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El jueves se conoció la noticia acerca del exconvencional chileno Rodrigo Rojas Vade que fue encontrado tirado en una ruta de la Región Metropolitana de su país. Estaba inconsciente, gravemente herido, desangrándose por un corte en la cabeza, las manos atadas y el cuerpo rociado con nafta. En el brazo izquierdo, uno de sus agresores escribió con un marcador: “viva Kast”. En el derecho aparecía escrito “no + zurdos”. A la hora de escribirse estas líneas, Rojas Vade se encontraba en coma inducido con riesgo de muerte.
Rojas Vade ya no participaba en política, desde que se había descubierto que había mentido con respecto a un supuesto cáncer. Su militancia, nacida en el fragor de las protestas chilenas de los últimos años, se basaba en críticas al sistema de salud poniéndose como una de las víctimas. Resultó un fiasco: no estaba enfermo de cáncer y se había quedado con fondos recaudados para su tratamiento. Su figura se eclipsó tan rápido como había surgido. Sin embargo, las consignas políticas pintadas en su cuerpo y el hecho de que lo hubiesen atacado a las pocas horas de la asunción presidencial de José Antonio Kast, no dejan dudas sobre que se trata de una agresión con “mensaje”: intimidar a los militantes de izquierda, mostrarles el odio que sienten por los que piensan distinto utilizando un ensañamiento físico demencial.
En estos días también se conocieron los resultados del relevamiento que realiza en la Argentina el Observatorio Nacional de Crímenes de Odio LGBT. El estudio tiene como finalidad registrar los ataques que sufre la comunidad de lesbianas, gays, bisexuales y trans (travestis, transexuales y transgéneros). Agresiones que terminan con asesinatos o heridas gravísimas en las víctimas y de las que, en muchos casos, los agresores salen impunes.
Durante el año pasado en Argentina se cometieron 227 crímenes de odio (en este caso el término “crimen” refiere tanto a asesinatos como a agresiones graves), un aumento alarmante si se consideran los casos de los años anteriores: 120 en 2021, 129 en 2022, 133 en 2023 y 140 en 2024. La cifra casi se duplicó en cuatro años.
No es gratuito alimentar discursos de odio, ni en Chile, ni en Argentina, ni en ninguna parte. Las palabras generan secuelas. El odio apuntado hacia un sector social o político habilita la violencia hacia cualquiera que no piense o no viva como el odiador pretende. Y cuanto más poderosa es la persona que lo expresa, más grave son las consecuencias. Si el Milei panelista insultaba y agredía en un programa de televisión, su acción tenía un límite claro, incluso algunas veces ese límite lo ponía el conductor televisivo (como hizo Marcela Tinayre cuando lo echó de su programa mientras salía en vivo). Pero desde el momento en el que Milei se convirtió en diputado, y mucho más desde que es presidente, sus palabras se convirtieron en un claro mensaje político de odio, cuyas consecuencias todavía no han sido lo suficientemente evaluadas. Sus palabras, pero sobre todo sus actos.
Como nunca en democracia, las fuerzas de seguridad están en función de reprimir cualquier manifestación contraria al gobierno. El gobierno aprovecha cada reclamo de los jubilados o de sectores vulnerables para sacar a relucir su fascismo larvado. Ganan el centro de la escena a fuerza de golpes y detenciones. Tienen claro que el odio no es “piantavotos” sino todo lo contrario: un sector de la sociedad compró (o ya tenía, mejor dicho) el discurso odiante del gobierno, lo alimenta, lo cuida, lo hace crecer. Aman el odio con un fervor despreciable.
Desarmar el Inadi, acabar con las políticas públicas de género, la falta de cumplimiento del cupo laboral travesti-trans en el Estado, son medidas coherentes con el discurso que promueven los libertarios. Si el Estado no se hace cargo de desarmar prejuicios y, en cambio, los asume como propios, el crecimiento de la violencia sobre los sectores más vulnerables es la consecuencia natural.
Cuando Ramiro Marra, patrulla perdida y humillada de los libertarios, insulta en redes sociales a una mujer musulmana, no hace más que incentivar a que otros hagan lo mismo. El gobierno, tan rápido para copiar cualquier cosa que llegue de Estados Unidos, también lo imita persiguiendo a inmigrantes de países vecinos. El gobierno nacional libertario y también su segunda marca, el PRO que gobierna la Ciudad de Buenos Aires.
En pleno furor de persecución por parte del ICE en Estados Unidos, la Dirección Nacional de Migraciones y la Policía Federal lanzaron un operativo para detener a inmigrantes bolivianos en Liniers. Por su parte, el Gobierno de la Ciudad anunció que a partir de este año en los hospitales públicos tendrán prioridad los residentes de la Ciudad, como si no hubiera una continuidad (laboral, cultural, económica) con el Conurbano. Los trabajadores extranjeros que no cuenten con papeles de residencia (algo que no les es fácil de conseguir especialmente a bolivianos, chilenos o peruanos) la tienen peor: deberán pagar los tratamientos médicos. “La Ciudad no va a ser más la prepaga gratuita de ningún extranjero”, expreso con orgullo Jorge Macri. O sea, los extranjeros pueden trabajar hasta deslomarse en negro, pero mejor que no se enfermen.
Mientras el presidente argentino hace de sus discursos una cloaca maloliente de prejuicios y agresiones, otro presidente pone un poco de cordura desde la política. Se trata de Pedro Sánchez, el primer mandatario español, que participó del Foro contra el odio que se desarrolló en Madrid el 11 de marzo, casualmente el mismo día que asumía Katz en Chile. En su discurso dijo: “¿A cuántas personas han odiado en su vida? ¿A una, a dos, a ninguna? Odiar a una persona no es tan fácil. Alguien, evidentemente, puede no gustarnos. Podemos discrepar, incluso sentir rechazo. Odiar es otra cosa. Para odiar antes hay que dar un paso más concreto y es dejar de ver al otro como un ser humano. Y ese proceso lo conocemos bien porque el punto de partida son los estereotipos. Etiquetas que reducen a las personas a clichés: un inmigrante presentado como delincuente, una mujer libre como una amenaza, la persona trans reducida a una burla. (…) El odio se cultiva y se promueve, se fabrica. Es como un virus en un laboratorio con el que se experimenta. Se propaga de manera fría y calculada con estrategias que sirven a determinados intereses. Porque el odio se ha convertido en un arma política, un arma que no solo sirve para atacar o acosar, sino sobre todo para acallar voces”.
No se trata, inocentemente, de contraponer el odio al amor. La discusión política no es –no debería ser- una mala telenovela. El desafío es desarmar el discurso libertario desde una propuesta política superadora, que incluya hacerse cargo de nuestro enojo y nuestras ganas de que algún día paguen los que permitieron que Milei y los suyos hayan destrozado la Argentina.


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