17 diciembre 2015

Así viví el último discurso de Cristina junto a mi viejo

Leandro Lutzky   tiene 23 años, es periodista recibido en TEA, productor en Radio Cooperativa AM 770, colaborador en Diario Z y director de Villa Crespo Noticias. Su relato sobre el acto de despedida a Cristina Fernández  es emocionante y   un testimonio  de lo movilizador que han resultado los 12 años de kirchnerismo
                                                      

                                                       Por Leandro Lutzky

No sabía si ir o no, toda la semana estuve enojado, ofuscado y molesto por la pésima estrategia electoral que había desarrollado el Frente Para la Victoria en las elecciones nacionales y porteñas. ¿Fue adrede o se trató de una acumulación de equivocaciones? Es una pregunta que se me viene a la cabeza de manera recurrente. En fin, me decidí, agarré la mochila, guardé mi infaltable grabador de periodista y salí para Plaza de Mayo a despedir a Cristina.
Subí al 24, pero me había olvidado la tarjeta SUBE, un clásico cuando tu cabeza está ocupada en los destinos de la patria. Una señora me pagó el viaje, no aceptó mi dinero a cambio. En el bondi la vi a Mariana Moyano, una panelista de “6-7-8”, pero no la saludé (nunca me gustó el programa). El tránsito era desmedido, no parecía ser una tarde cualquiera en la Avenida Corrientes. Tuve que tomarme la línea B del subte y ahí, recién ahí, entendí que la cosa iba en serio.
Los vagones reventaban de pasajeros en la estación Carlos Gardel, eran casi las 18, a esa hora la gente suele volver del centro porteño a sus hogares y no al revés. Ese día, el subte estaba lleno y parecía que todos iban a Plaza de Mayo. Me bajé en Carlos Pellegrini, justo debajo del Obelisco. Ahí me di cuenta que esta no era una manifestación más. “Somos de la gloriosa juventud peronista, somos los herederos de Perón y de Evita”, cantaban todos al ritmo de las palmas. Aclaro, al margen, que nunca me consideré peronista. No sé cómo se sienten los jugadores de fútbol al entrar a un estadio repleto, pero hasta al ser más frío del universo le hubiesen temblado las piernas tras subir las escaleras que conducen a Diagonal Norte. En este caso, la hinchada salía desde el túnel.
Era temprano, pero el lugar estaba colmado. Había de todo: militantes, algunos sindicatos, humildes, mucha clase media y sobre toda las cosas, manifestantes sin partido alguno. Siempre me pareció un laburo bastante difícil calcular cuántas personas hay en una movilización. No sé cuántos éramos, pero había una masa de gente hacia todos los puntos cardinales. Éramos muchos, miles. Cientos de miles. Así las cosas, empecé a caminar por la avenida hacia la plaza, que estaba prácticamente inaccesible por la cantidad de manifestantes. Se percibía orgullo en el ambiente, era alegría mezclada con melancolía. ¡Increíble! Yo también me emocioné, eso que soy un periodista precarizado y que los últimos años kirchneristas me disgustaron de lo lindo.
Sin darme cuenta, estaba en medio de una columna de la agrupación Descamisados. Esta vez no me molestó. No sé si fue un cambio emocional debido a mi inexperta juventud, o si una revolución hormonal alteró mis sentidos más profundos. No entiendo qué sucedió. Hice un click. El 9 de diciembre, el último día del gobierno de Cristina Fernández de Kirchner, me sentí uno de ellos. En medio de aquella ensalada rusa sentimental, lo vi a mi viejo; estaba esperándome. Nos dimos un abrazo y dejé escapar algunas lágrimas, pero no estaba triste. Todo lo contrario.
Con papá nos abrazamos en ocasiones especiales: si Independiente mete un gol o si ocurre un evento trascendental, único e irrepetible, como este. Él también estaba movido, ojo. Horacio se la pasó denunciando durante muchos años a los encubridores del atentado a la AMIA y ahora algunos de ellos conforman el gabinete macrista. ¡Imaginate! Otro que nunca se bancó el fanatismo peronista es mi viejo, pero ese día, parecía un peroncho más, gritando: “¡Oooh, vamos a volver, a volver, a volver, vamos a volveeer!”. Un maestro.
