentemente se exhumaban cadáveres, la idea de que se hubiera asesinado a 30.000 personas era inconcebible. Allí cita a una Madre de Plaza de Mayo que, antes de la formación de la CONADEP, dijo: “Nosotras no podemos concebir que se haya asesinado a 30.000 personas, porque si así fuese estaríamos en un país de locos”.

Durante años, la consigna fue la “aparición con vida”. Aceptar la búsqueda de cadáveres implicaba una suerte de derrota definitiva que parecía erosionar el reclamo político contra la junta militar. El trabajo científico permitió entender que desenterrar a los desaparecidos no era claudicar frente al Estado, sino arrebatarle el monopolio de la historia.

Ese arrebato narrativo fue el que procuraba impulsar Snow, descrito por Guerriero como un antropólogo que “bebía como un cosaco, fumaba habanos, usaba sombrero texano, botas ídem y estaba habituado a vivir en un país donde los criminales eran individuos que mataban a otros: no una máquina estatal que tragaba personas y escupía sus huesos”. Aunque no había viajado para eso, Snow colaboró en algunas exhumaciones y, ante la negativa a colaborar del Colegio de Graduados en Antropología, decidió formar un equipo local.

Aquel grupo no estaba formado por curtidos veteranos, sino por estudiantes de medicina y antropología — entre ellos Patricia Bernardi, Mercedes Doretti, Luis Fondebrider, Alejandro Incháurregui y Morris Tidball-Binz — que se vieron atraídos por la historia del “gringo que busca gente para exhumar restos de desaparecidos”. Así nació el Equipo Argentino de Antropología Forense, según se reconstruye en Ciencia por la verdad (2019).

Ciencia para la verdad

Una de las primeras cosas que notó Snow fue la precariedad y desprolijidad con la que se trataban los restos en las primeras exhumaciones de fosas clandestinas: “En algunos casos usaban topadoras y excavaban áreas enteras en los cementerios, apilando huesos en montañas, destruyendo más evidencia de la que recolectaban. Y aun cuando los sacaran correctamente, no había expertos que supieran qué hacer, en términos forenses, con los esqueletos”.

La célebre máxima de Snow era que los huesos pueden ser rompecabezas de una complejidad abrumadora, pero nunca mienten: no hay decreto de impunidad que pueda refutar un cráneo destrozado con un orificio de bala en el hueso occipital. Quizá la demostración más impactante de este punto ocurrió el 24 de abril de 1985, durante el Juicio a las Juntas, cuando en la sala de audiencias Snow presentó la evidencia de los huesos de Liliana Carmen Pereyra, que había sido secuestrada cuando estaba embarazada de cinco meses, y demostró científicamente que había sido mantenida con vida el tiempo necesario para dar a luz, antes de ser ejecutada a corta distancia con un escopetazo en la cabeza.
Este joven equipo comenzó a leer los huesos como si fueran pistas de misterios hasta entonces irresolubles. Lograron demostrar empíricamente los vuelos de la muerte luego de analizar fracturas múltiples típicas del impacto de cuerpos contra el agua cayendo desde gran altura. Contra la resistencia inicial y el temor a la impunidad, la ciencia forense confirmó cómo habían sido asesinadas estas víctimas, habilitando un mecanismo de sanación que permitió a cientos de familias enterrar a sus muertos con nombre propio.

No era la ciencia operando lejos del dolor sino jóvenes de la misma edad que los desaparecidos, trabajando en cementerios los fines de semana, cavando en la boca fresca de las tumbas bajo la mirada destrozada de los familiares. Como relata Analía González Simonetto, miembro del equipo, el trabajo trasciende los huesos cuando se enfrentan a la restitución. En una ocasión, tras identificar a sus dos hijos, una madre se acercó a los restos extendidos en la mesa, comenzó a tocarlos y preguntó: “¿Le puedo dar un beso en la frente?”. Esa mezcla de rigor metodológico con calidez humana convirtió al EAAF en un orgullo nacional.

Si esta es la historia de la muerte, aún queda la de las vidas que fueron robadas. Otro de los grandes mecanismos inhumanos de la dictadura fue la sustracción sistemática de bebés. Los represores — con la convicción propia de quien cree estar más allá de la justicia y sostenidos por un escalofriante aparato administrativo — luego de asesinar a los padres se quedaban con los recién nacidos para criarlos bajo las “buenas costumbres” de las familias alineadas al régimen.

