15 febrero 2026
14 febrero 2026
LAS CONSECUENCIAS SOCIALES DE PEGARLE AL CAÍDO*
13 febrero 2026
MARTA EZCURRA
Fuente: Se acabó la merluza
Fuente: https://www.facebook.com/seacabolamerluza/
Esta charla ya no charlada, es una restitución. Es un homenaje a las víctimas, una mojada de oreja al sistema que quiere que siempre olvidemos. La hicimos en la radio, pero sentí que estaba incompleta. No teníamos ningún dato biográfico de su protagonista. La biografía de Marta Ezcurra ha sido, durante décadas, sutilmente ocultada, para que no sepamos qué fue de ella, para que no podamos imaginar qué cosa origina una mente tan perversa, para que no podamos preguntarle a los parientes, para mantenerla lejos del destino que sufrió la enemiga que eligió y creyó vencer, la querida compañera Eva Duarte de Perón. Pero, bueno: desde su cielo, Evita ilumina y hemos podido desenmascarar a esta verdadera hija de puta, la asistente social Marta Ezcurra. Cuando los romanos sojuzgaban un pueblo, realizaban la Damnatio Memorae, o Destrucción del Recuerdo. Borraban todo lo que recordaba el pasado de ese pueblo, junto a lo que llamaban Abolitío Nominis o abolición del nombre y Rescissio Actorum, que consistía en anular todo el conjunto legal de ese enemigo.
Cuando la Revolución Fusiladora usurpó el poder, el designado ministro de salud, Coronel Ernesto Alfredo Rottger, saqueó primero la casa de Ramón Carrillo, antecesor en el cargo. Carrillo tenía cuadros y libros muy queridos.
Rottger pone al frente de la Fundación Eva Perón a un personaje infame: la asistente social Marta Ezcurra, con el cargo de Directora de Asistencia Social. Fundadora en 1931, de la juventud de la Acción Católica, Ezcurra estuvo toda su larga vida ligada a distintos estamentos de la jerarquía católica y de esa especie de agrupaciones que la van de benéficas, practicantes de la dádiva instituida que las familias patricias consienten para no ser alcanzadas por impuestos altos.
También fue presidenta de ALPI, esa organización que decía velar por los niños víctimas de la polio.
Marta María Ezcurra Real de Azúa, cuyo apodo interno en la Acción Católica era “el azote de Dios”, nació el 2 de mayo de 1900 en Buenos Aires. Fue la cuarta de doce hermanos y tataranieta del hermano de Encarnación Ezcurra, esposa del Restaurador Juan Manuel de Rosas. Y por lo tanto, sobrina tataranieta de Pepa Ezcurra, la novia de Belgrano con la que tuvo a su hijo Pedro Rosas, del cual era sobrina bisabuela. Su padre, Pedro Tomás Dionisio de Ezcurra Pardo, más conocido como Pedro Ezcurra, fue un ingeniero y ministro de agricultura de la Nación durante la presidencia de Figueroa Alcorta. Durante su gestión, el 13 de diciembre de 1907, se descubrió petróleo en Comodoro Rivadavia. Un equipo enviado por el gobierno había estado buscando el llamado “oro negro” desde 1904, pero al ser descubierto, Ezcurra lanzó la versión, aún difundida, de que el hallazgo había sido casual, lo que generó una reprimenda postal de quien estaba a cargo del equipo de exploración. La madre de Marta Ezcurra, que también se llamaba Marta y su apellido era Real de Azúa, había nacido en el Uruguay, aunque ya muy joven, el censo nacional la encuentra viviendo en Trelew.
Pedro Ezcurra muere a sus 53 años, en 1913.
Marta Ezcurra fue pupila del Colegio Sagrado Corazón de Almagro, ahí en Avenida La Plata y Rivadavia. De allí egresó en 1915. Estudió en la Universidad del Museo Social Argentino, escribió el Manual de Doctrina Social de la Iglesia y un par de libros relacionados con su profesión de asistente social. Durante su larga vida participó de varios congresos de su especialidad, donde siempre representaba a la Iglesia y era catalogada como “ultraconservadora” por sus propios colegas, y eran muy discutidas y criticadas sus intervenciones. Durante su estada en la Argentina, Marta trazó lazos de amistad con Spruille Braden, el embajador norteamericano que parecía una especie de camionero patovica y se oponía abiertamente a la candidatura de Perón. El mismo de Braden o Perón.
