22 marzo 2026

Una sobreviviente de La Noche de los Lápices habla sobre cómo volver a generar una juventud militante de los Derechos Humanos

 Emilce Moler: “Habrá que volver a explicar todo, pero no con las mismas palabras”

En una extensa charla con Buenos Aires/12 sostiene que las consignas se desgastan, que los propios jóvenes deben entablar una conexión renovada y que la agenda de los Derechos Humanos debe pasar de la resistencia a la vanguardia

Por Andres Miquel - 19 de marzo de 2026 - Página12

Emilce Moler sostiene que "hay una crisis de palabras en el campo de los Derechos Humanos" 
(Archivo-)

Conversar sobre Derechos Humanos con Javier Milei y Victoria Villarruel a la cabeza del gobierno nacional tiene el desafío de construir una nueva agenda en la materia que despierte empatía y apropiación por parte de las nuevas generaciones. Así lo ve Emilce Moler, sobreviviente de la Noche de los Lápices. Hoy, a pocos días de cumplirse 50 años del golpe cívico-militar de 1976, sostiene que “habrá que volver a explicar todo, pero no con las mismas palabras”.

No lo dice con enojo, lo explica como estrategia y una mirada hacia el futuro, porque la agenda de derechos humanos, subraya, se convirtió en un eje de resistencia y no de vanguardia. En una extensa charla con Buenos Aires/12, Moler advierte que “hay una crisis de palabras y significados en el campo de los derechos humanos”, lo que amerita, dice, el surgimiento de nuevas generaciones que hablen con el lenguaje actual. Es decir, que entre pares se desarrollen los mecanismos de diálogo bajo los actuales patrones de convivencia entre jóvenes.

“Las nuevas generaciones son otras, con otra escucha, con otra comprensión de los hechos. No podemos explicarles hablando 45 minutos de la dictadura porque no te escuchan, no te entiende lon las palabras. Muchas veces no comprenden palabras como negacionismo o crímenes de lesa humanidad”, relata desde su experiencia.

Como docente jubilada, asegura que las pretensiones no pueden estar en que el Nunca Más, el pañuelo de Madres y Abuelas, junto con distintos símbolos que son parte de la vida militante de los Derechos Humanos, tengan la misma connotación profunda en los chicos y chicas de hoy. “Nosotros también fuimos irreverentes con algún signo y, sin embargo, pudimos aprender y ser sensibles, entonces tenemos que volver a reconstruir eso, pero no alcanza con repetir como un karma los símbolos”, señala.

Su mirada no convive con ningún descarte. En más de una ocasión aclara que tejer este nuevo mensaje no implica ocultar ni dejar de lado aristas estructurales de la militancia por los DDHH. No se trata, afirma, de dejar de señalizar calles, colocar baldosas, enjuiciar a los genocidas o construir nuevos sitios de memoria donde funcionó un centro de clandestino de detención y tortura. “Eso está y tiene que estar, pero ¿cuál es la agenda que les proponés a los pibes para que vengar a militar los DDHH?”, pregunta Moler.

“Hoy estamos a la defensiva y hay que volver a estar a la vanguardia”, remarca en más de una ocasión.

Salir de la perplejidad

La historia de Emilce Moler cambió radicalmente la madrugada del 16 de septiembre de 1976. A sus 17 años, fue secuestrada de casa en La Plata por integrar la Unión de Estudiantes Secundarios, por militar, por ser joven y pensar un proyecto político que no contemplaba la aniquilación del que piensa distinto. Junto a ella, al menos, otros diez tuvieron el mismo destino. De todos ellos, solo cuatro sobrevivieron a la que se conoce como La Noche de los Lápices.

Años atrás, decidió dejar asentada su historia en un libro. Escribió La Larga Noche de los Lápices, donde volcó recuerdos, dolor, enojos, angustias y vestigios de esperanza. Esa esperanza, sostiene, florece en cada movilización del 24 de marzo, en cada encuentro con jóvenes, en cada comentario sobre su relato escrito, “como el caso de una chica en una biblioteca de Catamarca que me escribió diciéndome que estaba leyendo mi libro, cosas increíbles”.

Moler señala que los pañuelos siguen vigentes en ventanas y balcones. Y, también, pone en valor “las nuevas luchas”. Entre ellas, el feminismo. “Yo no vi venir la ola verde, fue maravillosas y sucedió en democracia, con familias divididas, partidos político divididos, chicas con el pañuelo verde en escuelas católicas, y bueno, creo que se viene algo así, algo que nos va a sorprender”, repasa.