Aunque en los años ochenta ya existían estudios que permitían establecer vínculos directos entre padres e hijos, la posibilidad de reconstruir ese lazo saltando una generación parecía fuera del alcance técnico. La intuición de echar mano a la genética fue de Chicha Mariani, una de las fundadoras de Abuelas de Plaza de Mayo. En 1979 había leído en el diario el caso de un hombre sometido a un análisis de sangre en el marco de una disputa de paternidad. Si ese método permitía confirmar un vínculo entre padre e hijo, quizá podría adaptarse para comparar abuelas y nietos, incluso en ausencia de la generación intermedia, un problema que ni siquiera figuraba en los manuales de biología poblacional de la época.

En busca de los nietos

Estas mujeres no descansaron hasta golpear la puerta del laboratorio de la genetista Mary-Claire King en la Universidad de California, que tomó el reclamo argentino como punto de partida para desarrollar nuevas herramientas dentro de la genética evolutiva. Su solución fue el uso pionero del ADN mitocondrial, un material genético que se hereda exclusivamente por la línea materna, sorteando de este modo la ausencia forzada de los padres desaparecidos.

Así quedó formulado el Índice de Abuelidad, un concepto que por matemático no esconde el poder de la ternura en la búsqueda de la verdad, que culminó en 1987 con la creación por ley del Banco Nacional de Datos Genéticos, el primer archivo de este tipo a nivel mundial.

Con el tiempo, el análisis forense del terrorismo de Estado dejó en claro que todo régimen totalitario es, en última instancia, un monstruo burocrático que deja marcas por todos lados. Sin importar cuántos archivos mandó a quemar el último presidente de facto Reynaldo Bignone, los esfuerzos por borrar delitos demostraron ser insuficientes. El trabajo del EAAF debió adaptarse también a la lectura de rastros puramente administrativos, rescatados de húmedas cajas de cartón en sótanos de comisarías, y al análisis de fichas dactiloscópicas en libros de ingresos de las morgues bonaerenses. El antropólogo Carlos “Maco” Somigliana fue uno de los pioneros en atar estos cabos burocráticos, logrando cruzar expedientes judiciales y libros de cementerio con los hallazgos óseos.

La tecnología a favor de la memoria

Hoy, la búsqueda ya no depende únicamente del pincel y el cucharín: los peritos del EAAF cruzan información mediante tecnología LiDAR, mapeos milimétricos con drones y radares de penetración terrestre que detectan anomalías en el subsuelo sin hundir una sola pala. Como detalla el volumen colectivo Ciencia por la verdad, la arqueología tradicional terminó abrazando la arquitectura forense de vanguardia.

Quizá el motivo por el cual el EAAF genera tanta admiración alrededor del mundo es que la historia de la última dictadura derivó en que Argentina no solo fuera ejemplo en la lucha por los derechos humanos sino también en el modo en que la ciencia y la tecnología pueden ser fundamentales para el esclarecimiento de atrocidades en contraste con relatos oficiales.

El andamiaje procedimental que se logró sobre el trauma argentino, por ejemplo, sirvió para refutar la endeble “verdad histórica” armada por el Estado mexicano en torno a los estudiantes de Ayotzinapa. El mismo equipo fundador del EAAF llevó su metodología a las fosas comunes del Kurdistán, a los cementerios de Etiopía, a las exhumaciones del apartheid sudafricano y a la identificación de migrantes muertos en la frontera entre México y Estados Unidos.

Pero el trabajo aún no termina: en el reciente e impresionante hallazgo en el ex centro clandestino La Perla, en Córdoba, el EAAF lideró la búsqueda en terreno que logró identificar a 12 víctimas. Como expresó Elena, hija de Ramiro Sergio Bustillo: “Ya no somos hijos de desaparecidos”. Esta obstinación de las familias y organizaciones de derechos humanos argentinas derivó en un robusto protocolo de investigación ahora disponible para el resto de la humanidad.