La familia Ezcurra y la familia Mitre terminan vinculadas por parentescos y uno de los sobrinos de Marta, periodista de La Nación, Ignacio Ezcurra muere en la guerra de VietNam. Por acá vino el encubrimiento de su persona.
El ingreso de hordas vikingas en las ciudades europeas de los siglos IX o X fue más civilizado que la entrada de Marta Ezcurra a la obra de Eva Perón.
El 23 de septiembre de 1955, una semana después del golpe y cuando aún algunas provincias resistían, ordena “intervenir, desmantelar y disolver la Fundación Eva Perón” y hace ocupar militarmente todas las Escuelas Hogar, en las que vivían niños. Delante de esos niños, delante de sus ojos, la fundadora de la juventud de Acción Católica, reconocida por su firme vocación mariana, retira y destruye todos los símbolos del gobierno. Los valientes soldados de la Patria arrancan de las manos de los niños frazadas, sábanas, colchones, pelotas y juguetes de todo tipo con el logo de la Fundación Eva Perón, y los hacen arder en fogatas. Los bustos de Eva son decapitados. Al día siguiente, 24 de septiembre, convoca a los miembros de Acción Católica que componían los Comandos Civiles, esos grupos armados en los que había militantes de la UCR, del socialismo, de familias acomodadas, y también católicos que realizaban atentados con bombas contra el gobierno constitucional de Perón, y dispone la intervención de cada uno de los institutos que tenía la Fundación. La Clínica de Recuperación Infantil Termas de Reyes, en la Jujuy de Milagro Sala, es desalojada y sus niños dejados en la calle de inmediato, para cedérsela a un grupo que inaugura allí, un casino para la oligarquía.
Tropas armadas ingresaron en la Escuela de Enfermería de la Fundación, donde se habían formado 858 enfermeras y 430 especialistas, y era una de las envidias de Marta Ezcurra. Desmantelaron toda la estructura sanitaria, entre ella, el Hospital de Niños más grande de Latinoamérica, quemando en los patios y en la calle, aparatología y toda la ropa de cama y colchones, disponiendo su cierre definitivo.
En previsión a la epidemia de polio que hacía estragos en Europa, la Fundación Eva Perón había comprado pulmotores al principio de la década del ´50.
A las llamas se arrojaron los costosos pulmotores, porque tenían el logo de la Fundación. Cuatro meses después, Aramburu, Rojas y varios “salvadores de la república”, ante el avance de la poliomielitis, tuvieron que comprar 31 pulmotores.
Manda tirar al río Mendoza toda la vajilla y cristalería, importada de Finlandia y Checoslovaquia en la que comían los chicos en las unidades turístico-termales de alta montaña de Puente del Inca y Las Cuevas. El odio sigue: destruye todos los frascos de los Bancos de Sangre de los hospitales de la Fundación porque contenían “sangre peronista”.
Determina la confiscación de todos los muebles de los hospitales, hogares para niños, hogares escuelas y hogares de tránsito por ser demasiado lujosos para niños. Pero los “Comandos Civiles” se los roban y se los llevan a sus casas. Los camiones del Ejército entraban a los edificios y depósitos de la Fundación y partían llenos. Desactiva absolutamente todos los programas de turismo social en Córdoba, Mar del Plata y Buenos Aires por ser “un peligroso ejemplo de demagogia populista y antidemocrática”. Decide el cierre definitivo de las casi 200 proveedurías de alimentos de primera necesidad, la clausura del Plan Agrario, el Plan de Trabajo Rural y los Talleres Rodantes. Interviene los Hogares de Ancianos y cierra los Hogares de Tránsito. A pedido de su jefe Rottger ordena que sean expulsados a la calle todos los estudiantes de la Ciudad Estudiantil “Presidente Juan Perón”, y usan las instalaciones como centro de detención de todos los miembros del gobierno constitucional que habían sido arrestados.
Cuando los interventores le envían los primeros informes de las Escuelas Hogar, Marta Ezcurra descubre con escándalo que “Desde el punto de vista material, la atención de los menores era múltiple y casi suntuosa. Puede decirse, incluso, que era excesiva, y nada ajustada a las normas de la sobriedad republicana que convenía para la formación austera de los niños. Aves y pescado se incluían en los variados menúes diarios. Y en cuanto al vestuario, los equipos mudables, una vez renovados cada seis meses, se destruían”. Es decir, la ropa que se le daba a los chicos, se la cambiaban a los seis meses, y se destruía aquello que se retiraba. Marta Ezcurra cambiará el menú y los nombres de todas esas escuelas.
