JORGE
ABELARDO RAMOS, UNA VOZ CLARA Y POTENTE EN LA POLITICA LATINOAMERICANA
Para Manuel Pecci, con cariño y respeto
Por Mario
Casalla
BUENOS
AIRES (especial para Punto Uno) Fue en una casa de Flores al sur donde nació
este porteño de cuna, un 23 de enero de 1921. El mismo barrio donde también
nació Jorge Bergoglio. Argentino de alma y latinoamericano por decidida
convicción, ajustó primero cuentas con el Partido Comunista Argentino, en un
libro imperdible aún hoy: “Historia del estalinismo” en la Argentina (1969).
Luego se hizo trotskista pero enseguida se centró en los aportes de Trotski al
pensamiento latinoamericano y difundió su obra con avidez de estudioso y con
pasión militante. Su edición de “La revolución permanente y otros textos sobre
América Latina” (1962) representó un aporte invalorable para todos quienes se
iban acercando al pensamiento nacional. Años antes había escrito “América
Latina, un país” (1949) que él mismo considera como “la primera tentativa de
concebir en términos marxistas el destino histórico de la gran patria
dividida”. Polémico como siempre referirá después que “a causa de esa inocente
jactancia los diputados Visca y Decker secuestraron dicha obra en 1949, como
Presidentes de la Comisión Bicameral del Congreso Nacional” que la había
editado agregando –como al pasar- “aunque la lectura no se contaba entre las
pasiones privadas de ambos legisladores”. En 1973 publica su “Marxismo para
latinoamericanos” en cuya Advertencia Preliminar aclara “la idea rectora que ha
guiado al autor en los últimos treinta años: el marxismo en América Latina será
latinoamericano o no será”. ¿Acaso porque siempre tuvo conciencia que eso no
sería nada fácil de cumplir, entre las citas con que inicia su “Historia del
Stalinismo en la Argentina”, puso una triste premonición del mismísimo Marx:
“He sembrado dragones y cosechado pulgas”? Pero en ese año de 1973 –en que
Perón regresa definitivamente al país y la fórmula Cámpora-Solano Lima derrota
en las urnas al Proceso Militar- fue cuando Abelardo Ramos terminó de consumar
su ingreso al peronismo y su Frente de Izquierda Nacional (el FIP, heredero del
histórico PSIN) formó parte de Frente Justicialista de Liberación Nacional
(FREJULI) y así participó de su triunfo. “Vote a Perón por izquierda” fue su
perspicaz lema y la boleta del FIP –con el nombre de Perón bien grande- hizo la
mejor elección de toda su historia, aunque él bien sabía que esos votos no eran
todos propios. Muchos votos de la izquierda vinieron por ese lado (y algunos
perdió el mismo Ramos por hacerse peronista a su manera) y Perón, por su parte,
le sumó a la fórmula sectores que de otra manera no hubieran votado a su
Frente. Pero así ocurrió y fue sin lugar a dudas un acto de inteligencia
política de ambas partes. No ocurrió lo mismo cuando –transformado ahora el FIP
en Movimiento Patriótico de Liberación, MPL- decidió apoya la candidatura
presidencial de Carlos Menem en 1989 y luego integró su gobierno como embajador
de Argentina en México, anunciando más tarde que se afiliaría directamente al
Partido Justicialista. Lo cual impidió su muerte física pocos días antes de que
eso se concretara. Pero aquella veterana Izquierda Nacional se rompió, la
diáspora de sus principales referentes fue grande y ya nada volvió a ser como
era. Rehacer ese espacio aun vacante es una herencia que el chico de Flores, el
Colorado, dejó vacante.
UNA VIDA
DE LUCHA Y PELEAS CONSTANTES
En ese mes
de enero de 1921 en que nació Jorge Abelardo, Buenos Aires no sólo ardía por la
temperatura de un verano tórrido, sino también por el clima político, económico
y social que vivía el país. Hipólito Yrigoyen estaba terminando su primera
presidencia, pero ese gobierno –de indudable origen nacional, popular y
democrático- daba ya signos evidentes de agotamiento y de contradicciones. Al
jurar el cargo de Presidente había dicho, “No he venido a castigar ni a
perseguir, sino a reparar”, pero en el mes que nacía Ramos, el Coronel Varela
ya estaba haciendo de las suyas por la Patagonia (trágica) y diferentes huelgas
en el campo y en las principales ciudades del país eran demostrativas de que la
Semana (también trágica) de enero de 1919, no había quedado del todo atrás. Y
esa grieta, esas contradicciones dentro del propio campo nacional, se daban
también en el seno del hogar Ramos-Gurtmann. El papá (Nicolás), siguiendo la
línea de su propio padre, era de pensamiento anarquista; mientras que su mamá
(Rosa), simpatizaba con Yrigoyen. Cuentan que ésta -con su hermana Elisa- lo
habían visitado en la mítica casa de la calle Brasil para pedirle trabajo y que
lo consiguió; por eso tampoco es de extrañar que en 1930 –llevando de la mano
esta vez a su hijo Jorge Abelardo, de apenas 9 años- cruzara en lancha a la
isla Martín García y visitara al viejo Caudillo allí prisionero para
solidarizarse en la desgracia. En cambio, a los primeros mítines políticos lo
llevó su tío Abraham Gurtmann (hermano de Rosa) quien –como recordara luego uno
de sus discípulos, Julio Fernández Baraibar- se ufanaba de ser “el socio n°3 de
la Cooperativa El Hogar Obrero” y todos los 1° de mayo llevaba a Jorgito a los
