04 julio 2026

El Miguel Angel de los hiloramas

 

Por Roberto Caballero

25 de junio de 2026 - Página 12



Mi padre ha muerto. Me da pudor escribir sobre él, pero no tengo otro tema porque mi padre ha muerto y el reloj de mi vida está parado desde entonces, en el día y la hora en que dejó de respirar.

Estoy entumecido. No sé qué hacer con su herencia. Del gameto original hasta los rasgos atávicos, en un Sotheby’s imaginario, nadie podría pagar por sus cartas de navegación más fortunas de las que yo estoy dispuesto. Me llamó Roberto (por Perfumo) y me hizo de San Lorenzo, para toda la vida.

Mi padre ha muerto y con él partió el capitán de mi navío temprano, el de los primeros años, con su cartografía de joven intrépido, que miraba el horizonte por su catalejo y decidía el rumbo, manteniendo a flote mi mundo aquel. El mío, pero sobre todo el suyo, donde yo habitaba medio de prestado, hasta que me fui de su casa a hacer mi vida.

Un capitán raro al que no le gustaba la playa. Ni que el viento con su arena le castigara las pantorrillas blancas, mientras recogía maderos de naufragio para llevar a su improvisado taller: el departamento donde se refugiaba del sol estival para fabricar sus artesanías.

Pasaba horas creando figuras tipo mandala sobre tablas de madera, con clavos e hilos de coser de diferentes colores. Muchos años después supe que su técnica se llamaba string art o hilorama. Entonces me parecían lindos. Se llamaba Miguel Angel, mi padre, pero no esculpía la piedra: era el señor de los hiloramas. Una vez me sorprendió con un barco hecho a mano. Flotaba.

El primer libro que leí completo me lo dio él. Era un ejemplar de Colmillo Blanco, de Jack London. Regalo de una maestra por sus buenas notas, un año en el que no pudo ir a la escuela con normalidad por una enfermedad, creo que un eccema, que transitó en cama y leyendo el diccionario.
No sé qué enfermedad era, ni dónde está hoy el libro de London, pero sí sé que mi fiebre por la lectura se la debo a mi padre y se me declaró en el Yukón nevado, allí en la frontera con Alaska, arrojando tizones encendidos junto a Jack Conroy para no ser la comida de una manada de lobos hambrientos.
Desde pequeño tuvo asma. Menor de tres hermanos varones de una familia trabajadora que vivía en Puente Alsina, la bruma pestilente del Riachuelo era el aliento de la muerte que bajaba cada noche a visitarlo con ataques implacables.

No sé quién, si mi abuelo o mi abuela, escribió una carta desesperada a la Fundación Eva Perón contando la situación. La respuesta: podían trasladarse de inmediato a un departamento de tres ambientes de unos edificios a estrenar en Villa Celina, construidos por el Banco Hipotecario Nacional a todo trapo, a pagar mediante un crédito que saldarían en 25 años. Un Súper RIGI para que los humildes tuvieran casa, como la gente de bien: con bañera y bidet. Y una mesada de mármol en la cocina donde Chola, mi abuela, la madre de mi padre, volcaba el almíbar hirviente con una cuchara sopera para hacerme caramelos caseros.

Mientras miraba los funerales del Indio en Avellaneda, recordé una foto que lo muestra en brazos de Evita durante una visita a Paraná. El Míster era de la generación de mi padre, se llevaban un año de diferencia. La niñez de ambos perteneció a una época de la Argentina donde ser peronista era una obligación, que algunos se tomaban a mal y la mayoría gozaba como derecho.

Mi padre trabajó en Culpina, una fábrica de carrocerías de colectivos, antes de dedicarse a la carpintería.

Se compró las máquinas una por una, las mismas que tuvo que vender a precio de remate cuando Carlos Menem, Domingo Cavallo y el FMI abrieron las importaciones y le voltearon su pyme de amoblamientos de cocina.

La había llamado “M&M”, las iniciales de su nombres y el de mi madre. Un sueño matrimonial. Roto por una política pública, bastante impúdica, de cuando al peronismo todavía no le habían llegado los Kirchner.

Alguna vez se ve que mandó a hacer tarjetas, muchas tarjetas deben haber sido, porque cada tanto encuentro una, de cuando los teléfonos eran públicos o de línea y los números no comenzaban con un cuatro adelante.

La última máquina que vendió fue una escuadradora, que lloró mientras era cargada en un camión como quien llora por el fin de una aventura amorosa. Raro. Su amante filosa le había arrebatado tres dedos. Otros dos se los llevó una fresadora, también llamada tupí.

En adelante, vivió a los saltos. Cada vez más grandes. Fue remisero añoso y recién se pudo jubilar -porque tenía la edad, pero no completaba los aportes- con las moratorias de los últimos años del otro país, del de no hace mucho, en realidad, ese donde todavía había algún respeto para los viejos.

La última foto del sanatorio es una en la que mi padre mira a cámara haciendo la V, con sus dedos mochos. “Es media V, no vale”, le dije. Se rio.

Mi padre ha muerto, lo sé porque estaba helado cuando lo toqué por última vez. De un frío que se clava como un puñal en la carne. La temperatura bajo cero de un invierno salado que llueve debajo de mis sienes. Inconsolablemente.

Los lobos de la angustia me atacan cada noche con ferocidad. Abren grande sus mandíbulas para desagarrar mis tejidos con sus colmillos. Percibo su aliento de hambre, de lo cerca que están. Yo me defiendo arrojándole tizones encendidos y cada tanto le acierto a alguno.

Entonces su aullido dolorido me despierta. Abro los ojos y los árboles están muertos hasta la primavera.

Pero hay uno de ellos, lo sé, que no volverá a florecer.

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