Los huesos no mienten

Ahora que todo parece falso y la verdad no es más que plastilina moldeable en virtud de cuán elocuente suena un post en redes sociales, el negacionismo asoma la cabeza con renovado ímpetu. Cuando se discuten testimonios orales, la búsqueda de la verdad depende de elementos demasiado frágiles, que — por más valientes y fundamentales que sean — quedan expuestos a la crueldad de ser desestimados como meras construcciones partidarias. La memoria humana no puede escapar a la acusación de subjetividad ni al embate propio del paso del tiempo, que muchas veces logra erosionarla.
Tanta astucia al servicio de la ciencia, la verdad y la justicia no sería necesaria si tan solo dijeran dónde están.

Pero, como decía Snow, los huesos no mienten. Un marcador genético no milita en ningún partido. Una fractura por compresión en una vértebra cervical no asiste a actos de campaña. La frialdad propia de la ciencia forense arrima la discusión al terreno de la evidencia, mucho más difícil de enfrentar con mero contorsionismo argumental.

A medio siglo del inicio de la dictadura, Argentina no solo logró la proeza jurídica de haber sentado a sus dictadores en el banquillo de los acusados, sino que también le regaló al mundo el diseño de una metodología necesaria y replicable, capaz de asegurar que ningún gobierno, por mucho que lo intente, vuelva a tener el monopolio de la historia y la identidad, incluso en un país de locos.


27 marzo 2026

Murió Lila Pastoriza, la sobreviviente que brindó testimonio en los tiempos difíciles

La militante y periodista, sobreviviente de la ESMA y luchadora por Memoria, Verdad y Justicia falleció este miércoles. Fue fundadora de la Agencia ANCLA junto a Rodolfo Walsh.

25/03/2026

Foto: Leo Vaca / Infojus

Por: Leonardo Castillo - TIEMPO ARGENTINO

Militante, periodista, sobreviviente de la ESMA y testigo en varios juicios de lesa humanidad, Lilia Pastoriza falleció este miércoles. Detras suyo deja una destacada tarea en la defensa de los Espacios y Sitios que atesoran la memoria del terrorismo de Estado y la represión ilegal perpetrada durante la última dictadura militar. Sus restos serán velados este jueves de 10 a 13 en Acevedo 1120 y serán inhumados a las 13.30 en el Cementerio de la Chacarita.

Su deceso se produce justamente en el Día del Trabajador de Prensa, instituido en conmemoración de la figura del escritor, periodista y revolucionario Rodolfo Walsh, con quien Lila compartió la fundación y labores de la Agencia de Noticias Clandestinas (ANCLA), un medio que difundía informaciones sobre las violaciones a los derechos humanos que se cometían en los primeros años del régimen militar.
Pastoriza nació en Mar del Plata, pero en los primeros años de su infancia se trasladó a la localidad Río Cuarto, Córdoba, donde completó su educación primaria y secundaria.

En los primeros años de su juventud se trasladó a Buenos Aires para estudiar la carrera de derecho. En la UBA inició su militancia en centros de estudiantes y agrupaciones de izquierda que respaldaban a la Revolución Cubana en los años ’60. También siguió estudios en la carrera de Sociología y se sumó a la Federación Juvenil Comunista y más adelante adhirió al grupo maoísta de Vanguardia Comunista.
En medio de la efervescencia política que se vivía en un país y una región que consideraba que la Revolución Social era un ideal que podía alcanzarse para poder cambiar la vida y el mundo, Lila se relacionó con un grupo que entre 1966 y 1967 se organizó para darle respaldo desde Argentina al foco guerrillero que Ernesto “Che” Guevara intentó plasmar en Bolivia con la intención de extender la revolución al resto de la región.

Por esos años, años se casó con Eduardo Jozami, también periodista, abogado y militante político de la izquierda y luego del peronismo. 

                                                 
Tras la captura y muerte del Che en Bolivia, ese grupo fundaría las FAR, que luego de 1973 se fusionaría con Montoneros, organización en la cual Lila Pastoriza se destacó como un cuadro importante.

Por esos años se vinculó con el periodismo al trabajar junto con Enrique “Jarito” Walker. Mientras tanto, prosiguió con su militancia en Montoneros y tras el Golpe de Estado del 24 de marzo de 1976, se integró al grupo que fundó ANCLA junto con Walsh.

Junto con otros periodistas y militantes escribían cables informativos que distribuían en distintas redacciones con noticias e informaciones que los medios de comunicación tradicionales se negaban a difundir, en medio de la férrea censura oficial.