Señala Alicia Dujovne Ortiz que “Una dama católica, doña Adela Caprile, que formó parte de la comisión liquidadora de la Fundación instaurada tras la caída del peronismo, nos ha confesado haber sentido una impresión similar: ‘Nunca hubiera creído que se pudiera reunir semejante cantidad de raquetas de tenis. Era un despilfarro y un delirio, pero no era un robo. No se ha podido acusar a Evita de haberse quedado con un peso. Me gustaría poder decir lo mismo de los que colaboraron conmigo en la liquidación del organismo’”.
Nadie pudo cuestionar ni un peso de los gastados en la Fundación Eva Perón. Sus cuentas estaban inmaculadas, no así sus saqueadores.
Escombros de la fundación
Acá estamos, Marta Ezcurra, pretendiste abolir el recuerdo, y la figura de Eva es cada vez más grande. Maldita seas por todos los siglos.
Marta Ezcurra nunca recibió castigo por lo que hizo, nunca un juicio ni condena. Nunca se casó ni tuvo hijos, acaso porque, coherente consigo misma, odiaba a los niños. Murió, o descendió a los infiernos, en 1996, durante la segunda presidencia de Menem, a sus 95 años.
Eva sólo vivió 33 años.
*Juan Rodriguez, Ex cuadro de la Armada. Maquinista y buzo de profundidad. Baja a mi propia solicitud en agosto de 1975, efectiva en diciembre del mismo año. Luego ingreso, exámenes de aptitud mediante a la Marina Mercante Nacional como oficial de máquinas hasta mi jubilación como jefe de máquinas.
12 febrero 2026
PROGRAMA EL TREN DEL 10 DE FEBRERO DEL 2026
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09 febrero 2026
Fundador de la Izquierda Nacional
JORGE
ABELARDO RAMOS, UNA VOZ CLARA Y POTENTE EN LA POLITICA LATINOAMERICANA
Para Manuel Pecci, con cariño y respeto
Por Mario
Casalla
BUENOS
AIRES (especial para Punto Uno) Fue en una casa de Flores al sur donde nació
este porteño de cuna, un 23 de enero de 1921. El mismo barrio donde también
nació Jorge Bergoglio. Argentino de alma y latinoamericano por decidida
convicción, ajustó primero cuentas con el Partido Comunista Argentino, en un
libro imperdible aún hoy: “Historia del estalinismo” en la Argentina (1969).
Luego se hizo trotskista pero enseguida se centró en los aportes de Trotski al
pensamiento latinoamericano y difundió su obra con avidez de estudioso y con
pasión militante. Su edición de “La revolución permanente y otros textos sobre
América Latina” (1962) representó un aporte invalorable para todos quienes se
iban acercando al pensamiento nacional. Años antes había escrito “América
Latina, un país” (1949) que él mismo considera como “la primera tentativa de
concebir en términos marxistas el destino histórico de la gran patria
dividida”. Polémico como siempre referirá después que “a causa de esa inocente
jactancia los diputados Visca y Decker secuestraron dicha obra en 1949, como
Presidentes de la Comisión Bicameral del Congreso Nacional” que la había
editado agregando –como al pasar- “aunque la lectura no se contaba entre las
pasiones privadas de ambos legisladores”. En 1973 publica su “Marxismo para
latinoamericanos” en cuya Advertencia Preliminar aclara “la idea rectora que ha
guiado al autor en los últimos treinta años: el marxismo en América Latina será
latinoamericano o no será”. ¿Acaso porque siempre tuvo conciencia que eso no
sería nada fácil de cumplir, entre las citas con que inicia su “Historia del
Stalinismo en la Argentina”, puso una triste premonición del mismísimo Marx:
“He sembrado dragones y cosechado pulgas”? Pero en ese año de 1973 –en que
Perón regresa definitivamente al país y la fórmula Cámpora-Solano Lima derrota
en las urnas al Proceso Militar- fue cuando Abelardo Ramos terminó de consumar
su ingreso al peronismo y su Frente de Izquierda Nacional (el FIP, heredero del
histórico PSIN) formó parte de Frente Justicialista de Liberación Nacional
(FREJULI) y así participó de su triunfo. “Vote a Perón por izquierda” fue su
perspicaz lema y la boleta del FIP –con el nombre de Perón bien grande- hizo la
mejor elección de toda su historia, aunque él bien sabía que esos votos no eran
todos propios. Muchos votos de la izquierda vinieron por ese lado (y algunos
