12 marzo 2015

         CASO AMIA INSÓLITO HALLAZGO

La presente nota se publicó hace casi 10 años en la agencia de noticias ARGENPRESS ( 25-11-2005) y en dos diarios  argentinos de origen judío: “La Voz y la Opinión” y “Nueva Sión”.
Se hacía uso de la ironía  por el dolor que causaba una investigación con destino a consolidar la impunidad.  Tenía en cuenta al respecto la frase de Jacinto Benavente: La ironía es una tristeza que no puede llorar y sonríe.”
        

                                                       

El caso AMIA no deja de sorprendernos. Las investigaciones hasta el momento, transcurridos ya once años, sólo han llegado a la certeza que la AMIA fue demolida por una explosión. Lo único que pudo determinarse con certeza, es que el atentado ocurrió a las 9 y 53 minutos del 18 de julio de 1994. Una infinidad de pistas falsas, pruebas plantadas e interpretaciones antojadizas surcan un expediente de miles y miles de folios.


Pero un insólito hallazgo parece destinado a esclarecer definitivamente el hecho con la misma precisión que las pruebas exhibidas por el juez Galeano y otros funcionarios que presentaron resonantes resultados como el fiscal Alberto Nisman. Todo se desarrolló, como no podía ser de otra manera, en forma fortuita. La rotura de un caño en el moderno edificio de la AMIA, construido en el mismo terreno donde se levantaba el anterior, objeto del atentado, llevó a que los plomeros tuvieran que realizar una excavación de dos metros de ancho por tres de profundidad. De pronto, uno de los trabajadores encontró un tubo de los utilizados para guardar planos o títulos profesionales, de color azul, aplastado en uno de los extremos, que fue entregado a las autoridades de la casa. Grande sería la sorpresa, cuando al abrir el mismo se encontró el testamento del conductor suicida, que para facilitar la posibilidad de falsas interpretaciones o demoras en la investigación se tomó el trabajo de hacer una versión en castellano. También se encontró su pasaporte. En sus aspectos centrales, el firmante Mohamed Fatula, se asume como único autor y responsable del atentado, cuya planificación le llevó los últimos diez años de su vida. Nació en Teherán, vivió su niñez en Damasco, pasó unos años en Tel Aviv, su adolescencia en Nueva York y en sus vacaciones solía veranear en la Franja de Gaza. Era soltero y virgen, con lo que pensaba encontrar mujeres en la misma situación con las que fraternizar en el Paraíso.
Inmediatamente se han tejido diversas hipótesis sobre los intereses que se han movido detrás del atentado, dado los distintos países por donde discurrió la vida del conductor suicida. Lo que queda en claro es que no hay cómplices locales, salvo el traductor que pasó al castellano el testamento de Mohamed Fatula.
Queda así esclarecido totalmente, mediante este insólito hallazgo, y en forma accidental, el atentado que costara la vida a 85 personas. Indudablemente siempre habrá pesimistas que pondrán en duda la forma, el momento y el lugar en que se hallaba la prueba. ¿Cómo no se encontró este tubo cuando se limpió la zona para realizar la construcción del nuevo edificio? ¿Cómo se pudo conservar en tan buen estado después de once años?
Incrédulos siempre habrá. Aún hoy hay quienes intentan socavar la versión oficial de la muerte de John Fitgerald Kennedy, debida a un solo y único ejecutor como en este caso. O más recientemente, una explosión ocasional como la de Río Tercero, a la que el entonces Presidente Carlos Menem atribuyó inmediatamente a un hecho fortuito con la misma seguridad que nos ofrece hoy el testamento encontrado en la AMIA. O los muchos suicidas con mano invertida que enterró la década de los noventa.
Hay algunos descreídos que hacen un juego de palabras. Dicen que si el hallazgo fue hecho por unos plomeros, es evidente que es una investigación que hace agua. A esto sólo puede responderse con la muletilla de un hombre que hizo de la palabra un verdadero sacramento, como el presidente riojano, quien siempre afirmaba: “es una burda patraña”
Lo que no consiguió el juez Juan José Galeano, investigadores varios, autores de varios libros, lo han conseguido estos esforzados plomeros, cuyos pedidos de anonimato nos impide hacer público sus nombres.
Un haz de luz ilumina once años de encubrimientos. Como en las novelas de Agatha Christie, las evidencias estaban a la vista, en este caso a ras del piso. La justicia es lenta porque siempre tiene pérdidas cuando le falla el cuerito. Por eso, lo que parece aleatorio y circunstancial responde a la más diáfana lógica aristotélica. Como diría Sherlock Holmes: “Elemental Watson”.



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