actos del Partido Socialista. Pero seguramente fue del papá Nicolás (separado luego
de Rosa) de quien heredó el Colorado esa combinación de rebeldía y desparpajo
que lo hiciera inconfundible, tanto entre amigos como entre ocasionales
adversarios. Cuando uno repasa los muchos proyectos (intentados o realizados,
ciertos o atribuidos, a ese niño de Flores) cómo no pensar en aquél padre
anarquista que (a la manera de un personaje de Roberto Arlt) imaginaba poder
socavar el sistema capitalista distribuyendo dólares falsos en la calle
Florida; o que anunciaba una todavía inexistente máquina de hacer ravioles (con
cuyos numerosos pedidos luego no pudo cumplir); o que más tarde hiciera lo
propio con un nuevo procedimiento para recauchutar cubiertas de automóviles, en
sociedad con otro inventor de la época. Tengo para mí que sólo combinando –en debidas
dosis homeopáticas, claro- aquél histrionismo de papá Nicolás, con el amor y
lealtad a lo popular de mamá Rosa, más la militancia del tío Abraham y
agregándole, eso sí, varias cucharas soperas de inteligencia propia penetrante
e intuitiva, es posible (acaso) obtener ese producto inconfundible llamado,
Jorge Abelardo Ramos. Atravesó como un rayo siete décadas de la vida política
argentina del siglo XX y ya hace muchos años que se lo extraña (falleció el 2
de octubre de 1994) en estos últimos con más fuerza aún. Es que el Colorado fue
en esto un “vacunador” implacable: allí donde vio lo nacional –crecido o en
barbecho- inoculó entusiasmo y ordenó a su gente marchar en la misma dirección.
Por eso acertó y se equivocó tantas veces, pero siempre del mismo lado: lo
popular, lo nacional, lo antiimperialista, lo latinoamericano. A veces peleó de
más pero nunca peleó de menos, ni abandonó la lucha. A veces se alió mal o con
quien no debía hacerlo, pero estimo que nunca de mala fe ni por intereses
subalternos. Tuvo un implacable sentido del humor (me consta, lo he tratado
personalmente en varios nutridos almuerzos en el restaurante “El Globo”, donde
gustaba ir y uno de los comensales era nuestro querido senador nacional Armando
Caro, sentido que siempre lo protegió
del bronce, de las solemnidades, de las academias y de los falsos oropeles. Era
simpático, cautivante en la charla, implacable seductor y de respuestas tan
lucidas y repentinas como –recuerdan también propios y extraños- tan arbitrario
por momentos que provocaba odios o adhesiones viscerales. Es que respecto de
Jorge Abelardo Ramos uno no puede ser indiferente, ni neutral. Sucedía con el
Colorado -como con un exclusivo puñado de figuras políticas e intelectuales-
que las cosas terminaban en el clásico, “tómelo o déjelo”. No voy ahora a
hablar aquí de su vasta obra escrita pero permítaseme señalar que debemos a la
corriente denominada Izquierda Nacional (de la cual Jorge Abelardo Ramos fue
sin dudas uno de sus principales promotores) algunos puntos destacados dentro
del pensamiento latinoamericano contemporáneo: 1°) haber conectado
adecuadamente la cuestión nacional con la cuestión social, algo que los
nacionalismos latinoamericanos de cuño conservador no hacían; 2°) haber pensado
lo social en términos de lucha clases, pero también como pueblos en complejos
procesos de liberación nacional, algo que otros pensadores de izquierda no
valoraban todavía en su real dimensión política y cultural; 3°) haber
comprendido entonces –desde el marxismo y sus variantes ideológicas- a los
movimientos populares de liberación y a los partidos políticos latinoamericanos
de cuño popular (el peronismo, por caso, en la Argentina). Hoy por cierto estas
cuestiones están mucho más y mejor digeridas, pero en aquellos años Ramos era
un predicador (al estilo de Scalabrini Ortiz o de Arturo Jauretche) y un
polemista crítico, rebatido tanto por la derecha como por la izquierda del
espectro político argentino. Lo primero es comprensible, lo segundo fue
conceptualmente mucho más rico y vocinglero. Generó un debate al interior de
ese campo ideológico, como sólo un hombre de esa misma cepa podía hacerlo. El
agregado del adjetivo “nacional” al sustantivo izquierda, no fue una herejía
que se le admitiera (o admita ahora mismo) fácilmente. Tan provocador era que
–en uno de los tantos finteos preelectorales- despachó al ocasional emisario
con una sola y lapidaria frase: “estoy de acuerdo con la unidad de las
izquierdas, a condición de que nos excluyan”. Y con el peronismo –su gran
interlocutor político de toda la vida- el diálogo no le fue nunca del todo
fácil ni transparente. Acaso su momento de mayor gloria política fue aquélla
noche del 23 de septiembre de 1973 cuando el FIP (llevando a Perón en la boleta
presidencial de la Izquierda Nacional) sacó casi 900.000 votos, o sea el 12,5%
de los que obtuviera el FREJULI oficial. Y le pienso amigo lector, qué falta
haría hoy –en tiempos de los Milei- un polemista implacable como Jorge Abelardo
Ramos sentado en una banca en la Cámara de Diputados de la Nación, con Martín
Menem presidiendo una sesión. Seguramente sería para alquilar balcones!


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