perdió el mismo Ramos por hacerse peronista a su manera) y Perón, por su parte,
le sumó a la fórmula sectores que de otra manera no hubieran votado a su
Frente. Pero así ocurrió y fue sin lugar a dudas un acto de inteligencia
política de ambas partes. No ocurrió lo mismo cuando –transformado ahora el FIP
en Movimiento Patriótico de Liberación, MPL- decidió apoya la candidatura
presidencial de Carlos Menem en 1989 y luego integró su gobierno como embajador
de Argentina en México, anunciando más tarde que se afiliaría directamente al
Partido Justicialista. Lo cual impidió su muerte física pocos días antes de que
eso se concretara. Pero aquella veterana Izquierda Nacional se rompió, la
diáspora de sus principales referentes fue grande y ya nada volvió a ser como
era. Rehacer ese espacio aun vacante es una herencia que el chico de Flores, el
Colorado, dejó vacante.
UNA VIDA
DE LUCHA Y PELEAS CONSTANTES
En ese mes
de enero de 1921 en que nació Jorge Abelardo, Buenos Aires no sólo ardía por la
temperatura de un verano tórrido, sino también por el clima político, económico
y social que vivía el país. Hipólito Yrigoyen estaba terminando su primera
presidencia, pero ese gobierno –de indudable origen nacional, popular y
democrático- daba ya signos evidentes de agotamiento y de contradicciones. Al
jurar el cargo de Presidente había dicho, “No he venido a castigar ni a
perseguir, sino a reparar”, pero en el mes que nacía Ramos, el Coronel Varela
ya estaba haciendo de las suyas por la Patagonia (trágica) y diferentes huelgas
en el campo y en las principales ciudades del país eran demostrativas de que la
Semana (también trágica) de enero de 1919, no había quedado del todo atrás. Y
esa grieta, esas contradicciones dentro del propio campo nacional, se daban
también en el seno del hogar Ramos-Gurtmann. El papá (Nicolás), siguiendo la
línea de su propio padre, era de pensamiento anarquista; mientras que su mamá
(Rosa), simpatizaba con Yrigoyen. Cuentan que ésta -con su hermana Elisa- lo
habían visitado en la mítica casa de la calle Brasil para pedirle trabajo y que
lo consiguió; por eso tampoco es de extrañar que en 1930 –llevando de la mano
esta vez a su hijo Jorge Abelardo, de apenas 9 años- cruzara en lancha a la
isla Martín García y visitara al viejo Caudillo allí prisionero para
solidarizarse en la desgracia. En cambio, a los primeros mítines políticos lo
llevó su tío Abraham Gurtmann (hermano de Rosa) quien –como recordara luego uno
de sus discípulos, Julio Fernández Baraibar- se ufanaba de ser “el socio n°3 de
la Cooperativa El Hogar Obrero” y todos los 1° de mayo llevaba a Jorgito a los
actos del Partido Socialista. Pero seguramente fue del papá Nicolás (separado luego
de Rosa) de quien heredó el Colorado esa combinación de rebeldía y desparpajo
que lo hiciera inconfundible, tanto entre amigos como entre ocasionales
adversarios. Cuando uno repasa los muchos proyectos (intentados o realizados,
ciertos o atribuidos, a ese niño de Flores) cómo no pensar en aquél padre
anarquista que (a la manera de un personaje de Roberto Arlt) imaginaba poder
socavar el sistema capitalista distribuyendo dólares falsos en la calle
Florida; o que anunciaba una todavía inexistente máquina de hacer ravioles (con
cuyos numerosos pedidos luego no pudo cumplir); o que más tarde hiciera lo
propio con un nuevo procedimiento para recauchutar cubiertas de automóviles, en
sociedad con otro inventor de la época. Tengo para mí que sólo combinando –en debidas
dosis homeopáticas, claro- aquél histrionismo de papá Nicolás, con el amor y
lealtad a lo popular de mamá Rosa, más la militancia del tío Abraham y
agregándole, eso sí, varias cucharas soperas de inteligencia propia penetrante
e intuitiva, es posible (acaso) obtener ese producto inconfundible llamado,
Jorge Abelardo Ramos. Atravesó como un rayo siete décadas de la vida política
argentina del siglo XX y ya hace muchos años que se lo extraña (falleció el 2
de octubre de 1994) en estos últimos con más fuerza aún. Es que el Colorado fue
en esto un “vacunador” implacable: allí donde vio lo nacional –crecido o en
barbecho- inoculó entusiasmo y ordenó a su gente marchar en la misma dirección.
