Por Gustavo Campana
17 de agosto de 2026
Cruce de los andes Imagen Web
Lunes 19 de febrero de 1826. La guerra con Brasil necesitaba un presidente. Las Provincias Unidas del Río de la Plata cubrieron la formalidad de un hombre con bastón de mando y banda presidencial para aparentar que ese país en formación tenía conducción unificada. En aquel verano porteño hacía solo 11 días que Buenos Aires había convertido a Rivadavia en el primer dueño del sillón.
La futura república estaba fragmentada en mil pedazos y el camino que recorrió Don Bernardino no fue precisamente el de la unidad con el país profundo. Su tiempo político estuvo marcado a fuego por el centralismo unitario que exigía la aristocracia porteña.
Una década después de la declaración de la Independencia, en la ciudad dueña del puerto, el “poder real” ya no soñaba con palabras como patria o soberanía. El inventor de la deuda externa prometía el primer mundo con las libras del empréstito de la Baring Brothers y apuntaba a convertir este punto del planeta en una colonia extraoficial de Londres.
Aquel 19 de febrero de 1826 la ciudad no advirtió que habían regresado los últimos hombres que pelearon más de una década, primero a las órdenes de San Martín y finalmente con Bolívar. Hacía dos años que el general correntino había partido hacia su exilio europeo.
El ejército sanmartiniano al que se le debía todo había sido abandonado a su suerte por la europeizada Buenos Aires: una ciudad que nació con aristocracia desclasada, con hombres y mujeres que se sentían exiliados en su propia tierra. Como diría Scalabrini, “vivían de prestado. Hablaban en castellano, pensaban en inglés, gustaban en francés, amaban en ruso y se apasionaban en italiano”.
Sin recursos, cansados de tanto andar, repletos de cicatrices pero cargados de gloria, aquellos uniformes azules con vivos rojos y correaje blanco pelearon hasta Ayacucho. Los viejos fueron fundamentales en las últimas dos fechas del campeonato. Primero en Junín, liderados por Mariano Necochea, y en Pampa de Quinua el 9 de diciembre de 1824 —el día que el paraguayo José Félix Bogado fue ascendido a Coronel Mayor—, fueron las figuras de la cancha.
Volvieron sin conducción política, porque en el camino habían perdido mucho más que a un general. Estuvieron cerca de uno de los más grandes estrategas en el campo de batalla, aprendieron todo del que derrotó al enemigo en la “guerra de zapa”, del político que a la distancia fue clave en julio de 1816 y del militar que fundó en El Plumerillo la primera fábrica metalúrgica del país para hacer las armas de la liberación. Recibieron órdenes del hermano de los indios, del que liberaba esclavos, del que por primera vez en la historia del ejército convirtió a un negro en oficial y del que escribió en el Código del Ejército de los Andes: “Come primero la tropa”.
Cuando retornaron, el sueño de la Patria Grande empezaba a quedarse huérfano en suelo argento.
Después de un mes de marcha desde Mendoza, el 19 de febrero de 1826 llegaron a la Plaza de Mayo en 23 carretas los restos del Regimiento de Granaderos a Caballo. A fines de junio de 1825 se embarcaron en Perú, bajaron hasta Valparaíso y cruzaron la cordillera para llegar a suelo cuyano.
Volvía a su lugar de nacimiento lo que quedaba del gran Ejército de los Andes, conformado por cinco mil soldados, en el que casi no había blancos. Nuestros libertadores negros, mestizos, mulatos y originarios representaron a la mayoría de un pueblo con dolor esclavo y siglos de explotación indígena.
El único documento periodístico que prueba el regreso son algunas líneas en La Gaceta Mercantil: “Retornan al mando del coronel José Félix Bogado. A sus órdenes llegan 78 hombres, entre ellos había seis que hicieron toda la campaña, desde San Lorenzo hasta Ayacucho: Paulino Rojas, Francisco Olmos, Segundo Patricio Gómez, Damasio Rosales, Francisco Vargas y Miguel Chepoya”.
El dato también aparece en las memorias de Juan Manuel Berutti: “Ha llegado a esta Capital Don Félix de Bogado con 100 soldados del regimiento de granaderos a caballo a su mando; única gente que le ha quedado de mil hombres que tenía cuando salieron para la conquista de Chile y Lima. Todos han quedado muertos, prisioneros o heridos en los referidos reinos, que libertamos del dominio español”.
Nadie conocía en Buenos Aires a estos siete apellidos. Nadie creía tener ninguna deuda con aquellos soldados que ataron sus caballos en los palenques de la Plaza de Mayo ante la indiferencia unitaria.
Lo que quedaba del regimiento regresó a su antiguo cuartel del Retiro para depositar sus pocas pertenencias y desaparecer con austeridad sanmartiniana: 86 sables, 55 lanzas, 84 morriones y 102 monturas. Poco después el grupo fue disuelto, pasando algunos de sus jefes y oficiales a cuerpos de reciente creación o, paradójicamente, a integrar las escoltas de los grandes enemigos de la gesta sanmartiniana.
Atrás había quedado un proceso militar irrepetible, basado en una certeza geopolítica que no atendía alternativas: no habrá independencia americana del dominio español hasta la erradicación total del imperio que se posó sobre el continente durante casi 300 años.
La pequeña gran aldea recibió con una dosis de crueldad, que después repitió muchas veces, a los héroes anónimos del Regimiento de Granaderos, porque las diferencias entre el modelo de país y el proyecto de colonia son tan viejas como la patria.
En aquel 1826 mandaban los agentes de la dependencia, y San Martín, tan lejos, fue el fruto de negarse a un cínico deseo liberal. El libertador no dejó que su ejército se abrazara a la teoría del enemigo interno; impidió que se incorporara al primer capítulo de la “Doctrina de la Seguridad Nacional” para terminar con los caudillos federales.
El paraguayo José Félix Bogado, nombrado por San Martín “trompa de órdenes” después de San Lorenzo, condujo el regreso de los veteranos granaderos a Buenos Aires con el grado de coronel que le dio Bolívar. Lo secundaban el capitán Francisco Olmos, el sargento mayor Paulino Rojas y los sargentos Miguel Chepoya, Damasio Rosales, Francisco Vargas y Patricio Gómez.
Por estos siete sobrevivientes que militaron con su vida el sueño de la libertad del continente, ese es el número de granaderos que custodia los restos de San Martín en la Catedral, desde que el cuerpo del padre de la patria regresó a Buenos Aires, 30 años después de su muerte.
Por favor, que Don José no se entere de que los herederos de sus hombres le regalaron para su cumple un morrión al presidente más cipayo de la historia democrática argentina y que tocaron canciones de ABBA para homenajear a Karina. Y mucho menos que sepa que los libertarios torcieron el destino de su sable, el que le regaló a Rosas por su decisión de combatir a la flota anglo-holandesa en el Paraná privatizado para los Neuss.


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