08 diciembre 2013

“PATÉTICAS MISERABILIDADES”









La imagen hería los ojos. Los policías sublevados en Córdoba se abrazaban con sus parejas y hacían sonar las sirenas de sus patrulleros. Gritaban frases significativas y alarmantes como: “Sí, se puede”; “La ciudad es nuestra”; “¡Ahora vamos a salir a hacer de goma Córdoba!” Esa alegría desbordante contrastaba con una ciudad arrasada que durante muchas horas había carecido de Estado. Era como celebrar una fiesta en un velorio.
Las escenas parecían arrancadas del cine catástrofe. Gente que llegaba en vehículos, algunos de alta gama de la cual bajaban y rompían vidrieras.   Luego aparecían grupos de motociclistas que en operaciones coordinadas detenían el tránsito y rápidamente arrasaban con supermercados, tiendas, negocios de electrodomésticos, ferreterías, domicilios particulares, sin reparar en tamaños. A ello se sumaban en algunos casos, gente que aprovechaba la oportunidad.
Una sociedad atravesada por el terror ante la ausencia del Estado. Y el miedo despierta los sentimientos más atávicos y los instintos más mezquinos. En respuesta, grupo de comerciantes y jóvenes construyendo barricadas en las calles y haciendo justicia por mano propia contra todo motociclista sospechoso por portador de cara. Y algunos defensores envueltos en falsas emociones patrióticas cantando el himno detrás de sus parapetos. Propietarios disparando contra los depredadores. Sólo un milagro, o porque Dios es cordobés, evitó que el número de vidas humanas sólo fueran un muerto y un centenar de heridos.
HIPÓTESIS      
   
La policía de Córdoba, como otras, está atravesada por el narcotráfico. En Santa Fe y en Córdoba involucró a las máximas autoridades, que según una hipótesis, en esta última habría dejado de recibir los jugosos emolumentos que compensaban los bajos salarios. Al enfrentarse con una realidad de ingresos significativamente diferentes, el malestar fue creciendo rápidamente, situación que el gobernador subestimó. Mientras José Manuel de la Sota se encontraba en el exterior y su equipo de gobierno estaba paralizado, estalló un conflicto que un político atento hubiera prevenido. Muchos gobiernos provinciales tienen con sus respectivas policías un pacto doblemente nefasto: el gobierno deja que las policías hagan sus negocios delictivos en un nivel que estiman no afecte su gestión y éstas hacen un pacto similar con la delincuencia. Cuando alguna situación traba ésta relojería o se desborda, la bomba estalla. 
La otra hipótesis es una acción concertada entre la policía y grupos vinculados al narcotráfico, en donde se pasaba la factura por los policías desplazados y alguno detenidos y se creaba una situación anárquica que colocaba al gobierno provincial en una situación muy desfavorable para negociar los reclamos de los sublevados.
RESPONSABILIDADES