Por eso acertó y se equivocó tantas veces, pero siempre del mismo lado: lo
popular, lo nacional, lo antiimperialista, lo latinoamericano. A veces peleó de
más pero nunca peleó de menos, ni abandonó la lucha. A veces se alió mal o con
quien no debía hacerlo, pero estimo que nunca de mala fe ni por intereses
subalternos. Tuvo un implacable sentido del humor (me consta, lo he tratado
personalmente en varios nutridos almuerzos en el restaurante “El Globo”, donde
gustaba ir y uno de los comensales era nuestro querido senador nacional Armando
Caro, sentido que siempre lo protegió
del bronce, de las solemnidades, de las academias y de los falsos oropeles. Era
simpático, cautivante en la charla, implacable seductor y de respuestas tan
lucidas y repentinas como –recuerdan también propios y extraños- tan arbitrario
por momentos que provocaba odios o adhesiones viscerales. Es que respecto de
Jorge Abelardo Ramos uno no puede ser indiferente, ni neutral. Sucedía con el
Colorado -como con un exclusivo puñado de figuras políticas e intelectuales-
que las cosas terminaban en el clásico, “tómelo o déjelo”. No voy ahora a
hablar aquí de su vasta obra escrita pero permítaseme señalar que debemos a la
corriente denominada Izquierda Nacional (de la cual Jorge Abelardo Ramos fue
sin dudas uno de sus principales promotores) algunos puntos destacados dentro
del pensamiento latinoamericano contemporáneo: 1°) haber conectado
adecuadamente la cuestión nacional con la cuestión social, algo que los
nacionalismos latinoamericanos de cuño conservador no hacían; 2°) haber pensado
lo social en términos de lucha clases, pero también como pueblos en complejos
procesos de liberación nacional, algo que otros pensadores de izquierda no
valoraban todavía en su real dimensión política y cultural; 3°) haber
comprendido entonces –desde el marxismo y sus variantes ideológicas- a los
movimientos populares de liberación y a los partidos políticos latinoamericanos
de cuño popular (el peronismo, por caso, en la Argentina). Hoy por cierto estas
cuestiones están mucho más y mejor digeridas, pero en aquellos años Ramos era
un predicador (al estilo de Scalabrini Ortiz o de Arturo Jauretche) y un
polemista crítico, rebatido tanto por la derecha como por la izquierda del
espectro político argentino. Lo primero es comprensible, lo segundo fue
conceptualmente mucho más rico y vocinglero. Generó un debate al interior de
ese campo ideológico, como sólo un hombre de esa misma cepa podía hacerlo. El
agregado del adjetivo “nacional” al sustantivo izquierda, no fue una herejía
que se le admitiera (o admita ahora mismo) fácilmente. Tan provocador era que
–en uno de los tantos finteos preelectorales- despachó al ocasional emisario
con una sola y lapidaria frase: “estoy de acuerdo con la unidad de las
izquierdas, a condición de que nos excluyan”. Y con el peronismo –su gran
interlocutor político de toda la vida- el diálogo no le fue nunca del todo
fácil ni transparente. Acaso su momento de mayor gloria política fue aquélla
noche del 23 de septiembre de 1973 cuando el FIP (llevando a Perón en la boleta
presidencial de la Izquierda Nacional) sacó casi 900.000 votos, o sea el 12,5%
de los que obtuviera el FREJULI oficial. Y le pienso amigo lector, qué falta
haría hoy –en tiempos de los Milei- un polemista implacable como Jorge Abelardo
Ramos sentado en una banca en la Cámara de Diputados de la Nación, con Martín
Menem presidiendo una sesión. Seguramente sería para alquilar balcones!
