05 enero 2014

Mi Papá Noel fue Evita
El reencuentro de Saúl con el trencito que le regaló Eva Perón en la Navidad de hace 65 años, tras el accidente en el que perdió un brazo y se ganó la vida.


El 19 de diciembre de 1948, un camión se subió a una vereda de San Isidro, me atropelló y me aplastó contra un alambrado. Ese día, mi vida de chico de barrio pobre se volvió muy difícil, por no decir casi imposible." Saúl Macyszyn tiene 75 años. Como consecuencia de aquel terrible accidente, ocurrido cuando tenía apenas 10, sufrió la amputación de su brazo derecho, disminución visual y secuelas en ambas piernas.

"Aquel día, por la mañana, hubo otro accidente en el que un tren arrolló a un camión y murieron 40 personas. Evita había ido a visitar el hospital de San Isidro, y a la tarde, cuando se estaba por ir, aparecí yo. Ella se enteró de que me traían, se interesó, preguntó y un médico le dijo que no iba a sobrevivir", cuenta Saúl. Pero para Eva Perón esa respuesta no fue suficiente: consultó a los médicos qué se podía hacer para salvarlo, y le respondieron que lo mejor era que lo atendiera el doctor Ricardo Finochietto, un reconocido cirujano, en el Hospital Rawson, de la Capital. "Así fue como Evita lo mandó a Domingo Mercante para que se hiciera cargo de mí", recuerda.
Saúl pasó tres años internado, y "gracias a Dios, a Evita y a Finochietto", pudo recuperarse. Durante todo ese tiempo, "desde la Fundación Eva Perón me llevaban regalos constantemente para que me entretuviera, y elementos didácticos para que pensara. Estaba faltando al colegio, y a través de lo lúdico se me estimulaba. Pero el regalo más importante fue el tren que me permitió bajarme de la cama."
El tren de hierro y hojalata, a cuerda y con sus vías, ocupaba unos cuatro metros en el piso, donde Saúl lo armaba y desarmaba todos los días. "Ese juego era muy especial, no se encontraba en cualquier juguetería", cuenta hoy Saúl en el Museo Evita, donde se exhibe ese trencito que él mismo donó para su exposición, los amados vagones que también lo ayudaron cuando volvió a su casa y que ahora están del otro lado de una vitrina, entre una muñeca negra, dos surtidores de YPF de latón y un bebote, otros juguetes de la fundación, inalcanzables a las manos de Saúl, pero con la potencia de una locomotora que despierta recuerdos y emoción.
Cuando Evita lo vio malherido en San Isidro, el pequeño Saúl estaba inconsciente. Sí pudo verla tiempo después, cuando la Primera Dama fue al Hospital Rawson por otro motivo. "Cuando la vi quedé deslumbrado. Me dijeron que era Evita y me emocioné, porque yo sabía lo que ella había hecho por mí. Mi padre y mi madre me contaban todo. Ese día, Evita me dijo: 'Saulito, mirá que vos tenés que estudiar, eh. Porque no vas a poder, con un solo bracito, hacer lo que hace tu papá.'" Su padre, albañil, mojaba ladrillos en la obra, y eso era lo que quería ser Saúl, "obrero como él".
Tras la internación, el chico volvió a su casa, en un conventillo de San Isidro, y como todavía no podía salir a jugar a la calle con sus amigos, ese tren se convirtió en "un polo de atracción" para todos los chicos del barrio. Así hizo muchas amistades y se entretuvo durante su convalecencia.
Después, siguió el consejo de Evita. La fundación becó sus estudios en la Escuela Santa Isabel, de San Isidro, y posteriormente en el Instituto Superior de la Administración Pública, donde se recibió de analista de organización y métodos. Saúl se casó y formó una familia, pero su realización personal no le alcanzaba: "Yo quería hacer algo en homenaje a Evita. Algo solidario. De lo que más sabía era de la discapacidad, de lo que sufrí para conseguir trabajo. Entonces abrí pequeños emprendimientos y contraté personas con discapacidad."
Actualmente, Saúl es el presidente de la Asociación Microemprendimientos Solidarios, que crea y gestiona empleos formales para discapacitados. Pese a las trabas, a los malos augurios y a lo novedoso del emprendimiento, siguió adelante. "Yo quería ser el imitador de Evita, con todo respeto", aclara. En DiscaPanch, la panchería que desde 1998 funciona en el hall de la estación de trenes de Retiro, invirtió todo su capital. "Lo que hago, al lado de lo que hizo Evita, es nada. Trato de hacer lo que puedo para agradecerle esta oportunidad que me dio de volver a nacer un 19 de diciembre de 1948, hace ya 65 años."
Se propuso dos objetivos: "Darle trabajo a gente discapacitada, para que tenga una vida digna, y mostrar a la sociedad que hay un local atendido por personas con discapacidad que funciona y que sus trabajadores son eficientes. Tenemos que instalar en el imaginario social la figura del discapacitado capaz."
Se acerca la Navidad y Saúl confiesa: "Mi mejor Papá Noel fue Evita. Porque el mejor regalo que he recibido fue la ayuda solidaria de Eva Perón, que miró a un chico humilde que según algunos médicos no sobreviviría, y le dio la posibilidad de estudiar para que luego se ganara la vida. Me quiero ir de este mundo con la tranquilidad de haber hecho lo más que pude, como Evita, para que, desde donde ella esté, diga que haberme ayudado no fue en vano, sino que valió la pena." «
Museo Evita

Funciona en Lafinur 2988, Ciudad Autónoma de Buenos Aires, de martes a domingos de 11 a 19. Abrió sus puertas el 26 de julio de 2002, el día en que se cumplieron 50 años de la muerte de La abanderada de los humildes.

2 comentarios:

  1. ¡Qué linda historia, Hugo!

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  2. Como a Marcelo, me encantó la historia de Hugo, que es su vida, su compromiso, su agradecimiento y generosidad. Anotaré bien el dato del local DiscaPanch para difundirlo e ir a visitarlos cuando ande por Retiro. Qué el 2014 sea muy bueno para Hugo, su familia, sus proyectos!

    Marta

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