01 mayo 2011

EL ESCRITOR Y SUS FANTASMAS



Próximo a cumplir 100 años murió Ernesto Sábato, uno de los grandes escritores argentinos. Sus últimos años fueron penosos, imposibilitado de compatibilizar longevidad con calidad de vida. Típico intelectual de clase media progresista, su inteligencia lo convirtió en un promisorio físico, su talento lo llevó a transitar los caminos literarios con señalado éxito, y sus prejuicios lo llevaron a ubicarse políticamente en  lugares equivocados o contradictorios con los principios que enarbolaba. La relación conflictiva con su padre y cierta carencia de afecto marcarían su personalidad. Dos años antes de su nacimiento, en Rojas, Provincia de Buenos Aires,  murió un hermano del cual llevó su nombre (Ernesto), otra pesada carga familiar. Su adolescencia transcurrió en La Plata y el secundario lo cursó en el Colegio Nacional de esa ciudad, teniendo como profesores a Ezequiel Martínez Estrada y Pedro Henríquez Ureña, entre otros. Su militancia política la realizó en la década del treinta en el Partido Comunista, mientras estudiaba física en la Universidad. En nombre de su partido y como secretario de la Juventud Comunista, fue enviado al Congreso de las Juventudes Antifascistas que se realizó en Bruselas en 1934.
Sus dudas y objeciones sobre el  stalinismo lo decidieron a la ruptura y a cambiar su vida. En pareja con Matilde Kusminsky, joven de 19 años que se va de su casa para unirse al escritor, cambia el destino de un viaje a Moscú por París, donde tomó contacto con el movimiento surrealista. De regreso a Buenos Aires concluyó su doctorado en Ciencias Físico- Matemáticas y luego fue enviado por el doctor Bernardo Houssay a París, a trabajar en el laboratorio Madame Curie. Luego, en uno de los varios virajes significativos de su vida, abandona la ciencia, se dedica a la docencia y en plena segunda guerra mundial, adopta una posición crítica sobre el peronismo naciente. La campaña contra la incorporación argentina al concierto mundial, una vez finalizada la guerra, lo tiene entre sus firmantes.
A principios de los 40, Sábato junto a su mujer y su pequeño primer hijo viaja a las sierras cordobesas a vivir en un rancho precario.
A pesar del creciente desagrado que le producía Perón, tuvo la lucidez suficiente para comprender el 17 de octubre. Escribe el historiador Luís Fernando Beraza en su último libro “Antiperonistas”: Fue uno de los pocos intelectuales que reconoció el valor del 17 de octubre de 1945 al afirmar: ““Yo estaba en mi casa de Santos Lugares cuando se produjo aquel profundo acontecimiento. No había diarios, no había teléfonos, ni transportes, el silencio era un silencio profundo, un silencio de muerte. Y yo pensé para mí: esto es realmente una revolución…. A mí me conmueve  el recuerdo de aquellos hombres y mujeres que habían convergido en Plaza de Mayo desde Avellaneda y Berisso, desde sus fábricas para ofrecer su sangre por Perón….Personalmente no tengo simpatías por Perón….Lo cierto es que aquellas masas habían sido sistemáticamente encarnecidas y apaleadas, que ni siquiera eran gente, que no eran personas….Esa multitud de parias habían encontrado su conductor”.
Durante el gobierno de Perón se refugió en la literatura. Publicó “Uno y el Universo” en 1945, la novela “El túnel” en 1948,  y los ensayos “Hombres y engranajes” en 1951 y “Heterodoxia” en 1953. 