08 febrero 2026
07 febrero 2026
06 febrero 2026
PROGRAMA EL TREN DEL 3 DE FEBRERO DEL 2026
05 febrero 2026
04 febrero 2026
Las alpargatas, el helado y el mercado interno
03 febrero 2026
02 febrero 2026
01 febrero 2026
31 enero 2026
30 enero 2026
PROGRAMA EL TREN DEL 27 DE ENERO DEL 2026
El martes 27 de enero del 2026, se subió en la segunda hora en El Tren, Teresa Donato, escritora, periodista. Es la autora de la excelente obra teatral “Mi vida anterior” y de la apasionante novela sobre la misma protagonista “Desaparecida dos veces”. Un viaje atractivo sobre la vida de Donato y de la protagonista de la novela y obra teatral Ana María Massochi de Livieres. La vida de la oficial montonera. La muerte de su marido en el intento de tomar el Cuartel de Formosa el 5 de octubre de 1975. La clandestinidad con su hijo pequeño. Su admiración a Tulio Valenzuela. La estremecedora historia de Valenzuela y su mujer. Un relato donde están las grandezas y miserias de la década de los setenta. Las dos criticas fundamentales de Ana María a la conducción Montonera: el asalto al Cuartel de Formosa y el asesinato de Rucci. Su secuestro el 24 de mayo de 1978 y su detención, lugar que nunca es revelado. Las torturas. Su relación con un militar que aparece bajo el nombre de Beto que será su pasaporte hacia su exilio en Brasil. Su libertad vigilada. El convertirse en una empresaria gastronómica en el país donde vive ya hace cerca de cincuenta años. La particularidad que nunca declaró en sede judicial.
29 enero 2026
28 enero 2026
Vida de country, retórica de barricada. Apunte sobre la casta militante de la «década ganada»
Por Bruno Carpinetti* en PANAMÁ REVISTA (NO TODO ES POLÍTICA)
Hay contradicciones que la política puede tolerar y otras que la corroen desde adentro. Entre estas últimas, pocas resultan tan devastadoras como la distancia sostenida entre lo que se dice y la forma en que se vive. No se trata de una cuestión moral en sentido estricto, sino de una experiencia sensible: el momento en que el cuerpo del dirigente deja de habitar el mismo mundo que el cuerpo de quienes dice representar.
En la Argentina reciente, esa fisura adquirió una densidad particular durante el ciclo conocido como la “Década Ganada”. Un proyecto que emergió como respuesta a la crisis de representación de 2001 terminó, con el paso del tiempo, por producir una nueva élite estatal, legitimada por un lenguaje nacional-popular, pero crecientemente encapsulada en formas de vida ajenas a la intemperie social que le dio origen.
El problema no fue —como suele simplificarse— la traición de ideales, sino algo más sutil y, por eso mismo, más persistente: la normalización de una disociación.
De la intemperie al despacho
Para una generación que se politizó en la resistencia al neoliberalismo de los años noventa, el estallido de diciembre de 2001 no fue solo un evento histórico: fue una experiencia formativa decisiva. Asambleas barriales, piquetes, horizontalidad, desconfianza radical hacia la política profesional. La militancia, entonces, no prometía carrera ni estabilidad; prometía desgaste, exposición y precariedad compartida.
Néstor Kirchner comprendió que esa energía no podía permanecer en estado salvaje y ofreció una traducción institucional de la rebeldía: el Estado como escenario de la transformación. Miles de militantes cruzaron el umbral de la protesta a la gestión, convencidos de que administrar el Estado era una forma superior de militancia.
Y durante un tiempo, lo fue.
El desplazamiento no se volvió problemático por el ingreso al Estado, sino por lo que ese ingreso fue produciendo en las subjetividades. La militancia dejó de ser una práctica de riesgo y pasó a funcionar, en muchos casos, como una trayectoria laboral. La épica sobrevivió en el discurso; el cuerpo, en cambio, encontró abrigo.
La lealtad como virtud política
Con la reconstrucción de la autoridad presidencial tras la crisis, se consolidó una forma específica de ejercicio del poder. La lealtad, entendida como obediencia irrestricta, se transformó en el principal capital político. No la coincidencia ideológica —que podía admitirse con matices— sino la adhesión acrítica al liderazgo y al relato.