¡La puta! Se me hacía tarde y tenía que ir a mi trabajo de productor en Radio Cooperativa. Ya me dieron la negativa para hacer un móvil en vivo desde el lugar, entonces tuve que rajar y atravesar una incesante marea de gente. En el camino aproveché y saqué a mi compañero de mil aventuras: el grabador. Guardé algunos testimonios de los manifestantes, necesitaba que hablen, oírlos. Pasé todos los comentarios al aire, en la AM 770. Uno de los conductores del programa, Hugo Presman, se quebró en lágrimas cuando escuchó a un señor que dijo: “Estoy acá porque tengo 65 años y nunca vi un gobierno mejor que este. Por eso, y porque soy de la Juventud Peronista y nunca nos han vencido”. Le pregunté a este simpático personaje de Lomas de Zamora, en la Avenida Rivadavia, “¿qué le diría a Cristina si pudiera escucharlo en este momento?”, y me contestó: “Vamos a defender el proyecto, con ella a la cabeza y nosotros movilizados”. Todo lo expresó entre llantos y suspiros. Como dije, había una alegría emotiva.
Cuando terminó el programa, después de cobrar un pequeño dinero que me permitiría cargar la SUBE al día siguiente, volví rápido para el escenario político más importante de la última década. CFK ya había comenzado su discurso, su último discurso, esta vez más emotivo que en otras oportunidades. No quería verlo por televisión (aunque me perdería de algunas partes en el trayecto), me interesaba sentir de nuevo a la gente en las calles.
Otra vez, el viejo esperándome ahí, firme. El audio con las palabras de la, ahora, ex Presidenta, estaba poco amigable. En efecto, el rebote del sonido impactaba en el Cabildo, después en la Catedral, luego en los edificios de la Avenida Roque Sáenz Peña y finalmente en nuestros oídos. No se entendía nada. Tratábamos de percibir algo, nos parábamos cerca de algunas radios personales, pero el discurso se hacía imperceptible. Igual, estaba contento mientras presenciaba con mi viejo la primera vez que un Presidente/a dejaba el cargo con aplausos. Ahí fue cuando apareció un poco más de colorido en una noche bastante particular. Un señor que escuchaba el discurso con sus auriculares repetía los dichos de la líder, con sus palabras, para que el resto pueda entenderlo. Otro genio, había unos cuantos.
El asunto terminó, lanzaron fuegos artificiales, pepelitos, canciones, pero todo concluye al fin. Volviendo, una miembro del colectivo trans me tiró unos piropos y me pidió el teléfono. No se lo pasé, pero tampoco me ofendí. Me reí, me causó gracia, evidentemente en esta década más de uno pudo salir del armario. Un derecho conseguido es motivo de festejos.
Como conclusión, puedo decir que con esta expresión social y política entendí varias cosas, sobre todo dónde pararme. Por trabajo me tocó estar en el centro de campaña del Pro/Cambiemos durante las elecciones, también presencié los cacerolazos de años anteriores en Callao y Av. Santa Fe, o en el Obelisco. En el 2011 también fui a la plaza con mi viejo, cuando asumió Cristina su segunda presidencia. Digamos que estuve en las convocatorias más masivas del país, de una vereda o la otra. Siempre cuestioné esta lógica binaria de ver el mundo, el país, nuestras vidas. Sin embargo, el pueblo y la calle son el mejor parámetro para comprender a las dirigencias, a qué sectores representan. Recuerdo, sin menospreciar, los reclamos, carteles y cánticos de las marchas opositoras al Gobierno. Me quedo con los cánticos y carteles de este día. El 9 de diciembre, un ratito antes de la medianoche, me di cuenta que estoy con esa gente. Por suerte, no fue demasiado tarde.



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