Walsh fue muerto al resistir su captura por parte de un Grupo de Tareas de La Armada, que intentaba secuestrarlo en el barrio de Constitución. Sus restos nunca aparecieron y se cree que terminaron incinerados en los fondos de la ESMA.

El hecho se produjo el 25 de marzo de 1977, poco después de cumplirse el primer aniversario del golpe genocida y cuando el autor de “Operación Masacre” acababa de escribir su célebre misiva “Carta Abierta a la Junta Militar”.

Tras la caída de Walsh, el grupo que formaba ANCLA se reorganizó. Carlos Aznárez y Lucila Pagliani partieron al exilio para difundir la información sobre la dictadura desde el exterior. Pastoriza siguió en el país para organizar una red infirmativa.  

Casi tres meses después, en un creciente contexto de represión, Lila cayó secuestrada el 15 de junio de 1977 y conducida a la ESMA. Jozami, su compañero se encontraba preso desde 1975. 

No obstante, ANCLA siguió funcionando hasta septiembre de 1977, Horacio Verbitsky y Luis Guagnini mantuvieron el funcionamiento de esta agencia clandestina que desafió al terrorismo de Estado.
Padeció la tortura y múltiples abusos por parte de los represores de La Armada. En ese centro clandestino de detención ilegal, los represores la emplearon como mano de obra esclava para confeccionar un archivo periodístico que sirviera a las tareas de consolidación del proyecto político del genocida almirante Emilio Eduardo Massera.

En octubre de 1978, Lila resultó liberada de la ESMA y se exilió en Madrid junto con Pilar Calveiro. En ese país de Europa brindó un informe sobre su cautiverio en la ESMA ante el Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados. Años más tarde, se trasladó a México, donde retomó el oficio de periodista. En la nación azteca se reencontró con Jozami, quien recuperó la libertad en 1982 a condición de partir al destierro. El catedrático se convirtió así en uno de los últimos exilados por la dictadura genocida.

Como muchos militantes que debieron dejar Argentina en los años de plomo, Lila retornó al país con la recuperación de la democracia. Primero lo hizo en 1984 para dar su testimonio ante la Conadep y en abril de 1985 volvió al país junto con Jozami.

Declaró en el Juicio a las Juntas y narró sus vivencias en la ESMA, al tiempo que retomaba su oficio periodístico en el semanario El Periodista de Buenos Aires, una publicación de la Editorial La Urraca, que editaba la mítica revista Humor.

También trabajó durante muchos años en el diario Página/12 y en publicaciones digitales como “El Haroldo”, que dependía del Centro Cultural Haroldo Conti.

Tras la anulación de las leyes de impunidad, Lila declaró en varios juicios de lesa humanidad, sobre todo los relacionados con la causa megacausa ESMA. Su testimonio permitió reconstruir la mecánica de los vuelos de la muerte, identificar a los represores y probar el funcionamiento de una maternidad clandestina en los sótanos de la ESMA.

Así lo hizo en el juicio por la apropiación de Victoria Donda. Su declaración posibilitó identificar al represor Adolfo Donda Tigel, el apropiador de la exdiputada nacional, nacida en la ESMA cuando su madre, María Hilda Pérez, estaba detenida en ese centro clandestino de detención ilegal.
Una declaración de Pastoriza en un juicio permitió conocer que Pablo Míguez, un niño de 14 años estuvo en la ESMA y fue víctima de “los traslados”, el eufemismo que utilizaban los marinos para designar a los vuelos de la muerte. Se cree que Pablo terminó arrojado al Río de La Plata. Su cuerpo nunca pudo ser recuperado y continúa desaparecido.

Lila también se abocó al proyecto de Parque de la Memoria, ubicado frente al Río de La Plata y participó del colectivo Memoria Abierta. También fue parte fundamental de la construcción del Espacio Memoria ex ESMA luego de la recuperación del predio del barrio de Núñez por parte de Néstor Kirchner y el entonces jefe de gobierno porteño Aníbal Ibarra.

“Semejantes crímenes no pueden quedar sin castigo penal”, señaló en una oportunidad al declarar ante el Tribunal Oral Federal Nº 5 que seguía un proceso oral por la megacausa ESMA. 
Lila partió en la fecha que honra a los trabajadores de Prensa y en algún lugar de la memoria se reencontrará con Eduardo, su compañero de vida que partió en septiembre de 2024.