FANTASMAS

El golpe de 1955 lo sorprende en Salta. Los anfitriones, pertenecientes a la aristocracia de la provincia, abrieron botellas de champagne y celebraron con él entusiastamente el derrocamiento del “tirano”. Cuando Sábato se dirigió a la cocina en busca de más bebida, encontró a todas las empleadas llorando desconsoladamente. Una duda atravesó su alegría. Sábato debería haber recordado en esa oportunidad, pero no lo hizo, aquella notable frase de Cesare Pavese: “Hay momentos en la historia que los que saben escribir no tienen nada qué decir y los que tienen algo que decir no saben qué escribir.” El intelectual y escritor intuía que estaba en el lugar equivocado como en otras ocasiones le pasaría. Las empleadas desde sus vísceras comprendían que su vida volvería a cambiar. Que ya no sería factible que muchas de ellas se convirtieran en obreras textiles suplantando la explotación individual y solitaria por otra en donde la explotación colectiva tenía límites, con delegados de fábrica que las defendían de los abusos y abogaban por sus derechos. Las que estaban ahí, como en millones de hogares, percibían que otra vez la relación de fuerza se les volvía absolutamente desfavorable. Tres años antes se sintieron huérfanas cuando murió Evita, a la que no había que explicarle nada en materia de pobreza, de exclusión y de discriminación. La padeció desde que nació y nunca lo olvidó porque la llevaba marcada en su notable sensibilidad.
Publicó entonces un libro indigno de su talento, conformado por una larga retahíla de los lugares comunes gorilas. Lo tituló “El otro rostro del peronismo”, y un pudor posterior lo llevó a nunca volver a reimprimirlo. Sostenía ahí, entre otras miserias, que Perón era agente de la embajada alemana, lo acusaba de aventurero e inescrupuloso, destacaba su carácter de hijo natural. Empezaba a desarrollar una línea de pensamiento que permanecería constante: demonizaba la figura de Perón y deslindaba la honestidad y buena fe del pueblo peronista.   
Seguía en ese aspecto y tal vez en otros a su maestro Ezequiel Martínez Estrada, quien por la misma fecha escribió un ensayo que denominó “¿Qué es esto?”, una despiadada catilinaria sobre el peronismo y Perón.
Como iba a ser una  constante de su comportamiento, reaccionó contra algunas de las muchas salvajadas de los fusiladores. Escribe Luis Fernando Beraza en el libro mencionado: “Durante la Revolución Libertadora había sido designado director del semanario “Mundo Argentino”. En dicha revista permitía la publicación de notas que atacaban al imperialismo yanqui, lo que motivó la queja del embajador norteamericano y, más importante, denunció con nombres y fechas las torturas sobre los obreros peronistas. Estas denuncias las reafirmó por Radio Nacional, y al ser presionado por el interventor militar de la Editorial Haynes, presentó su renuncia.”
Situación con algunos rasgos parecidos protagonizaría dos décadas después, cuando fue invitado por Jorge Rafael Videla, en mayo de 1976, a un almuerzo con otros tres escritores. En el último número de 1976 de la revista “Crisis” se narra con minuciosidad aquel encuentro bajo el título : “Ecos del encuentro del presidente de la nación con los escritores”: Cuando el hombre de campo quiere saber de dónde soplan los vientos, humedece uno de sus dedos. Alguna vez alguien dijo que, por acción o por omisión, los artistas y los escritores eran ese dedo humedecido de la sociedad. El destino de sus obras y de sus vidas suele ser un indicador de los vientos que empujan hacia adelante o hacia atrás, levantan o derriban al conjunto de los hombres. Quizá por intuición de todo esto, cuan­do el 19 de mayo último el presidente Videla convocó a cuatro escritores, la opinión pública entendió que ese encuentro no era una simple frivolidad para alimentar anécdotas, sino que se trataba de un acontecimiento de trascendencia: podía indicar qué vientos comenzaban a soplar sobre la sociedad argentina. Un posterior comunicado de la Secretaria de Información Pú­blica del Estado remarcó los rasgos relevantes del hecho. Sobre la misma explanada de la Casa de Gobierno, a la salida del ya ahora famoso almuerzo, los escritores invitados hicieron diver­sas declaraciones. Ernesto Sábato señaló que “hubo un altísimo grado de comprensión y respeto mutuos. En ningún momento la conversación descendió a polémica literaria o ideológica” (La Opinión, 20/V/76). Además, expresó su inquietud por la prisión del escritor Antonio di Benedetto (La Razón, 19/V/76). El sacer­dote Castellani confesó haberse preocupado por “Haroldo Conti, un cristiano que fue secuestrado hace dos semanas y del que no sabemos nada” (L. O., 20/V/76). Borges, quien antes de ingresar al despacho presidencial había manifestado: “Soy tímido y, ante tanta gente importante, seguramente me sentiré abochornado” (ídem), eludió hábilmente el cerco tendido por los hombres de prensa y desapareció. El presidente de la Sociedad Argentina de Escritores, Horacio E. Ratti, reconoció haber dejado en manos del presidente una larga lista de reivindicaciones e inquietudes que afectan a sus representados. En efecto, sobre la mesa del general Videla quedaron los problemas de los derechos del autor, la reglamentación de la Ley del Libro, la designación de asesores literarios en emisoras radiales y televisivas, así como el nombramiento de agregados culturales en el exterior, la preserva­ción del patrimonio idiomático nacional, etc. Junto con estas aspiraciones, también quedó en Casa de Gobierno la lista de “una docena de Intelectuales que se encuentran a disposición del Poder Ejecutivo” (Clarín, 20/Vl/76); igualmente se dio el nombre de otros escritores cuya suerte preocupa hondamente a los hombres de letras. Entre ellos, Haroldo Conti (Buenos Aires Herald, 15/V/76), Alberto Costa (Clarín, 20/V/76) y Carlos Pérez (responsable del suplemento cultural del diario Clarín), desaparecidos; Antonio di Benedetto (La Razón, 19/V/76), preso; César Tiempo, cesanteado de la dirección del Teatro Nacional Cervantes. Las reivindicaciones profesionales siguen en pie y a los nombres de creadores afectados