Moler sostiene que nada debe descartarse, pero sí encontrar un puente generacional para volver a generar empatía en la juventud (Archivo -)

De todas maneras, remarca que es un camino que debe gestarse y planificarse. “Nosotros construimos frases, palabras, símbolos e íconos que fueron un emblema que permitieron reconocernos, avanzar, unirnos y generar un entramado social que posibilitó que cuando uno dice Nunca Más quiere decir que nunca más hay que dirimir los conflictos con violencia”, detalla.

—¿Qué sucede hoy cuándo pregunta por el Nunca Más a un pibe?

—Te pueden decir que es consigna de DDHH o, a lo sumo, una consigna kirchnerista, pero no con la contundencia que se hablaba en otros años. Pasa que los símbolos y las consignas se desgastan, hay que recrearlas y alimentarlas.

Desde su mirada, la democracia que logró consolidarse en más de 40 años ininterrumpidos, “está en un punto crítico”. Alerta que está débil y carece de densidad, porque Javier Milei gobierna a base de decretos, con autoritarismo, pregona y gesta la pérdida de derechos, con un agravante que, considera, es peligroso: “Fue en democracia y lo votaron”.

Este escenario, apunta Moler, dejó a los militantes quedaron “perplejos, atónitos y paralizados”. “Es lo peor que le puede pasar a un militante y no se puede salir de ahí, porque cuando se cree que el gobierno ya hizo todo, hay un paso más”, explica.

Una historia de “demonización”

Moler subraya que no puede caer en el enojo con un chico de 15 años que cuestiona el número de 30 mil desaparecidos o que relativiza su historia. Una historia que tiene casi dos años de cárceles, con torturas en el Pozo de Arana, y que la llevó a mudarse de La Plata a Mar del Plata, ciudad donde reconstruyó su vida y arribó a la docencia universitaria.

“Cuando un joven cuestiona hay que habilitar la palabra, el diálogo y, obviamente, exigir que escuche, pero tenemos que dar ese diálogo porque podemos darlo con certeza”, asegura. Repite que hay que salir de la angustia y la perplejidad, aun cuando esa tarea amerite que “haya que volver a explicar todo”.

Recuerda que, en gran medida, la posibilidad que tienen Milei y Villarruel de desprestigiar, agredir, desfinanciar y combatir las políticas de Derechos Humanos, nace en una campaña de “demonización”. Cita la frase de Mauricio Macri cuando aseguró que los Derechos Humanos son un “curro” y lamenta hoy en día ni siquiera tenga valor la verdad. Lo asocia directamente a cómo los militares practicaron el mismo método con los militantes políticos que derivó, incluso, en el acompañamiento o complicidad de la sociedad civil.

Pero cree en un posible “salto de la historia”. Pone como ejemplo cuando se cumplieron 20 años del golpe, en una época que surge la agrupación HIJOS. Desde entonces, las movilizaciones del 24 de marzo se volvieron masivas e incorporaron nuevas generaciones a la militancia. “Eran hijos que les decían a sus compañeros de secundario o de fútbol que su viejo estaba desaparecido, y ahí hicieron simbiosis”, apunta.

Moler propone llevar el trabajo con los jóvenes al territorio, a caminar por el barrio, a buscar referencias locales, a que vean una placa de un desaparecido y alguien les cuente la historia de manera que se apropien. “No tiene que ser una historia de letras muertas, porque si no, los chicos se pueden sensibilizar, pero no hacen el link con el presente, hay respeto, pero no apropiación”, explica.

Toma como ejemplo el programa Jóvenes y Memoria y el caso del cementerio de General Lavalle. Allí, donde se encontraron los restos de Azucena Villaflor, entre varias decenas, los alumnos de una escuela secundaria hurgaron en la historia de su pueblo e impulsaron el que hoy es un Sitio de la Memoria reconocido y visitado.

Pide que, bajo este camino, vuelva la empatía con el de al lado. “¿Desde cuándo un pobre piensa que está como está por culpa de otro pobre y no por los poderosos?”, pregunta Moler. Une su inquietud a que hoy se rompió “la mátrix de lo consensuado”. Por eso, señala, la reconstrucción debe ir de la mano del idioma actual y no de la imposición de conceptos que, quizás, ya no despiertan empatía.





No hay comentarios:

Publicar un comentario