12 septiembre 2012

POSTALES RUSAS

Las murallas del Kremlin son uno de los límites de la mítica Plaza Roja. Frente al Mausoleo que conserva el cadáver momificado de Lenín se encuentran los almacenes Gum, un shopping de una suntuosidad notable. Nada queda de aquella revolución de octubre que auguraba una primavera para el mundo. Mientras Lenín es una momia que atrae a una reducida cantidad de nostálgicos y curiosos, los almacenes convocan una multitud de turistas que se sienten partícipes del triunfo del capitalismo.
En San Petersburgo, fundada por Pedro el grande en 1703, cuna de la Revolución Bolchevique, la legendaria avenida Alejandro Nevsky  nace en el Palacio de Invierno y concluye en la Plaza de la Insurrección que recuerda el levantamiento del soviet en 1905, encabezado por un cura reaccionario que la historia recogió como Georgi Gapón, pero detrás del cual estaba el accionar y el talento de León Trotsky. En esa histórica avenida, el capitalismo ha irrumpido con su despliegue fastuoso, un parque automotor poblado de Mercedes y BMW y todas las marcas que le ponen nombre al modelo triunfante afectado paradojalmente por una crisis profunda, pero que aquí no se percibe porque Rusia es petróleo y gas dependiente y esos commodities siguen en permanente aumento. Si el Palacio de Invierno, cuya ocupación representó durante muchas décadas el símbolo de la toma del poder, es un palacio representativo de la fastuosidad zarista con sus más de 1100 habitaciones, pero sólo en dos se recuerda la capitulación del gobierno y el ascenso bolchevique, dejando el resto a un mix de museo convencional como es el Hermitage y muestrario de la opulencia de los zares. A cierta distancia de ahí se encuentra el crucero Aurora, cuyo simbólico cañonazo fue el punto de partida de la histórica jornada del 25 de octubre de 1917. Si uno se aleja varios kilómetros de ahí, encuentra la estación de ferrocarril Finlandia inaugurada en 1870  por la que arribó Lenín proveniente del país escandinavo en abril de 1917. Delante de la estación queda un parque con una estatua del líder bolchevique. A cierta distancia está el monumento majestuoso a la defensa del sitio de Leningrado, nombre con que San Petersburgo pasó a denominarse a la muerte del autor de ¿ Qué Hacer?, luego de ser denominada Petrogrado entre 1914 y 1924.
Pedro concibió San Petersburgo como  una mezcla de Venecia y Amsterdam. Necesitaba una salida al Báltico y ese fue el origen de su fundación en una zona pantanosa. Arrebatado el territorio a los suecos, construyó la fortaleza de Pedro y Pablo, para defender la ciudad ante la posibilidad de una reacción militar  de sus antiguos poseedores. Luego fue prisión de muchos revolucionarios como relata León Trotsky en su monumental “Historia de la Revolución Rusa”. 
El circuito turístico  está poblado  de iglesias, museos y palacios que remiten a los siglos XVIII y XIX, pero prácticamente nada a los siglos XIX y XX. 

La Plaza Roja, las Murallas del Kremlín y la Plaza del Picadero que le antecede, son los puntos de referencia turísticos en Moscú. Los almacenes Gum, frente al Mausoleo, fueron construidos según Hinde Pomeraniec en su buen libro “Postales de la era Putín”, “a fines del siglo XIX por el arquitecto Alexander  Pomerantsev, y su nombre fue puesto luego de la Revolución de 1917, cuando la megatienda fue nacionalizada. Más adelante el régimen utilizó el edificio para oficinas públicas y fue allí donde en 1932 exhibieron el cadáver de Nazhenda Alliluyeva, la segunda esposa de Stalin y madre de dos de sus hijos. Oficialmente, la joven murió de apendicitis; extraoficialmente se voló los sesos en la cama matrimonial luego de una discusión pública con su marido en una fiesta. En secreto, aún hoy muchos creen que Stalin la asesinó. La GUM reabrió como galería en 1953 y dicen que cuando los alimentos escaseaban y el lujo era el vicio de villanos occidentales, los alimentos en este lugar llegaban hasta la misma plaza. Pese a las que eran las dificultades cotidianas, sin embargo no son pocos los que extrañan la vida soviética…..y creo entender que es por el margen de seguridad y previsibilidad, por la paridad en la salud y la educación y porque los viejos no pasaban hambre y la pensión alcanzaba para comprarle pequeños regalos a los nietos.”
En estas dos principales ciudades rusas todo es monumental. Los zares, apócope ruso de Cesar, y el stalinismo posteriormente, consumaron edificios de una manzana o más. A pesar del despliegue capitalista brutal, frente al teatro Bolshoi se conserva una hermosa estatua de Carlos Marx, en actitud combativa.         
Un día voy con un guía que considera al período comunista el más nefasto de la historia de su país,  a Serguei Posad, a 70 kilómetros de Moscú, un complejo de monasterios e iglesias de la ortodoxia rusa adonde suele ir el patriarca después de ser elegido. Observo a mujeres vestidas íntegramente de negro que rezan y besan ante cada uno de los murales. Al día siguiente camino hacia el Mausoleo de Lenín. Antes de entrar en el mismo se pasa frente a distintas estatuas, pegadas a las murallas del Kremlin,  debajo de las cuales se supone que están los restos, entre otros, de Stalin, Brezhnev, Andropov, Gagarín entre otros. Esto lo deduzco porque hay que recordar que el ruso es un idioma en un principio oral cuyo alfabeto cirílico fue inventado por un misionero del imperio Bizantino en el siglo X, para transmitir el mensaje bíblico y que resulta inaccesible  incluso para leer los nombres de figuras históricas.   Ya dentro del mausoleo se desciende unos cuantos metros en absoluta penumbra, hasta que aparece iluminado el cadáver momificado de Vladimir Ilich Ulianov. Se lo ve pequeño y como si fuera una estatua de cera. El contraste entre la luz que ilumina a Lenín y la oscuridad que lo circunda me lleva a tropezarme con un grupo de chinos que me preceden. Y entonces percibo una escena singular: los orientales saludan con una genuflexión y luego hacen la venia. No puedo dejar de relacionar esta escena con la del día anterior de las mujeres que rezan y besan los murales en la Iglesia Ortodoxa.
Dos formas antagónicas de religión, atravesadas por similitudes sorprendentes. Tal vez, sólo tal vez, el haber convertido al marxismo en una religión laica, sea uno de los factores que Lenín esté embalsamado,  semi olvidado y en penumbras  y las tiendas Gum enfrente, fuertemente iluminadas y repleta de turistas y curiosos. Es difícil imaginarse qué diría el revolucionario al ver la belleza y potencia capitalista desde la perspectiva Nevsky en San Petersburgo o la Avenida Tverskaya en Moscú. Lo que sí se puede percibir es que los jóvenes están mayoritariamente conformes con la Rusia capitalista, mientras que los viejos añoran seguridades que le brindaba el comunismo.
Esta situación fue definida con precisión por Vladimir Putín, el hombre que ha tratado de reconstruir el poder del estado después de su desarticulación durante los gobiernos de Gorbachov y Yeltsin, poniéndole límites a las tropelías del mercado y a lo que se conoce como oligarquía, surgida de una combinación de mafias y desguace de las empresas estatales. Dijo en febrero del 2000: “Quien no lamenta la desaparición de la Unión Soviética no tiene corazón, y quien quiere recrearla como era, no tiene cabeza.”       

             
10-09-2012
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