25 noviembre 2011

El lenguaje puede ser usado para ocultar, para distorsionar y también para aclarar o para transmitir con la mayor cercanía y precisión lo que se quiere decir.
Cuando el periodista Nelson Castro, entre otros, se refiere a la racionalización de los subsidios, lo hace bajo la metáfora “la fiesta se terminó”. Eso supone que mejorar la distribución del ingreso, aumentar el poder adquisitivo del salario a través del subsidio al transporte, el agua y la electricidad a los sectores que lo necesiten; la celebración de las convenciones colectivas; las paritarias salariales; la incorporación a los beneficios de la jubilación de todos aquellos que quedaron marginados; la disminución significativa de la desocupación; la asignación por hijos, entre otras cosas, conforman el menú de una fiesta que ha concluido. No es un acto de justicia, ni una reparación necesaria y de estricta equidad, sino una alegría improcedente que debe apagarse.
Muchos de los que criticaban correctamente la injustificada prolongación de los subsidios a sectores medios y altos, ahora lo erosionan con la descalificación de “ajustazo”.  Arbitrariamente la racionalización de los subsidios ha sido calificada desde los medios dominantes con ese término, cuando en realidad esa denominación significa un aumento indiscriminado que no es lo que se ha anunciado, ya que establece tratamientos diferenciales.
Por otro lado, el horrible crimen de Tomás Santillán en Lincoln hizo recaer las sospechas de culpabilidad en la pareja de su madre. El periodismo en forma generalizada lo denomina el padrastro. Pero Tomás tuvo un padre que actuaba como tal. Por lo tanto Tomás no tuvo nunca un padrastro, sino una persona que lo maltrataba en su condición de pareja de su madre.
 Estos son algunos ejemplos en donde el lenguaje en lugar de aclarar, oculta o distorsiona. Por desconocimiento en algunos casos o como posicionamiento ideológico en otros.
La relación entre sociedad, estado y mercado es un territorio interesante donde lenguaje, ideología y política bailan un permanente ballet.
A los mercados se les atribuye características humanas. Se enojan, se irritan, atacan,  hay que hacerles regalos para mantenerlos contentos, se deprimen, se alegran, hacen golpes, corridas cambiarias; y cuando exteriorizan esos estados, las acciones bajan o suben. En general la euforia de los mercados tiene como contrapartida la tristeza de los pueblos.
Arturo Jauretche lo decía con su habitual profundidad: “Los pueblos no odian, odian las minorías. Porque conquistar derechos provoca alegría, mientras perder privilegios provoca rencor.”
El estado, en los países con mejor distribución del ingreso, debe fijarles límites a los mercados y acotarlos. Si  eso no sucede, la ley de la selva se concreta. La proporción que alcancen el mercado y el estado, depende de las posiciones ideológicas y de las políticas que de ahí se deriven.
En América Latina,  el mercado en los noventa  gobernó con independencia de quienes fueron elegidos democráticamente. Hoy el mercado recibe canonjías y límites de los gobiernos, precisamente de aquellos que tienen que enfrentar a sus voceros que son los medios dominantes. Por eso corcovea el poder económico ante situaciones ante las cuales está cebado por experiencias anteriores y lo grita ante los parlantes de la prensa independiente.
En los países de América Latina con gobiernos populares, ganan los oficialismos.  
En la Comunidad Económica Europea, en cambio, los políticos están rendidos ante el poder financiero y los países ante Alemania. Se ha dicho ante el triunfo de Rajoy, el mismo día del aniversario de la muerte de Franco, que poco importaba el resultado porque la que continuará  gobernando será Angela Merkel. Los pueblos afectados por una crisis sin precedentes deciden buscar la salida por derecha. Ganan las oposiciones diestras. Es como si a un famélico se le quitara la comida. O para fortificar a un anémico se le extrajera diariamente sangre. En Grecia, adonde nació la democracia y dio sus primeros pequeños y excluyentes pasos, Giorgios Papandreu no pudo consultar con su pueblo el fenomenal ajuste que le imponen y terminó cayendo. Un gerente de  banco, Lucas Papademos lo sustituye, camino similar seguido en el reemplazo de Berlusconi.
En nuestro país la hecatombe europea no alcanza a ser agenda diaria. Son inevitables las consecuencias. No se puede evitar un tornado, pero sí atemperar los daños. Sería prudente  crear una comisión de asesoramiento económico permanente con los especialistas del plan Fénix y otros referentes del campo nacional.
La racionalización de los subsidios tiene el objetivo de cerrar las cuentas, pero los deslizamientos que se producirán en los precios fijados por las grandes empresas con la posibilidad de acentuación de la inflación, deberán seguirse de cerca porque el aumento de precios  es una forma habitual de lucha por la distribución del ingreso. Por primera vez puede darse el contrasentido que la entrada foránea de la crisis encuentre al gobierno en el desarrollo de medidas procíclicas. La eliminación gradual y selectiva de los subsidios  apunta a la permanencia del superávit fiscal, pero si ante la ausencia de los mismos las grandes empresas y luego todas los trasladan a los precios, afectará la capacidad de consumo con su derrame negativo posterior de baja de la actividad y consecuente disminución de la recaudación.    
Reitero que se intenta mejorar las cuentas macroeconómicas afectadas por la larga fuga de capitales y la corrida bancaria traducida en una pérdida de reservas de alrededor de 6.000 millones de dólares. Ahí los mercados, la careta de los grupos económicos concentrados, han decidido acotar a la presidenta en su política económica y en la designación del equipo económico. La corrida cambiaria, antes de la asunción formal de su segundo gobierno  de Cristina Fernández, es el equivalente de la valija de Antonini de su primer mandato. Esto no debe ocultar reiterados y variados errores cometidos por funcionarios de su administración que en lugar de poner paños fríos muchas veces actúan como piromaníacos para luego acudir como bomberos.
El gobierno muchas veces piensa que lo que muerde es la palabra perro, cuando como es obvio que el que muerde es el perro. Así ha  actuado con relación a la inflación y a las inversiones  que recién ahora la presidenta menciona, o la falta de credibilidad del Indec que se sigue omitiendo. 
El gobierno superó muy bien el primer remezón de la crisis 2008/2009, que le costó, sin embargo, una derrota electoral.
A su vez, los eslabones más débiles de la Comunidad Económica Europea,  están asfixiados por el euro y su salida pasa irremediablemente entre otras cosas, por volver a sus respectivas monedas. Es decir, recuperar un instrumento indispensable de política monetaria, junto a una quita significativa de su deuda y la aplicación de políticas antagónicas a las que ahora aplican. Posiblemente no tengan otra salida que el camino recorrido por nuestro país.      
Tanto allá como acá es bueno tener presente una frase del economista norteamericano JK Galbraith: “Nada favorece tanto la tranquilidad social como las protestas de los ricos cuando se sienten apretados por el fisco.”
Nosotros creo que estamos deszonzados como decía Arturo Jauretche; en cambio  los europeos  deberían tener en cuenta a un economista clásico, también norteamericano, Paul Samuelson: “No me importa quién escriba las leyes de una nación o conciba sus tratados complejos, si yo puedo escribir sus manuales de economía.”


26-11-2011
  TODOS LOS LOS DERECHOS RESERVADOS . Hugo Presman.  Para publicar citar la fuente

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