por desaparición o cárcel, ahora hay que agregar el del poeta y periodista Miguel Angel Bustos (La Nación, 4/VI/76) y el del cineasta Raimundo Gleizer (La Opinión, 4/VI/76). A casi un mes del almuerzo del general Videla con los escritores, Crisis quiso recoger los ecos de dicho acontecimiento. Para ello, procuró conversar con los protagonis­tas. Requerido por teléfono para una entrevista, Ernesto Sábato afirmó: “yo no hago declaraciones para la revista Crisis”. Borges, a su vez, dijo no tener tiempo y, lamentablemente, su disponibi­lidad de horarios excedía los límites del cierre editorial de esta publicación. Sí, en cambio, pudieron ser entrevistados los escri­tores Leonardo Castellani y Horacio Esteban Ratti. Lo que sigue es la reproducción textual de estos diálogos: -Padre Castellani, durante varios días un amplio sector de la opinión pública no hizo más que comentar el almuerzo entre los escritores y el presidente Videla...
-Bueno, es cierto, pero la gente se olvida de que fue nada más que un al­muerzo y en los almuerzos se come más que se habla...
-Pero usted y los demás escritores fueron invitados para conversar sobre ciertos temas...
-Sí. En realidad, el más callado fui yo. Dije algunas cosas pero quienes más ha­blaron fueron los demás, sobre todo Sá­bato y Ratti que llevaban varios proyectos.
-¿Y el presidente?
-Él y yo fuimos los más silenciosos. Videla se limitó a escuchar. Creo que lo que sucedió es que quienes más hablaron, en vez de preguntar, hicieron demasiadas propuestas. En mi criterio, ninguna de ellas fue importante, porque estaban centradas exclusivamente en lo cultural y soslayaban lo político. Sábato y Ratti hablaron mucho sobre la ley del libro, sobre el problema de la SADE, sobre los dere­chos de autor, etc.
-Bueno, padre, al fin y al cabo, era una reunión de escritores...
-Sí, pero la preocupación central de un escritor nunca pueden ser los libros, ¿no es cierto? Yo traté de aprovechar la situación por lo menos con una inquietud que llevaba en mi corazón de cristiano. Días atrás me había visitado una persona que, con lágrimas en los ojos, sumida en la desesperación, me había suplicado que intercediera por la vida del escritor Ha­roldo Conti. Yo no sabía de él más que era un escritor prestigioso y que ha­bía sido seminarista en su juventud. Pero, de cualquier manera, no me impor­taba eso, pues, así se hubiera tratado de cualquier persona, mi obligación moral era hacerme eco de quien pedía por alguien cuyo destino es incierto en estos momen­tos. Anoté su nombre en un papel y se lo entregué a Videla, quien lo recogió respetuosamente y aseguró que la paz iba a volver muy pronto al país.
-¿Qué afirmaron los demás asistentes?
-Fíjese que curioso: Borges y Sábato, en un momento de la reunión, dijeron que el país nunca había sido purificado por ninguna guerra internacional. Ellos más tarde lo negaron, así como aseguraron decir cosas que, en realidad, no dijeron. Pero hablaron de la purificación por la guerra. Lo interesante es que el presi­dente Videla, que es un general, un pro­fesional de la guerra, los interrumpió para manifestar su desacuerdo. Creo que eso le desagradó mucho, pues motivó una de sus pocas intervenciones. A mí también eso me cayó como un balde de agua fría, por lo tremendo que eso significa. Ade­más, por lo incorrecto: se olvidan que la Argentina atravesó varias guerras internacionales, como la de la independencia, la del bloqueo anglo-francés, la del Para­guay, y más bien que de esas contiendas no salió purificada.
-Quizás ellos quisieron decir que la situación difícil de la Argentina no se justificaba, pues, a diferencia de Europa, no había sufrido ninguna guerra...
-Vea, en lo que va de este siglo Eu­ropa sufrió ya dos guerras mundiales, pero no por eso es más pura que la Ar­gentina. Al contrario... Por eso le digo que de ese almuerzo, si es por lo que se habló, no puede haber salido algo muy positivo o trascendente. A lo mejor, el presidente se llevó una impresión favora­ble y pudo rescatar algunas ideas que allí se lanzaron, pero nada más.
-Su balance, entonces, no parece muy optimista...
-No, ni puede serlo. Sábato habló mu­cho o peroró, mejor dicho, sobre el nom­bramiento de un consejo de notables que supervisara los programas de televisión. En Inglaterra funciona una instancia simi­lar, presidido por la familia real e inte­grado por hombres notorios de todas las tendencias. Cuando estuve hace mucho en Inglaterra, Chesterton me habló de ese consejo del cual él formaba parte y que, por aquel entonces, supervisaba sólo la radio, ya que la televisión todavía no exis­tía. Eso quería Sábato que se hiciese en la Argentina. Borges dijo que él no integraría jamás ese consejo de prohombres. Sábato, entonces, agregó que él tampoco. Yo pensé en ese momento para qué lo proponían entonces. O sea que ellos em­barcaban a la gente pero se quedaban en tierra. Personalmente, no creo que ese consejo sea una decisión muy impor­tante. 
-Dentro de su larga experiencia, ¿qué significa este almuerzo?
-Para mí fue un hecho agradable, pero no muy trascendente. Al menos, que los hechos posteriores demuestren lo contrario, como por ejemplo, que aparezca el escritor Haroldo Conti. Algunos me habían pedido que intercediera también por va­rios ex funcionarios cesanteados aparen­temente en forma injusta. Pero no quise hacerlo, pues me pareció que esos casos desdibujarían la dramaticidad de la situa­ción de Conti, por cuya vida se teme...
-¿No se plantearon los cuatro asisten­tes hacer un balance juntos de esa expe­riencia que los involucraba?
-Al salir, había una nube de periodistas y los fotógrafos eran interminables, parecían formar de seis en fondo. Borges aprovechó algún vericueto para retirarse rápidamente. Antes de hacerlo nos invitó para que fuéramos a su casa a tomar un café. Cuando Sábato, Ratti y yo logramos zafarnos del asedio periodístico, nos fui­mos hasta la casa de Borges, pero ahí nos llevamos una sorpresa. Una persona que nos abrió la puerta dijo que Borges no nos podía atender porque estaba en cama con fuertes dolores de estómago. En fin, son cosas que pasan...” 