En los organismos públicos, el técnico fue desplazado por el “cuadro político”. La capacidad de gestión cedió terreno frente a la obediencia. Señalar errores, proponer alternativas o simplemente dudar se volvió un gesto sospechoso. Quienes administraban el Estado dejaron de premiar el saber y comenzaron a recompensar la docilidad.
Esta lógica no solo deterioró la eficacia institucional; redefinió el sentido mismo de la militancia. El militante estatal ya no era quien tensionaba el poder desde adentro, sino quien lo reproducía sin fisuras. La crítica dejó de ser una forma de compromiso y pasó a ser una amenaza.
El Estado como ecosistema cerrado
A medida que esta dinámica se consolidaba, se produjo paulatinamente un proceso de endogamia política. Unidades básicas, centros culturales, medios de comunicación afines, organismos públicos se convirtieron en espacios donde la realidad circulaba filtrada, domesticada para no contradecir el relato.
La militancia traslocada a los despachos estatales, seguía “bajando al territorio”, pero ya no para escuchar, sino para explicar. La inflación, la inseguridad o el deterioro de los servicios no eran negados solo por estrategia; eran, en muchos casos, genuinamente ajenos a la experiencia cotidiana de una dirigencia protegida por sus propios privilegios.
Es en ese momento donde aparece y comienza a consolidarse lo que hoy llamamos, con notable precisión sociológica, la nueva “casta”: no solo una acumulación de cargos, sino una forma de vida. Una burbuja material y simbólica que permite sostener un discurso igualitario sin experimentar sus condiciones.
La batalla cultural como sustituto
Frente a las dificultades crecientes de la gestión material, la militancia estatalizada profundizó una estrategia que ya estaba presente: la llamada “batalla cultural”. Derechos humanos, revisionismo histórico, confrontación discursiva con medios de comunicación y poderes fácticos ocuparon el centro de la escena.
No se trata de negar la importancia de esas disputas, sino de observar su función. La batalla cultural operó como un desplazamiento: cuando la economía no respondía, el conflicto se mudaba al plano simbólico. La política se estetizaba.
Para la nueva élite militante, esta estrategia ofrecía una coartada moral perfecta. Era posible habitar barrios cerrados, consumir bienes importados y vacacionar en el exterior sin sentir contradicción alguna, siempre que el discurso permaneciera intacto. La revolución se volvía lingüística; el cuerpo, conservador.
El hartazgo y el péndulo
Toda disociación tiene un límite. Cuando la distancia entre el relato y la experiencia cotidiana se vuelve demasiado grande, el lenguaje pierde eficacia. La sociedad comenzó a percibir que la batalla cultural era un lujo de quienes tenían las necesidades básicas resueltas.
En ese vacío emergió la contraofensiva libertaria. El éxito de Milei no radica solo en sus propuestas económicas disruptivas, sino en haber señalado con crudeza esa incomodidad difusa: la sospecha de que el progresismo estatalizado se había convertido en el nuevo orden a conservar.
El concepto de “casta” funcionó porque nombró una experiencia compartida. No denunció solo corrupción, sino hipocresía. Al invertir la estética de la rebeldía, el libertarismo logró algo impensado años atrás: que la derecha apareciera como ruptura y la izquierda como sistema.
Epílogo provisorio
La tragedia de la militancia estatalizada de la “Década Ganada” no fue haber fracasado en transformar las estructuras económicas, sino en haber naturalizado una disociación que terminó vaciando de sentido su propio lenguaje y minando definitivamente su densidad ética. Cuando el igualitarismo se convierte en retórica y el privilegio en experiencia cotidiana, la consecuencia natural es el descrédito y la política pierde irremediablemente su potencia transformadora. Salir de este ciclo exige algo más que “nuevas canciones”. Exige volver a alinear discurso, cuerpo y práctica. Restituir la incomodidad como valor político. Recordar, en definitiva, que ninguna épica sobrevive demasiado tiempo cuando se la pronuncia desde un despacho climatizado mientras la intemperie sigue afuera.
• El Dr. Bruno Carpinetti es guardaparque. Se diplomó y obtuvo una maestría en ciencias en Biología de la Conservación en la Universidad de Kent, Inglaterra Completó el Diploma de postgrado en Antropología Social y política en la Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales (FLACSO
– Buenos Aires) y se Doctoró en Antropología Social por la Universidad Nacional de Misiones. Es Profesor Titular regular del área Gestión Ambiental/Ecología en la Universidad Nacional Arturo Jauretche.

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