La responsabilidad de la policía cordobesa está en el primer plano, más allá de la justicia de sus reivindicaciones laborales.  Ante la magnitud de los actos de vandalismo no decidieron levantar su actitud, como si los médicos en huelga no mantuvieran las guardias o en caso de una epidemia no levantaran sus medidas para seguir con sus pedidos una vez superada la situación.
El segundo responsable es el gobernador que mintió cuando informó que se había intentado comunicar con las autoridades nacionales; dijo luego que envió un twiter, pero el fax con la solicitud de apoyo llegó recién a las 8,40 del día 4 de diciembre. Su propia Ministra de Seguridad desmintió al gobernador cuando informó que en los momentos álgidos de los hechos estuvieron analizando si pedir ayuda o no al gobierno nacional. Luego aparecieron los fondos que hubieran evitado, probablemente,  los hechos delictivos, aceptando  aumentos considerables que sientan un precedente hacia otros sectores de la administración pública y futuros levantamientos policiales, al tiempo que prescindió de todo tipo de sanciones y le habló a los uniformados como si recién asumiera la gobernación.
Tiene responsabilidad el gobierno nacional al no actuar rápidamente poniendo todos los recursos disponibles en beneficio de la provincia y de los ciudadanos cordobeses. Es absolutamente cierto que las provincias son estados federales y que la llave del pedido lo tiene la administración provincial. Pero es del preescolar político, tomar la iniciativa y deslindar públicamente responsabilidades. Si se hubiera utilizado la cadena oficial afirmando: “Estamos a entera disposición del pueblo de Córdoba y de sus autoridades legítimamente elegidas. Somos respetuosos de las autonomías provinciales, pero como gobierno nacional de los cuarenta millones de argentinos vemos con profunda preocupación los hechos de vandalismo que se están produciendo en la provincia. Sólo esperamos el pedido para movilizar todas las fuerzas que disponemos.”
Eso hubiera significado una divisoria de aguas. En cambio el Jefe de Gabinete Jorge  Capitanich, en conferencia de prensa en el aeropuerto,  camino al Paraguay por un problema sanitario vinculado al dengue, adujo no haber recibido ningún pedido en su celular y que cada uno se debía hacer cargo de su responsabilidad, recordando al federalismo. A los que sufrieron principalmente el saqueo y un día de miedo les resulta irritante el pase de facturas. En general es desagradable para toda la ciudadanía y atenta contra la respetabilidad de la política y sus representantes.  Primero se debe dejar claro la disponibilidad de ayudar y luego de ello, deslindar responsabilidades y pasar las facturas que correspondan. El gobierno no puede hacer pie en Córdoba. Tenía una magnífica oportunidad de sumar puntos. Decidió en cambio incorporarse a una comedia de enredos en medio de un drama, en donde, aunque tenga una proporción mayoritaria de razón, sale mal parado. Un caso parecido había ocurrido, en diciembre del 2010, durante los incidentes en el Parque Indoamericano, cuando los problemas entre las policías Federal y la Metropolitana, sobre su competencia, las llevaron a ausentarse, dejando enfrentados a vecinos de posiciones encontradas.
Cuando se retira el Estado, siempre aparece la ley de la selva.
COMPARACIONES FALACES










Hay comentaristas que han tratado de establecer comparaciones de lo sucedido con el Cordobazo y los saqueos del 19 y 20 de diciembre. Nada más alejado de la realidad. El primero fue un acontecimiento histórico en un contexto pre revolucionario con una confluencia  de la pequeña burguesía universitaria y la clase obrera con el apoyo de la mayoría de la población. La enorme energía desplegada allanó el camino, aunque ese no fue el motivo, para el regreso de Perón en 1972. Los acontecimientos de diciembre del 2001, fueron la exteriorización de la pobreza y marginalidad que quedó evidenciada a la implosión del modelo de rentabilidad financiera, sumiendo a la Argentina en la peor crisis del siglo pasado; es así que amplias franjas de la clase media afectadas por la crisis, el descenso social, la falta de futuro, la emigración de sus hijos y la congelación de sus depósitos,  confluyeron con sectores marginales en su reclamo.
En cambio lo sucedido el 4 de diciembre en Córdoba tiene otras características: un estallido concertado por problemas policiales salariales en confluencia con intereses económicos que inficionan la estructura de seguridad, cambiando su orientación y provocando una situación de anarquía que también es aprovechado secundariamente por sectores medios y marginales. Eso revela también las rajaduras en el entretejido social que la recuperación económica general aún no ha restañado. El empresario que fue saqueado por sus clientes y vecinos lo expresa con formidable potencia.         
PATÉTICAS MISERABILIDADES
Hipólito Yrigoyen, el que encabezó el primer gobierno nacional y popular del siglo XX,  acuñó la expresión “patéticas miserabilidades” para definir las miserias humanas.
En los sucesos de Córdoba, se dieron intensamente y en abundancia. Por un lado, una policía que desprotegió a la población y luego brindó por su mejoría económica sobre los escombros  que fueron posibles por su inacción.  Por otro, un pequeñísimo gobernador que no previó el conflicto, que luego lo subestimó, para finalmente claudicar, cerrando un conflicto para abrir muchos otros no sólo en su gobernación, sino mucho más allá de su territorio por efecto reflejo. Su ineficiencia llegó a tal punto que hasta carecía del teléfono actual del Jefe de Gabinete, que tiene disponible cualquier producción de cualquier medio.
Por último, el gobierno nacional que volvió a incurrir en el grosero error de evaluar que lo que sucedía en Córdoba sólo afectaría políticamente a las autoridades de la provincia.
Un cuadro que se ajusta como el anillo al dedo a la expresión de Don Hipólito: “patéticas miserabilidades”.

6-12-2013

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