EL ESCRITOR Y SUS FANTASMAS
                          
Ernesto Sábato publicó su mejor y más ambicioso libro “Sobre héroes y tumbas” en 1961.
De él se desprendieron el “Informe sobre ciegos” que fue llevado al cine, y el relato de la muerte de Juan Lavalle que llegó al disco y a los escenarios teatrales en la voz y textos del escritor y la música de Eduardo Falú.
 En “Estudios en torno a Sobre héroes y tumbas”, el ensayista Julio Forcat escribió: Los héroes a los que alude el título podrían ser Lavalle y sus gauchos….En las tumbas yacen los héroes del pasado. La contigüidad de héroes y tumbas podría interpretarse como una alusión al carácter relativo y transitorio de las hazañas históricas y el triunfo más definitivo y permanente de las tumbas. Emir Rodríguez Monegal sostiene que tumba designa “un útero al revés” y también es “una suerte de túnel” interpretación adecuada para la comprensión de importantes sectores de la novela, sobre todo el “Informe sobre ciegos”.   
Dos años más tarde, escribió el ensayo que da su nombre a esta nota y que refleja las dudas que atravesaron su existencia. Esas que deben haber quedado flotando en su conciencia luego del almuerzo con Videla y que intentó saldar casi una década más tarde presidiendo la CONADEP. Ahí sí la realidad superó a su imaginación de “El túnel” y el “Informe sobre ciegos”. En el prólogo suscribió la teoría de los dos demonios que pone en un plano de igualdad el terrorismo de estado con el accionar de la guerrilla.
Sus últimos libros merecen una piadosa omisión: “Antes del fin”“La resistencia”  y  en junio de 2004, “España en los diarios de mi vejez”. Para entonces ya habían muerto su mujer Matilde y uno de sus dos hijos.
Ya en 1974  había publicado una novela que no estuvo a la altura de las expectativas que despertó con el título de “Abbadón, el exterminador”.  
En un reportaje televisivo realizado en 1995  por la periodista Norma Morandini, actualmente diputada, suscribió la teoría del gorilismo “progresista” de una Evita revolucionaria y un Perón híbrido y deleznable.   
 
Murió Ernesto Sábato. Un intelectual comprometido con su tiempo, un muy buen escritor con las contradicciones de un progresista incapaz de comprender los movimientos populares. Cuando expresó que “a las masas las mueve el resentimiento”, Arturo Jauretche le contestó con la precisión que lo caracterizaba: “No se equivoque Sábato; no las mueve el resentimiento sino la esperanza”
Murió en la modestia que caracterizó su vida. Sus restos fueron velados en el club social y deportivo de Santos Lugares y enterrado en el Jardín de Paz de Pilar, un primero de mayo, día que no aparecen los diarios. Si existe una vida después de la muerte, se reencontrará con Jorge Luis Borges, escritor que admiró y detestó con pareja intensidad.



01-05-2011
TODOS LOS LOS DERECHOS RESERVADOS . Hugo Presman. Para publicar citar la fuente


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